TITULO:
Capotes Ensangrentados -Primera Edición 2014

Diseño y Edición: MD Publicaciones Fotografías: Moisés Benítez Cel: 312 811 8399 - 301 678 8474

Editado por: Lito empaques América Av. Argelia Calle 31A No. 9A-47 Teléfonos: 282 7386 - 280 5724 litoempagues@gmailcom Sincelejo. Colombia

Impreso en Colombia- Printed and made in Colombia

A todos los que por ignorancia o por efectos del consumo de alcohol resultaron heridos o muertos por cornadas de toros bravos en las corralejas.

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INDICE                                                                                    Página
IN I RODUCCION ………………………………………….   7
 CANTO DE SANGRE Y TIERRA ………………………… 13
ADIOS AL “INDIO”  SALGUERO ………………………….18
 LAMPARITA VICTIMA DE LOS ENANOS ……………..   21
 ¿QUÉ ES LA CORRALEJA? - PARTE I …………………..  26
 ¿QUÉ ES LA CORRALEJA? - PARTE II ………………….  30
 DIFERENCIAS ENTRE AYER Y HOY……………………  37
 LAS CORRALEIAS TAMBIÉN SON MACONDQ ……….  43
 LOCOS EN LA ARENA ……………………………………. 52
 LA PRIMERA CORNADA …………………………………. 56
UN PESCADO DE RÍO Y DE CIÉNAGA ……………………60
UN TORO INMORTAL ………………………………………  62
UNA POLVAREDA DEL DIABLO  …………………………  71
 JINETE DE TOROS BRAVOS ………………………………  77
 LA FAENA DE NICO CAUSIL  ……………………………..  80
LOS TRAJES DE LUCES  ……………………………………..83
CORRALEJAS: UN MUNDO QUE SE ACABA …………….. 89


                                                 INTRODUCCION
Vivimos el mundo de las corralejas en tres etapas y épocas diferentes. La primera, la del niño que trata de emular a quien erige como un ídolo y fue en los tiempos en que nuestros pueblos formaban un con junto geográfico denominado El Bolívar Grande, del que hacían parte LA Sabana, el San Jorge, la Depresión Momposina y el Sinú.
Para esos tiempos cada pueblo se enorgullecía de realizar, en honor a su santo patrono, las fiestas en dos formas, la llamada religiosa y la pagana. En esta eran normales las peleas de gallos, las carreras de caballos, los fandangos y las corralejas, que cerraban el ciclo festivo. La corraleja prevalecía. De una manera distinta a como se realizan hoy y con objetivos loables, sin ánimo de negociar con ellas, era la manifestación más expresiva. Los niños y los jóvenes, mirando tal vez cómo la corraleja animaba a los mayores, buscábamos la manera de participar y se corría una serie de peligros para introducirse en el entarimado, observar las faenas, las garrochadas, la colocación de las banderillas, la cogida de rabo para tumbar al toro y muchas otras peripecias, que como hombres y en el acendrado machismo del caribeño, tratábamos de imitar. La persecución policial desde antes de llevar los animales al toril pretendía desanimar a los menores, pero cada cual se daba su maña y pensamos que, hasta los policías de esas viejas épocas, más que policías, eran amigos. Se hacían los de la vista gorda, porque a la salida del primer toro bravo, el último peldaño del vallado lo adornaban los niños y los jóvenes, felices por saber que nadie entraría a sacarlos, si se tiene en cuente que la arena era exclusiva de los artistas del espectáculo. La tanda de pescozones, el tirón en el cerquillo, los foetazos y otros castigos por desobedecer las prevenciones paternas eran ineludibles al llegar a la casa.

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La segunda etapa comenzó cuando después de varios años de
"colarse" en la corraleja, vistos, analizados cuidadosamente los modos con que los manteros enfrentaban a los animales, agregándose los intensos ejercicios de todas las tardes y por varios meses enfrentando a chivos furiosos, se sentía uno capaz para descender del vallado, arrebatar un capote o una muleta y ponerse frente al animal y ejecutar su propia faena. Esta es la más problemática de las etapas de formación, si así puede calificárseles, porque pueden quedar las esperanzas, el valor y la destreza ensangrentadas en el duro suelo de la plaza, acabándose en un instante, un proceso de varios años.
En el caso personal, pasamos a una tercera etapa que no revestía peligro alguno, por formar parte de la tribu que rige los destinos de la corraleja. Un clan que se solaza con la mala suerte de los que allá abajo, en la arena, exponen sus cuerpos y sus vidas para que el salvaje animal introduzca sus astas y riegue la muerte en el cuerpo. Micrófono en mano enviábamos por las ondas hertzianas el mensaje de vida o de muerte. Nuestra voz enlutaba el hogar mucho antes que la noticia verificada en la misma plaza o en los camastros herrumbrosos de unos sitios llamados "hospitales de caridad" en donde finaliza la faena del aficionado que permite al ganadero ufanarse de la ''casta" de sus animales.
En esa azarosa vida, compartimos con muchos otros el milagro de salir indemnes de las corralejas, o en la tercera etapa, de destacar la actuación de los mejores de cada tarde. Por ello , hoy, cuando han pasado muchos años de aquella temporada de locura juvenil, nos enorgullece haber estado en la arena con hombres como el viejo losé Naranjo y su hijo, Ramiro, que después fue una de las glorias de la pelota caliente cordobesa al que cariñosamente se le llamó El Pingüino; de recibir durante una larga temporada instrucciones de Melanio Murillo, del Mono Roberto Cárdenas, del viejo Paut, del Papi Pérez, del Divino Calvo como se bautizó por su alopecia a Yesid Torres Pérez, un inigualable administrador deportivo y respetable funcionario público, en menor grado con José y

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Fidel Madera, y como dirían ellos si vivieran “con todos los hierros”, con Dominguito Pacheco, mi contemporáneo, o El Indio Salguero, a quien vimos crecer en la zona hoy conformada por los barrios Obrero, Granada, Miraflores, Catorce de Julio entre otros de la populosa zona sur de Montería, del que resaltamos en muchas ocasiones y a través de los micrófonos de La Voz del Sinú, su desempeño ante los fieros animales. El mantero es un hombre diferente. Rudo, chocante, pedante y peleonero. Y así debe serlo para que se le respete; es decidido si se tiene en cuenta que una cornada es más dolorosa y peligrosa que una trompada. Personalmente comprobamos, por razones de trabajo y en ciudades como Manizales en su temporada de fiesta brava, que toreros de la fama de un Sebastián "Palomo" Linares, Santiago Martín "El Viti", Manuel Benítez "El Cordobés", entre otros muchos a los que nos tocó atender por los asuntos de registro de extranjeros, que fueron figuras preponderantes de la tauromaquia cuyo comportamiento era similar al de nuestros modestos manteros. Entre los de la manta, el sombrero vueltiao, las abarcas “tres puntas” y los de trajes de lentejuelas, en cuestión de caracteres no hay diferencia. Tan incultos y zafios son los manteros como zafios, incultos y pedantes son los toreros. Tal parece que la instrucción educativa y la inteligencia no compaginan con la tauromaquia y como el agua y el aceite, se repelen. De ese mundo, surgen hombres Incomprendidos, humillados por el poder del dinero de quienes los contratan para el espectáculo, hombres que arriesgan todo por obtener en una corta temporada el dinero para la subsistencia propia y familiar, si es que acaso no se pierde el dinero en las mesas de juegos, en las cantinas o en los burdeles.
Con las vivencias y las experiencias, con las visiones y las narraciones que en muchas ocasiones se hacen con lágrimas furtivas que se escapan involuntariamente de los ojos de

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hombres que conocen a la muerte por haberla tenido al lado en innumerables ocasiones, perfilamos este trabajo.
Ni siquiera queriéndolo, podríamos relacionar aquí a los mejores manteros del Caribe, a los que entregaron su vida a la furia de toros bravos, ni menos a los que abandonaron, la mayoría por ser el peso de los años mayor que los deseos de mantenerse en actividad, las vicisitudes de la corraleja. Digamos que solamente el recuento del número de corralejas es suficiente como para escribir un libro sin personajes o, al contrario, un libro sobre personajes sin escenario. En una época, que poco a poco desaparece, en el solo municipio de Montería se escenificaban por lo menos una veintena de corralejas en la temporada que generalmente se inicia el primer día de noviembre y cesa el domingo de resurrección. Esto indica que en el solo departamento de Córdoba se levantaban los monumentos de tablas, listones, techos de palma y bejucos para afianzar toda la armazón en una cantidad considerable. Sumemos las corralejas del departamento del Atlántico, menores en cantidad; las del Departamento de Bolívar y las del Departamento de Sucre, segundo en cantidad y concluiremos que es una tarea a la que habría que dedicar muchos años de trabajo, de recopilación histórica, de comprobación en los panteones, etc.
El propósito, entonces, es brindar honores a hombres humildes que pasaron a la otra vida sin más reconocimiento que el recuerdo dejado entre sus familias y amigos, porque la verdad es que los honores, las consagraciones, los títulos de reconocimiento, están reservados a los que, como los dirigentes del bárbaro espectáculo, se sientan en los palcos con copas colmadas de finos licores, para deleitarse con la muerte de los que forman la masa indefinida e intrascendente de los núcleos humanos.
Hay que vivir para ver, pero también es importante ver para vivir. Hoy, en la vejez, creemos ser enemigos de un

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espectáculo que está mandado a recoger y que si subsiste se debe a los traficantes de la corraleja. Lo que sigue no es entonces un elogio para los que degustan los momentos en que ven correr a una fiera con un hombre de la gleba ensartado en sus astas regando la arena de la corraleja con su savia vital. No podríamos hacerlo, porque como señalan las Juventudes españolas en estas calendas, "La tortura no es cultura" ni mucho menos tradición.

El autor
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CANTO DE SANGRE Y TIERRA

A Domingo Pacheco, cuyas corneadas ahora golpean mi alma.
¿Por qué callas, Domingo? Los recuerdos que llegan a tu mente son también recuerdos míos porque parte de tu vida es también mi vida.
No calles, estimado enemigo y entrañable amigo. Eso hemos sido desde niños. Enemigos y amigos. Para complacer a las abuelas, que jamás dieron razones del rencor que quisieron Implantamos.
¡Habla Domingo Pacheco! ¡Habla! No calles porque si callas será para siempre.
¿Qué te pasa, hermano mío? ¿Por qué esa mirada que nada dice? ¿O dice mucho más que no comprendo? No te de pena descansar la cabeza sobre mis piernas porque pienso que, sobre el duro suelo bajo este palco, te verías no en soledad como ahora sino también sombrío, muriéndote a jirones, arrancándote por dentro los pedazos. Estoy a tu lado. El único, porque los demás te tiraron aquí y volvieron a la arena a lidiar los animales que los hermanos Negrete escogieron para deleitarse con las angustias, los dolores, la sangre y la muerte. Ellos, que como los demás ganaderos, se creen escogidos por un ser superior para ver cómo se fuga la vida por el hueco dejado por la asta en el cuerpo de los infelices que no han comprendido que son esclavos del infortunio. Mejor, Domingo Pacheco, alza tu brazo, empuña tu mano y golpea mi rostro.
Imagínate que estás en la plaza de la Cruz y tu abuela Valentina Pacheco, con enorme algarabía te azuza en mi contra y a mí me Introduce el miedo cuando grita desaforada: ¡Dale duro Mingo, duro y en la jeta a este negro gordo, cobarde, hijo de

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puta! Pero tú sabes que no tengo nada de cobarde. Solo el temor que los gritos de Valentina metían en mi cabeza y en mi cuerpo. Temor por esperar que todos a una tus quince o veinte primos cayeran sobre mí si rompía tu piel con mis trompadas. ¡Vamos Domingo Pacheco! Yo te ayudo a golpear mi cara, a quebrar mis orejas, a partir mis labios y mis cejas y que mi sangre bañe nuestros cuerpos, ya que la tuya no brota porque corre como loca por tus entrañas y se lleva poco a poco tu existencia.
Recuerdas, hermano mío, ¿la huerta de Gabito Torres? Allí aprendimos a torear los chivos que embestían con furor los remedos de capotes que tarde a tarde, y cuando el sol se perdía más allá de Sierra Chiquita, llevábamos para enfrentarlos con entusiasmo, mientras Melanio Murillo nos instruía y gritaba furioso porque al principio, cuando pasábamos el capote por encima del lomo del chivo que embestía, imitábamos al torero Luis Procuna en el circo, pensando quiméricamente en futuras glorias en el redondel de una plaza escuchando la atronadora ovación por la proeza, nos quedábamos estáticos y el chivo, rehecho del engaño, volvía y embestía con más furor y fuerza y caíamos tendidos sobre la verde grama del potrero.
Yesid Torres Pérez, El Divino Calvo, el Mono Cárdenas y otros de la cuadrilla de Melanio Murillo, se enfrentaban a toros imaginarios preparándose para el encierro dominical en Corozal, Cartagena o Sincelejo. A los demás nos bastaba la instrucción de los maestros. Total, jamás vestiríamos los trajes de luces.
Quedaron Emerson y Anderson, hermanos de Melanio, aguantando los pescozones del Maestro, hasta que aprendieron quién sabe dónde a ser buenos y afamados varilargueros. A medida que estudiábamos donde el Mocho Diego Echenique, Jaime Exbrayat o don Victoriano Valencia,

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entendimos que la corraleja no es para gente cuerda. Por lo menos los que llenan el ruedo y gratuitamente hacen el espectáculo para satisfacer, como los gladiadores, al César y su cohorte. Solamente tú seguiste, hermano mío.
¡Golpéame la cara! ¡Dame una trompada para saber que aún tienes fuerza! Golpea Mingo, enemigo y hermano mío. Piensa que estas en la Plaza de la Cruz, esa plaza chiquita que fue la plaza de María Barilla, de Felicia Cuadrado, de Pacha Feria, María y Agustina Medrano. No mires allá, viejo Mingo, que Ella está ahí esperándote. Tienes toda una larga vida para verla. No la mires, hermano mío, mírame a mí. Recuerda Dominguito Pacheco que si estamos solos no peleamos. Te tengo miedo y me tienes miedo. Yo lo sé. Pero nadie podrá esperar que seamos enemigos ¡Nadie! No te vayas, hermano mío. Nos quedan muchos gritos furiosos de tu abuela por oír. Nos quedan muchas algarabías por escuchar. Te quedan muchas carreras por hacer huyéndole a mis trompadas. Contigo no me burlo cuando estamos rompiéndonos la jeta en la plaza de Nariño o en la Plaza Grande, sin algarabías para que no vengan corriendo tus parientes. Solamente cobro la acorralada de tu abuela que se desquita conmigo sus rencores con mi abuela.
Así mi hermano. ¡Mírame! Mira como si la muerte fuera el chivo furioso del viejo Gabito. Sácale el trapo por un lado para que no te vea y puedas eludir sus cachos. Así me aconseja El Pingüino Naranjo. "No dejes que el toro te vea cuando arranque en su carrera. Tápale la dirección para que no siga tu cuerpo sino el bamboleo tembloroso del capote". ¿Qué pasó, Dominguito Pacheco? Si esperabas verte en los carteles con el traje de luces, arropado con un capote nuevo de oro y grana, encabezando el desfile desde la puerta de chiqueros hasta el palco presidencial. ¿Te acuerdas cómo nos explicaba Yesid Torres la elegancia del paso del torero? No, no son pasos de maricas. Son pasos de elegancia y con mesura, para que las mujeres en los tendidos de la plaza tengan ocasión de verte el
 
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paquete de cojones que se requieren para enfrentarse con la Parca. Allí, en ese bulto, va revuelto el ardor de tu juventud con el valor del hombre macho, tus esperanzas de ser una figura, de saber que tienes agallas para atravesarte en el camino de la muerte, eludirla y burlarte de ella. El compendio de tu vida de hombre mísero con un cielo lleno de gloria y las esperanzas de ser alguien en la vida. ¡Y mira que tú te atravesaste en el camino del animal y te olvidaste de todo lo demás! ¿Por qué, hermano mío, por qué lo hiciste? ¡Tranquilo! Se lo que me dices sin pronunciar palabras. Por mi cuerpo, mientras la tuya corre como loca por tus entrañas buscando una salida que no encuentra, corre gota a gota mi llanto como si fuera sangre. Eso es lo que empapa tus manos. ¿Recuerdas aquel día en que el Chinón se descuidó y el chivo lo embistió y lo llevó al suelo? Tú también te descuidaste Domingo Pacheco, hermano mío. Pero el golpe de la testuz del chivo no es tan fuerte como el del toro maldito de los hermanos Negrete, que se lleva lentamente tu vida para otro mundo. Pero se cumple tu deseo de no ensuciar la plaza de una corraleja con la savia vital de tu cuerpo. Son mis lágrimas convertidas en sangre que te tributan su ovación las que ruedan por tu pecho desnudo. Y eso te está matando lentamente mi amigo. No te preocupes, los hermanos Negrete, como todos los dueños de toros bravos, tienen aquí cerca médicos, enfermeras, ambulancias, medicamentos para atender a los pendejos que se enfrentan a los toros. Si, todo es imaginación y lo sabes. lo que quiero, hermano, es que no pierdas la conciencia, aunque los recuerdos te duelan mucho más que tus entrañas. Fíjate que la ambulancia la pidieron a Montería y cuando llegue estarás en el cielo. Y tú, hermano mío, eres el más grande de los pendejos. No, tu sangre no teñirá de rojo la arena en la corraleja de La Victoria, pero tu aliento se queda aquí hasta el fin de los días. Mueres en La Victoria, Dominguito Pacheco. i Adiós, hermano! Permíteme cerrar tus ojos y, como a un cobarde, ayúdame a derramar mis lágrimas para limpiar tu cara. ¡Adiós hermano...adiós mi estimado enemigo!

N.E.
La Identidad real del personaje fue la de Domingo Gómez Martínez, hijo de José Gómez y Saturnina Martínez. Nació en Montería en el año de 1939. pero no pudo establecerse el día ni el mes. Desde muy niño, por haber sido criado por su bisabuela Valentina Pacheco, una de las afamadas bailadoras de fandango del Sinú, se le llamó siempre como Domingo Pacheco. al que aplicaban el diminutivo de Dominguito. Creció en los alrededores de la Plaza de la cruz o Plaza Chiquita, localizada en el barrio Montería Moderna, en donde la vieja Valentina poseía una casa en la calle 37 con carrera 6 y a escasos sesenta metros de la Plaza Grande, donde se levantó por décadas la corraleja del 20 de enero. Un toro lo golpeó en el pecho en la corraleja de la Victoria, municipio de Montería, en 1956, destrozándole los órganos interiores. Su agonía fue de unos treinta minutos. Inicio la fatídica carrera de mantero a la edad de doce años en su pueblo natal, demostrando sapiencia en el manejo de las muletas y los capotes.

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ADIOS AL “INDIO” SALGUERO
Su corta edad y su baja estatura sirvieron para engañar a muchos de los bravos de la corraleja. Lo vimos crecer. Siempre prevenido. Siempre díscolo. Dispuesto a enfrentar a quien por muy viejo o por muy alto que fuera le pisara sus terrenos. Con palabras groseras y soeces, anunciaba su decisión de no dejarse apabullar. Contrastaba su belicosidad con la mansedumbre de Segunda, su progenitora, que en los diálogos con las vecinas se preguntaba por qué le había tocado en suerte tener un hijo rebelde entre los quince que engendró. Pero como amigo, El Indio Salguero no tuvo con quién equipararlo. Se mataba por defender el honor y sacar de problemas a quienes en su vida eligió para brindarles su amistad. Por ello, entre la patota del barrio Obrero de Montería, El Indio fue siempre bienvenido. Refrenaba sus ímpetus y se contentaba con un grito. No le temía a ninguno, pero la patota lo recibió, tal vez por haber nacido en la vecindad, como un buen amigo y allí se quedó hasta que cada uno fue volando del nido a hacer el propio y él escogió el tenebroso mundo de las corralejas. Fue su estrella polar, el final de la meta a seguir y, con sus muletas y capotes viajó de pueblo en pueblo tras un caramelo que jamás pudo saborear a pesar de tenerlo en la mano. Es que la gloria del triunfo cae como llovizna en mañana veranera, que ni se ve ni se siente. Y teniendo el caramelo las vicisitudes lo obligaban a citar a gritos al toro, a buscar en los ojos del animal la decisión de ataque, en las pezuñas delanteras el impulso hacia el enemigo y no podía entretenerse en la dulce sensación de la victoria.
Doce o trece años tenía El Indio Jesús Salguero cuando se atrevió a bajar del vallado, arrebatarle a alguien una muleta y correr hacia el toro que por su fiereza mantenía a una prudente distancia a los veteranos, porque se trataba de un astado matrero, un toro rejugado como le gusta a los que, si bien no lo proclaman, sus mentes y corazones se ponen acordes para esperar, para desear mejor, que el animal

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ensarte en sus cachos al humilde mantero o al borracho pernicioso. Es que ese es el caramelo de los que de corazón asesinan a la plebe, al inepto vulgo, que espera un instante supremo, un relámpago de buena suerte para clamar, ni siquiera para exigir, una compensación económica.
El Indio llegó a tan corta distancia del animal, que los manteros desistieron del propósito de atajarlo. Y lo dejaron a la buena de Dios. El animal se arrojó hacia el muchacho, más bien el niño, y éste hacia el toro y quizás los dos se sorprendieron del resultado. El indio seguía vivo y el toro volvió por sus reales, preguntándose tal vez, por qué no lo encontró en el legar en que lo había esperado, mientras que el muchacho se indagaba cómo había hecho para eludir el ataque. Y se miraron, frente a frente, y aseguran los testigos que siguieron ataques furiosos y repelidos de parte y parte, porque cuando el mantero incita al animal no hace más que atacarlo.
Y El Indio salió en hombros de la plaza y convertido, en pocos minutos, en una figura de las corralejas, hasta que un día cualquiera otro toro rejugado, mañoso, matrero, después de una intensa actividad en las corralejas y como para castigar quien en desarrollo de la faena se habla burlado de él, le asesto dos puñaladas matándolo en el acto en la más grande corraleja, la de Sicé.
A la muerte no hay que buscarla, porque siempre está a nuestro lado esperando con paciencia. El Indio había adelantado una buena faena con ese animal. Fue su último espectáculo y al sentirse satisfecho, se metió a una cantina debajo de uno de los palcos. Cuando departía alegremente, miró el redondel y se sorprendió de ver al mismo toro en plena actividad. Salió y apenas entró al ruedo, tropezó con una cuerda y al movimiento que hizo para no caer al piso lo aprovechó el toro que se le fue encima, le dio un golpe con la testuz y enseguida le introdujo el cacho por la yugular y el estómago, dejándolo muerto instantáneamente. Se acababa

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una leyenda y como una ironía de la muerte, tres o cuatro días después ese toro sirvió, lo último también de su largo historial de muerte, para un trueque por un caballo. Era un toro negro, de cuernos cortos, bajo y largo que ya no servía para otra cosa que para reproductor o para el matadero. Eso valen los manteros: Un canje de cosas inservibles para los que los condenan a morir en las corralejas y dejando un grupo de hijos y una compañera en el más indigno abandono, porque nadie se acuerda más de ellos.
Nota: Jesús Manuel Salguero Herrero, nació en el hogar formado por Tomás Antonio Salguero Santos e Isabel Segunda Herrera Tapias. en el año de 1945, en el barrio Granada, zona sur de Montaría. La familia, especialmente su progenitora a la que todos llamaban Segunda y fue muy apreciada en la zona formada por los barrios Obrero, Granada, Miraflores, 14 de Julio y otros. Fueron sus hermanos: Tomás. Margarita, Antonio, Marín. Roquelina, Marleny, Isabel, Emperatriz. José, Nicolasa, Luis, Darío y Deivis. Formó hogar con Ana Torres. Murió el 10 de septiembre de 1986 en la corraleja de Sincé.

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LAMPARITA, VÍCTIMA DE LOS ENANOS
Diez años de vida, o diez añitos como suelen decir ahora los remedos de periodistas frente a los micrófonos, se desprendieron del vallado de la corraleja en Corozal, una de las mejores de la época, para raparle el capote a un descuidado mantero y correr a torear a El Enano, un fiero animal de propiedad del Ñañe Pérez.
Dos mantazos a la derecha y dos a la izquierda para volver al vallado con el corazón palpitante, como si se tratara del émbolo de un motor enloquecido, fue el inicio de la vida de mantero de Humberto Arcadio Barbosa Hernández. El corazón buscaba salir del cuerpo del aventurero niño pero el coraje, el valor, la decisión suicida, no daban entrada a nada que no fuera haber demostrado que tenía, pese a su corta edad, unos cojones bien puestos.
Enfrentar a toros bravos es lo mismo que tornarse en drogadicto. El cuerpo pide la droga porque sin ella se siente muerto. Y Humberto Arcadio degustó la confrontación cara a cara con el peligro, con la muerte encarnada en las astas de los loros como si se tratara de una droga estupefaciente y no siguió viendo las corridas desde el vallado y se metió al letal juego con la muerte. Probó mantear, le gustó y repitió. No con la asiduidad que requería para perfeccionarse porque los manteros no veían más que a un niño que ni siquiera había probado la que para otros hombres era el máximo deleite: una mujer. Y si bien lo arrojaban de los grupos, el insistía en meterse y rogaba que le prestaran una muleta o un capote.
En enero do 1965, cuando acababa de cumplir doce años, la decisión no tenía reversa. A como diera lugar mantearía en la Plan de Majagual. La generosidad de don Arturo Cumplido Sierra, el día veinte, le mostró doscientos pesos para que se le metiera al toro, sin tener en cuenta que se trataba de un niño. El toro La Escoba, al que los manteros veteranos le hablan sacado el cuerpo, hacía de las suyas en el ruedo. Deslumbrado por la oferta, ya rechazada por los expertos, le hicieron creer

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que se le tenía en cuenta y se le consideraba un buen mantero, cuando en verdad era apenas un aprendiz, lo que se sumaba al anhelo de triunfar en su propia tierra, le llevaron frente al animal. Alcanzó a darle tres pases de capote cuando la velocidad del cornúpeta fue superior a sus agilidades físicas. Era el segundo toro de la tarde y Humberto Arcadio el primer herido del día. El cacho ripiao, como califican las astas cuando están abiertas en varias partes, se le introdujo dolorosamente como un punzón de los que entonces se usaban para picar hielo. No tropezó con los huesos, pero las nalgas, al quitarle el pantalón, colgaron sangrantes como si estuvieran descuartizando un marrano y 170 puntos llevaron lo despegado a su puesto y el tratamiento en el hospital San Francisco de Asís, se encargaron de resanar el trasero del muchacho. lo único que no vio fueron los doscientos pesos de don Arturo, pero Humberto Arcadio miraba otras cosas.
 El toro era llamado La Escoba pero no barrió al muchacho de las corralejas y durante seis meses Humberto Arcadio sufrió las verdes y las maduras en su humilde vivienda de la calle las Mercedes, en donde sus padres, José Luis Barbosa Gil y Rosa María Hernández Montes, al no recibir ayuda de ninguna clase comenzaron a sufrir cuando llegaban las temporadas de corralejas, porque lo único seguro para el mantero es un ataúd de madera de desecho que, también generosamente, entregan los alcaldes capándole a la fuerte erogación que se hace en la Tesorería Municipal para mantener alegres a los de la clase dirigente, que durante los días de fiesta bebe finos licores, consume sabrosas viandas y les queda en los bolsillos para le feria de juegos horizontales en los prostíbulos de hoy, llamados moteles, y en las putas de ayer que hoy reciben el pomposo título de pre pago. En esa casa, el 22 de noviembre de 1952, nació Humberto Arcadio, que al regresar a la actividad se sorprendió porque le habían colocado el apodo de El Lamparita, sin saber por qué.

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El Lamparita saboreó en muchas ocasiones el dolor de un pitón introducido a la fuerza en sus carnes. Y casi en todas ellas, la generosidad de los terratenientes y ganaderos, así como de los batracios que se escudan entre los potentados para aparecer como defensores de cultura y tradiciones, le brindaron cuidadosa indiferencia a su estado de salud. Lo que había ahorrado en años de esfuerzos, unos ciento veinte millones de pesos destinados para adquirir una parcela en donde pasar los días finales de su azarosa existencia, sirvieron en un cincuenta por ciento para atender la última hospitalización, al quebrarle en varias partes la pierna derecha un pesado animal que le cayó encima en el fatídico redondel sincelejano, escenario de casi todos sus percances de torería. Un toro conocido como Piedra Lipe, de Arturo Cumplido Sierra, que aprovechando el entusiasmo del muchacho lo tomó como tentador de toros para medir en los corrales de Santa Teresa su potencialidad en una plaza, que como fue costumbre de ese ganadero, servían para seis o siete años de corridas en toda la costa. Don Arturo y sus toros fueron el azote de El Lamparita. Al pedirle una ayuda a quien frentea los Asuntos de la corraleja, éste le respondió: "Yo no soy dueño de toros, no tengo plata y tendría que pagarte con mis nalgas". Lamparita se quedó mirándolo con la pierna y parte de los glúteos enyesados y le respondió: "Lástima doctor que mi estado de salud no me permita cobrarle". Invirtió cincuenta y nueve millones de pesos en el tratamiento, la junta organizadora y una empresa supuestamente creada para poder sacar fácilmente los dineros de las arcas municipales, dineros quo se esfuman a la hora de rendir cuentas, le envió una limosna de cien mil pesos. El resto de sus ahorros se diluyeron en un año inactivo, primero por varios meses en el hospital y posteriormente en la residencia, atendiendo los asuntos caseros, especialmente la asistencia de sus ocho hijos engendrados en igual número de mujeres, pero con la misma herramienta, dice mientras una sonrisa adorna tal vez sus recuerdos de hombre afortunado con el amor de las hembras. Primero La Escoba, después el Enano, más tarde el Piedra lipa, en Planeta Rica El Pollerín de la ganadería de Arturo Berrio el 28 de febrero de 1986; luego en Purísima, El Sardina

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de Jesús Herrera, que pese a su bravura alcanzó a sacarle seis muletazos el 25 de diciembre de 1988 y le dejó como regalo una larga temporada en un centro asistencial. Sigue Sincé, con uno media casta de Adolfo Támara el 13 de septiembre de 1991 y en la misma plaza, El Noni, de Francisco Támara de la Ossa, el 14 de septiembre de 2009. El Enano, en esta ocasión de Arturo Cumplido con el mismo nombre del toro que le dejó el trasero como muñeca de trapo cocida por una aprendiz de modistería, El Lamparita se vio obligado a dejar los ruedos. Ahora sigue las faenas de sus compañeros o de las camadas de nuevos manteros.
Pero no todo fue ingratitud para El Lamparita. Gracias a su actividad y su fama gozó del favor de las mujeres. Seis convivieron con él en una misma época en diferentes lugares de Sucre y Córdoba. Miriam en Purísima, Carmen Alicia en Corozal, Eunice en Sahagún, Carmen Alicia también en Sahagún, Rosa en Sincelejo y Ana Isabel en Palmito, sin contar a otras cuya identidad no quiere revelar a petición de los hijos que con ellas gestó y un número considerable de aventuras nocturnas en cercanías de las corralejas de muchas de las cuales ni siquiera recuerda sus nombres. Más o menos bien parecido, su rostro es el mismo que surgió en Corozal cuando apenas era un chiquillo de doce años que se enfrentó a El Enano con astas marfileñas y mal carácter.
No duda ni gaguea al responder la pregunta sobre en qué zonas del Caribe se realizan las mejores corralejas: En Córdoba. Y justifica su apreciación al destacar que, entre todas, su preferida es la plaza de Cotorra, en el Bajo Sinú. "Allá te valoran el trabajo, te agradecen el aporte, te regalan cosas, te atienden como debe ser atendida una figura de primera clase de las fiestas. Te conceden premios y suministran vestidos y te invitan a departir con el de arriba, el del medio y el de abajo En la Sabana, por el contrario, te miran y te tratan corno basura, como un necio, un aparecido, un hombre sin valor. Por eso, para mí, las mejores fiestas de corraleja se hacen en los municipios de Córdoba, especialmente en Cotorra, en Cereté, Planeta Rica y otras".

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No se siente frustrado, ni siquiera guarda rencor a los que. sin meterse al ruedo a enfrentar un toro, ganan en cinco o seis días lo quo un mantero de primera clase no logra en diez años continuos, siendo la verdadera figura del espectáculo, la esencia de este y sin cuya participación no habría fiesta, aunque esos Individuos no son más que mercaderes de muerte que se apoderan de la vida de hombres míseros. Entre ellos y los vendedores de armas para la guerra, se pelean por la caza de incautos.
Es una vida azarosa. Plagada de peligros, pero en donde la mistad, la camaradería, la solidaridad y la hermandad, son la base de los que a ella se meten. Compartí con los mejores manteros, banderilleros, garrocheros y tumbadores de toros de mis tiempos felices. Ellos fueron mis padres, mis hermanos, mis gratos amigos. Y las mujeres se desvivían por brindar al triunfador de la tarde sus placeres íntimos, porque al que enfrente con valor a la muerte, se le debe gratificar con amor. El día que me toque rendir cuentas, lo haré satisfecho. Tal vez los que negocian con las corralejas no puedan decir lo mismo, porque ellos saben que estafan a los artistas del ruedo. pero no nos toca a nosotros juzgarlos.

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¿QUE ES LA CORRALEJA?

Parte I
Un espectáculo denigrante dejado como herencia desde la época de las cavernas, que se mantiene gracias al espíritu violento de algunos colombianos oriundos de una zona conocida y llamada Costa Caribe, con la que, pese a la extrañeza de unos pocos, se remplazó el nombre inicial: Costa Atlántica, que fuimos los únicos que quedamos con la fiebre. fomentamos, auspiciamos y realizamos el salvajismo. Cosa rara: los que nacimos en la región aludida, somos gente de paz. Mientras el resto del país se llena de sangre, aquí apenas desde mediados del Siglo XX, animados por violentos venidos de otros lugares, rompemos poco a poco nuestros propios sentimientos.
Si recordamos lo que escribieron los cronistas del encuentro de dos mundos, que los españoles declararon descubrimiento para pasar luego a la colonia y en estas calendas vuelven a jugar con las riquezas de la nueva tierra, los tales no fueron más que un contingente de presidiarios, la mayoría de ellos sentenciados a largas condenas o a la pena de muerte por sus fechorías. Se requerían hombres desechables, como los calificamos hoy, para realizar una aventura en busca de un camino para facilitar las transacciones comerciales. Como a todas luces era una quimera, dentro de la concepción de que el mundo no era más que una tabla mantenida en el espacio y que lo que llegara a las orillas, cosas u hombres, se precipitaba al vatio y por tanto al infierno, la gente cuerda no juzgó conveniente embarcarse a una muerte segura. Solo los presidiarios aburridos.
Los desmanes, tos genocidios, la muerte de los nativos a los que sacerdotes católicos "expertos" en la materia calificaron como seres sin alma que podían matarse al igual que una gallina para el guiso, los descubridores no encontraban cómo pasar sus ratos de ocio.

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Remedando las corridas de cartel en los circos, pidieron y les mandaron, por no existir en América, toros bravos. Y en remplazo del circo construyeron primero en los corrales sitios en los que guarecerse, para ver o participar en las "corridas". Como se Inició en los corrales de los fundos, llamaron al templo de la muerte como corraleja. La tétrica actividad quedó en mano de los bramadores y circunscrita a las llamadas tierras ganaderas. Y se regó por prácticamente todo el nuevo mundo, hasta que la gente pensante que llegaba de Europa fue alejándola y quedó para deleite de pueblos ignaros que nada representaban para España. la hoy Costa Caribe colombiana sigue siendo, para su desgracia y su atraso, región ganadera.
La corraleja entonces, a medida que crecían las familias de los delincuentes llamados "nobles", requirieron mayor espacio. Y lo poco que se dejaba para que los pobres observaran las proezas de sus amos y depredadores, sirvieron para levantar palcos, Hasta llegar, cuando se comercializó el espectáculo a tener cuatro pisos, como en Sincelejo. Los trabajadores de las haciendas, los esclavos, como nada valían, no se les tenía en cuenta y ellos, voluntariamente, fueron metiéndose para hacerse matar en una ofrenda de sus vidas al patrón.
De nuevo la Iglesia católica se hizo la indiferente y los ganaderos comenzaron a buscar en el Santoral nombres de los santos para dedicarles las fiestas. En San Benito Abad y en Sincelejo, la curia se beneficiaba grandemente con la muerte de los campesinos, de los borrachos, de la gleba, del inepto vulgo, de los miserables, de la carne de cañón que se salvaba de las furruscas de los políticos, etc. Y aún hoy, son un número apreciable los que consideran que no dejarles hacer la fiesta es una ofensa para Dios y para los santos.
La corraleja se tornó en un monumento a la muerte, al abuso de los que poseen bienes de fortuna. Tablas y tablones, durante decenios amarradas con bejucos y hoy con clavos y

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grapas, sirvieron y sirven para acoger a los obnubilados que, tomándola como si se tratara de una hamaca, realizan sobre ella toda clase de acciones peligrosas.
Favorablemente, según los amigos de la corraleja, ya algunos ridículos luchan para que sea levantada en concreto rígido, para no repetir la tragedia de Sincelejo en 1980, cuando se vino abajo y dejó, según la ponderada tesis de las autoridades, solamente cien muertos, pero sin consultar a los periodistas que aún guardan los listados entregados por la misma policía en donde los nombres de las víctimas pasan de los setecientos. Quien fuera uno de nuestros grandes amigos, Carlos Failache, a quien calificábamos como el sicólogo de la patota del barrio Obrero en Montería, expresó un día que "cuando uno quiere matarse o que lo maten y no haya llanto en el pueblo y si acaso en la familia, métase a una corraleja. Es el único lugar en donde uno se suicida y nadie le pone atención". Pero los marginados de los pueblos de los hoy departamentos de Atlántico, Bolívar, Córdoba, Magdalena y Sucre son la materia prima de los que se convirtieron en negociantes de la corraleja, en comerciantes de la muerte de los pendejos, porque jamás los hijos de los adinerados se meten a la arena y exponen sus vidas.
Eso, a grandes rasgos, es la corraleja.
Otro Si: Costa Rica es un país que nadie ha podido explicar por qué se convirtió en meta de muchos colombianos, especialmente de la zona del Caribe y preferentemente de Sincelejo. Hasta un presidente de la república en ese país, ha sido descendiente de sincelejanos que allá se fueron en el pasado buscando nuevos horizontes.
Allí, como se propuso recientemente acá, se usa una plaza de toros de cartel, se introducen grupos de jóvenes y de uno que otro anciano, uniformados y se arrojan toros bravos. Los capotes son tan pocos que parecen banderas ondeando al

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viento y las muletas, un poco más, no se usan para nada. La concepción tica es diferente. Grupos de jóvenes se colocan al frente de la puerta de los toriles y esperan al animal e intentan detenerlo a la fuerza.
Hay días en que los heridos son tantos, que lugares especiales de primeros auxilios no alcanzan para atender las urgencias. Todos son felices y parece que esperan que un toro los envíe a la tierra de “nunca jamás”.
Como en Colombia hay la tendencia a terminar con los bárbaros festejos, los afiebrados por ella deben tener en cuenta estos datos, especialmente si se es ganadero o soba espaldas de éstos: la fiesta se inicia en la última semana de diciembre y termina la primera semana de enero, cada año. La realizan en la localidad de Zapote, Distrito 5 del Cantón de San José. También se le dice distrito josefino.
El certamen es llamado por los nativos "Corridas de toro a la tica".
No hay problemas con las autoridades, porque allí, como en cualquier país que se respete, las autoridades minimizan los resultados trágicos, acolitados por la prensa.
No hay problema con la sangre de los locos que esperan como Mártires que el toro les quite la vida, porque terminada la corrida grupos especiales limpian el ruedo.
En fin, Zapote en Costa Rica debe ser considerado como el paraíso terrenal, en donde la vida no vale nada. Lo "glorioso" es sentir bien adentro una asta de toro bravo. ¡Qué felicidad!, diría La Manola, arrebatada que vivió en Lorica, cuando Lorica era Lorica.

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¿QUE ES LA CORRALEJA?
Parte II
En un día cualquiera de un año olvidado, Tomás Torres Correa, para ese tiempo uno de los más importantes hombres del comercio de Sincelejo, recibió en su establecimiento Agencia Panam del Caribe, a un colombiano nativo del interior del país, que vivía en Europa. El hombre es arquitecto y estaba al servicio de la Organización de las Naciones Unidas —ONU— y aprovechó una visita a su familia y se vino a observar el escenario de la corraleja. El visitante quedó sorprendido de que una estructura de madera, sostenida sobre perales endebles, amarrada con bejucos, alambres y clavos, se elevara desde su base al techo en cuatro pisos para albergar a más de diez mil personas, muchas de ellas en estado de ebriedad, bailando al son de la música de bandas de viento y muchos otros pormenores.
Nos preguntó si nunca se había venido al suelo tan absurda construcción, le señalamos casos ocurridos en corralejas como la de Rabolargo en Cereté y el incendio de palcos en Montería, así como otros aparentemente intrascendentes que teníamos registrados en el deambular con un micrófono entre manos por numerosas poblaciones para narrar las "corridas", que se habían olvidado o ignorado por quienes de un día para otro aparecieron transformados en negociantes del espectáculo y a los que les importa un comino la vida de los demás. Para ellos lo único que vale y pesa es el producido que deja en sus bolsillos.
El hombre miró, revisó, tomó apuntes, realizó ecuaciones, verificó manualmente la velocidad del viento, calculó el peso promedio de la masa que atiborraba los palcos y sus alrededores y, en fin, que llenó varios folios del cuaderno con lo pertinente. Por la noche, por no atraerle la atención la

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fiesta, se encerró en la alcoba del hotel y con calculadora hizo cuentas.
Al siguiente día nos informó que las autoridades de Sincelejo debían reformularse los criterios y decidir cambios sustanciales "porque la vida de los habitantes de un lugar reposa en las manos y el buen criterio y decisión de sus autoridades, establecidas como dice la Constitución colombiana, para defender la vida, honra y bienes". Como siempre he sido atrevido y esa la razón para que algunos me tilden de arrogante y amargado, le comuniqué que era algo que, en Sincelejo, especialmente, carecía de importancia. Habituaron tanto a los nativos al asunto, que creía que, si se lo proponían, y ya entonces se insinuaba el aumento de otro piso porque la demanda era excesiva y la corraleja no solo deja dividendos a un grupo de negociantes de la vida de los demás, vampiros sedientos de sangre de los pobres, sino que los políticos entraron a saco en ellas. Aún no se hablaba de los paramilitares, pero ya existían y sembraban el terror en los campos y a manera de mano negra, sacrifican al que les cae mal si no encuentran quien les pague, que se apropiaron de muchas corralejas y aún disponen de ellas como si fuera patrimonio familiar.
El hombre nos explicó sus estudios y nos pidió que viviéramos preparados porque no demoraba la caída de la estructura endeble o inadecuada. ¿Pero a quién se le podía dar cuenta? A nadie, por muy importante que fuera el estudioso, porque se le tildaría de  envidioso, de enemigo gratuito, de perseguidor del progreso y desarrollo de la ciudad. Porque los negociantes de la corraleja la tomaron como si fuera una universidad, lamentablemente los estudiantes no son los hijos de los ricos de los pueblos donde se escenifican. Por eso son estos hijos predilectos dele elite los que más gozan de la fiesta, porque lo que gastan lo pagan los municipios. La única corraleja, pero sin toros, en que penetran los hijos de los poderosos, son las instalaciones del club social del lugar, en el que los manteros

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no pueden ingresar ni a lavar los sanitarios.
La corraleja es entonces el final de una fiesta de muerte que se inició en los corrales de los fundos robados por los criminales españoles que vinieron en los primeros años del encuentro de dos mundos. Ávidos de sangre, de muerte, de vejámenes, situación que habían vivido en las constantes guerras europeas, sin nada qué hacer distinto a robar y adquirir riquezas que encontraron, les faltaba un sitio o una actividad para deshacerse de sus odios y de sus amarguras. Pidieron y lo consiguieron, porque en el Nuevo Mundo, no existían, toros de lidia para distraerse. Yen los corrales de las haciendas, por cualquier razón, se verificaba un encierro. En los primeros años fueron ellos mismos los toreros y después metieron a los indios, a las buenas o a las malas. Tal vez por el criterio de que los indios, como lo afirmaba la iglesia, no tenían alma y los negros carecían de personalidad, tomaron a los nativos para enfrentarlos a las astas de los furiosos animales de deshecho que fueron enviados. Entonces los descubridores y los colonizadores se repantigaban en lugares seguros del corral para ver los acontecimientos de la arena.
Los negros fueron penetrando en esos asuntos y muchos resultaron buenos para la lidia, sin dejar de ser esclavos. No obstante, nos preguntamos: ¿Quién conoce a un negro torero? Esos antisociales cuyos apellidos ennoblecen y enorgullecen a los blancos de América, porque las fiestas de toros y los entarimados semejantes a las corralejas del Caribe colombiano, las levantaron a lo largo y ancho del Continente y las establecieron como obligatorias, estimulados por el licor que fabricaban los evasores de impuestos, que en el caso de Sincelejo lucharon para no reunirse como pueblos organizados porque todos eran prófugos de la justicia, encargaron a la “indiamenta” del espectáculo. Exponían alicorados en alto grado sus vidas ante las fieras.
Poco a poco en otros países fueron acabando con el

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Sangriento entretenimiento, Solamente quedó circunscrito al Caribe colombiano, en donde se entronizó la peor especie de los tatarabuelos: ladrones, sicópatas, asesinos, que nos mandaron para formar lo que hoy se califica como colombianidad pero que no tiene nada de nacionalismo.
Hasta la mitad del Siglo XX, en el solo municipio de Montería se realizaban fiestas de corraleja en todas y cada una de las poblaciones. Muchos dicen que veinte, otros que treinta. Igual ocurría, pero en menor cantidad, en los demás municipios de Córdoba, En donde quiera que hubiera más de dos gamonales, al onomástico de éstos se celebraba con una corraleja. Otros, para poder evadir los impuestos de la corona española primero y de la república después, las adaptaron para darle salida a los licores de contrabando. Sincelejo, según los registros históricos, llegó a tener más zacatines que habitantes. Lo que hoy conforma el departamento de Sucre, fue escenario de la bárbara estructura, o mejor, de la barbarie de su clase dirigente.
El sur de Bolívar de Bolívar, parte del Atlántico, gran parte del Magdalena, todo Sucre, todo Córdoba, la depresión Momposina, el San Jorge, formaban una gran corraleja. Y desde entonces hasta hoy, los únicos muertos son los de la gleba, los muertos de hambre, los desempleados, los explotados, los marginados. Ningún hijo de rico se registra en la fatídica lista de víctimas, si acaso se contabiliza por historiadores de pacotilla, que haya muerto por una herida de toro en una corraleja. Es cierto que han muerto corneados hijos de la élite, pero por razones distintas, por descuido o por desconocer la fiereza de un animal. Los ricos hacen la fiesta, pero son los pobres los que mueren.
Del corral se pasa a la corraleja. En un principio se dejaba una zona de palcos para los de la incipiente oligarquía y el resto al descubierto para los patojos que carecían de dinero para podar los puestos en los palcos. Alguien se dio cuenta que se

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estaba perdiendo plata y los palcos se fueron extendiendo. Ya las mujeres, los niños y jóvenes y hasta hombres del lumpen no podían asomarse y entonces los hombres se introdujeron a los cuadriláteros. En estas calendas, en un paso más de los traficantes de la muerte, el grupo de pendejos que hace la fiesta debe pagar para entrar a la arena y exponer la vida. A tanto llegamos, que los pobres mismos exigíamos que hubiera muertos porque "una corraleja sin muertos es como un mote de queso sin queso".
Influyeron tanto que, en Sincelejo, por ejemplo, se cayó como lo pronosticó el arquitecto al servicio de la ONU, la corraleja. Otra innovación, "muy brillante y humanitaria", es la alambrada de púas que garantiza que los que suben a palcos no tendrán molestias por parte de los leprosos que deambulan borrachos en la arena. Pero todo sea por la grandeza del espectáculo.
Las autoridades en cumplimiento de su sagrado deber minimizaron la tragedia y apenas reconocieron que habían muerto destripados bajo los palcos caídos, unas cien personas. Los periodistas que juiciosamente trabajamos el caso, llegamos a conformar con los informes suministrados por la policía, que fueron más de setecientos. Se suspendió la fiesta, pero los padres, las madres, los hermanos, los hijos y demás familiares de los muertos, pedían la corraleja. ¿Por qué no suspenden los vuelos si los aviones también se caen? Con esa premisa, también podríamos luchar para que, en defensa de las costumbres, de la cultura primitiva, pudiéramos transitar desnudos y con los elementos reproductores al aire. Pero si la cultura y las tradiciones son falsas, mal podríamos aferrarnos a ellas para bañarnos, en días de calor, en la piscina del parque Santander, en Sincelejo. Por algo, entonces, se dice que la cultura y las tradiciones son falsas, y se acentúan cuando uno persiste en que no haya variaciones. ¿Pero quién le dice eso a los negociantes de las corralejas?

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Volviendo un puco atrás, los ganaderos fueron hundiendo en lo profundo de la selva a los toros bravos para garantizar que serían bravos o la hora de presentarlos en las corralejas. Se pasó al jolón para que el toro barriera con sus astas a los que ingenuamente se tiraban al piso haciéndose los muertos. Cambiaron sin aviso previo los toros cebúes y criollos por los de media casta y la mortandad fue considerable, pero se asentó y aumentó el prestigio de las ganaderías. Es cierto que desde el descubrimiento hasta hoy los toros de los ganaderos del Caribe no han sido utilizados en corridas de cartel, pero sus propietarios los miman como si fueran de oro puro. Los defensores de las tradiciones y la cultura, sin embargo, olvidan todo lo demás que no sean cachos.
Nadie dice nada, nadie hace nada para que, en otros aspectos de la vida de los pueblos, la música, por ejemplo, se mantenga la original, la música autóctona. Por el contrario, hemos llegado al punto que la dirigencia en Sincelejo, especialmente, distrae a los asistentes a un festival folclórico de gaitas, de banda de viento, de pito “atravesao”, con equipos de grandes dimensiones y alto poder que muelen música de otras zonas. En los entreactos los artistas sabaneros, sinuanos, sanjorjanos, etc., son ignorados.
Como señalamos anteriormente, el solo municipio de Montería hacía en promedio unas treinta corralejas, pero hoy son tan pocas, que los negociantes de ella, los que disimuladamente son matarifes que se regodean de físico placer entre las carnes desgarradas, la sangre derramada y la muerte se vinieron al comprobarse que los ganaderos de Sucre, igual que el mote hicimos referencia, tienen de todo menos queso. Y no tienen queso porque el ganado decreció alarmantemente.
Esa es la corraleja, palabras más o palabras menos. O como lo dijo nuestro compadre Carlos Failache:

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La corraleja es algo muy bueno, porque es en la única parte en donde cada exposición de la vida antes de acobardar aviva el coraje, en que cada cornada acrecienta la fama del torero.”
Gracias a Carlos, conocimos el mundo arcano de las corralejas y de sus artistas. Por eso recordamos a El Indio Avilés, hijo de Sixta Cardozo que administraba una cantina en cada corraleja, la cual era nativa de Sahagún; Oquimpo Romero, de Cereté; Otoniel Ochoa, de Cereté; no lo conocimos personalmente y no hubo manera de establecer si se trataba del progenitor de los hermanos los Barritos, catalogados como los mejores banderilleros de su época y nativos de Ciénaga de Oro;
El Toche, un buen mantero que no llegó más alto por ser borracho empedernido y loco por añadidura; a Manuel Pinto, de Sahagún; Pascual Cermeño, de Cereté; El Mono Mejía, de Ciénaga de Oro; Francisco Reyes, de Sahagún y uno suficientemente conocido en Córdoba y Sucre, El Tabaco, de gran fama como excelente capeador; otra familia de Ciénaga de Oro, de cinco miembros que fueron banderilleros y tumbadores de toros llamados Los Diablos Machos o Los Negritos y cerramos esta relación provisional con Víctor López, nativo de Punta de Yanes, del que aseguran compitió con honor con el viejo Calazans en lo referente a tumbar toros. Ellos también son la corraleja. Mejor aún, la esencia del espectáculo.

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DIFERENCIAS ENTRE AYER Y HOY
Todo en el universo, hasta el ser humano, es materia de lo que los estudiosos llaman evolución. Es por lo que entre el remoto pasado, un pasado reciente y hoy, hasta el planeta mismo haya cambiado. Los rastros dejados y la perseverancia de los arqueólogos nos lo enrostran diariamente. Solo que la Iglesia, ahora multiplicada en tal número que no hay edificación que se respete que no tenga una en el garaje al servicio del dueño y ya los nombres se están agotando para bautizarlas, es la primera en negar la realidad. Si el mundo evoluciona por sí mismo o es manipulado por fuerzas exteriores, dejaría sin valor ni efecto a los textos sagrados sobre una creación y una formación del ser humano, traída de los cabellos, antes que aclarar confunde más al hombre. Si se creyera a pie juntillas en los llamados libros sagrados, enfrentaríamos situaciones delicadas para la comprensión. Cada una de las cosas controvierte y confunde. La sola concepción de un llamado hijo de Dios nos somete a presiones indebidas, porque como lo cuenta el cuento, para hacerlo como como dicen los libros sagrados, debieron violarse normas elementales de convivencia ciudadana. Pero el objeto de este trabajo no es religioso y rogamos a Dios, y en eso somos celosos adherentes, que nos guie y nos permita hacerlo como debe ser
La lidia de toros bravos comentó en una fecha difícil de precisar, pero parece que fue en la época de las cavernas, cuando el hombre, y ello le permitió evolucionar cerebralmente, debió ingeniárselas para enfrentar a los animales superiores a él. Y desde entonces nos están diciendo que si los trogloditas evolucionaron ¿por qué los ganaderos del caribe colombiano no lo pueden lograr?
Se llegó enterrar a los animales feroces en lugares adecuados para analizar su comportamiento Y el hombre de

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las cavernas se dieron cuenta que podía hacerlo si usaba su masa encefálica, porque el ingenio es superior a la violencia. En ese encierro fue tanteando. Y en lo correspondiente a toros bravos, si no podía domesticarlos, debía enfrentarlos y darles muerte. Y así lo hizo. Para la época la policía no existía y por tanto sus estadísticas de muertes no se seleccionaban entre naturales y producidas, ni menos si las producidas habían sido con los puños, con garrotes, con lazos hábilmente utilizados para ahorcarlos, o con hachas, machetes, lanzas, etc.
Establecidas las condiciones del toro, el cavernícola se dio las mañas para atraerlo y verificó que el color, preferencialmente el rojo, era un atractivo para el animal. Y desde ese instante, los utensilios para provocarlos fueron de colores.
El encerramiento provisional debió encontrar a un sincelejano como para que se cambiaran las estructuras y las condiciones. Los demás trogloditas podían divertirse viendo a sus congéneres enfrentar a la muerte si descuidaban la destreza. Pero el sincelejano se murió o desapareció y no se llegó a proponer el levantamiento de un escenario para lidia de toros erigido en cemento rígido. El ser humano prefirió el teatro, la poesía, el canto, la música, la retórica, la pintura y otras expresiones espirituales enmarcadas en lo que se llama Bellas Artes, desconocidas para los bramadores, cuyo máximo deleite es ver un hombre esquelético por la desnutrición, ensartado en los cachos de un toro y paseado por toda la arena que queda ensangrentada y llena de excrementos que salen por sí solos de las entrañas de quien da su último paseo en la vida, no en hombros sino encachado. Y si falta algo, la alcaldía respectiva paga el valor de un hermoso ataúd, pero el que lleva la funeraria apenas sí ataja los nauseabundos olores que brotan del cuerpo en descomposición.
Desde las cavernas y pasando por las otras edades del hombre, la lidia de toros se fue circunscribiendo a un territorio que ni es europeo ni es africano ni es de ninguna parte, y por

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ello Miguel de Cervantes Saavedra habló de una zona de cuyo nombre no quería Acordarse,
pero el hombro es necio, para animarse a sí mismo y dejar una buena impresión entre las mujeres, fue, como los futbolistas de estos tiempos que en el fondo son también toreros, confeccionando uniformes, como los segovianos, los gallegos, los sevillanos, etc. No era una manifestación equivocada, menos si recordamos que para ser marica se requiere un valor superior para que las astas antes de producirles dolor los satisfagan, sino que se trataba de un alarde personal. No bastaba el valor ante el toro porque las condiciones genéricas de los que se enfrentan a los cornúpetas eran suficiente, sino un atractivo para las damas. Y los testículos para mostrarlos por debajo del uniforme deben estar tan aprisionados, que el uniforme amenaza con romperse en el punto vital. Y pasaron al maniquí y a la similitud del vestuario femenino, las lentejuelas son al torero como el pasto viche para el buey manso y viejo.
Del encierro entre piedras - ¡Gracias Señor por retener la creación del cemento para mucho después! - se pasó al corral de los fundos. De allí a los circos, en su mayoría de madera, pero los que no evolucionaron, sino que involucionaron, los del Caribe colombiano no han traspasado los límites de la razón ni del progreso. Aquí, por el contrario, se escucha la onomatopeya de la gallinácea que bautizamos como cocá, que perece ir por el patio gritando: Pa'trás, insistentemente. O el elegante paso del cangrejo, que prefiere retroceder que enfrentar los retos.
Al encontrarse dos mundos, los del viejo trajeron la recreación de las corridas de toros. Las iniciaron en los corrales y luego fueron extendiéndolas. Ese es el máximo aporte de los bramadores de la hoy capital de Sucre y quizás el proyecto que más les maltrató la masa cerebral. Cambiar la humilde corraleja y sin variar los elementos, llevarla a cuatro pisos.

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Sólo que el 20 de enero de 1980, todo el andamiaje se vino al suelo y la mortandad fue tal, que se obtuvo a la fuerza la suspensión de la fiesta hasta que los defensores de la cultura y las tradiciones insistieron en convertirlas en negocio y volvió por sus reales. Nada infiere, pero no puede descartarse que, en aras de la sana economía y el consecuente desarrollo y progreso de Sincelejo, especialmente, los cultores de la tradición y de las manifestaciones culturales, luchen para que todos volvamos al arte primitivo y nos paseemos por esas calles de Dios con las herramientas de producción al aire, especialmente en los períodos de fuerte verano en que a uno le brotan las intenciones de bañarse en la piscina del parque Santander.
La modernidad de la corraleja se refleja en varias cosas. Don Anselmo Ortiz, Gregorio Coronado y sus hermanos y muchos otros del Sinú, la Sabana, el San Jorge, la depresión Momposina, considerados y destacados como los mejores garrocheros de todos los tiempos, deben revolver sus osamentas en los cementerios ante la realidad de que jamás pensaron en tornarse rejoneadores. Ya los garrocheros no existen. Como si a un burro se le alimentara con caviar, los que van montados en caballos de la actualidad se ufanan en colocar rejones. Desgraciadamente para los equinos, los rejones que pone el toro solamente los afecta a ellos, porque el rejoneador con su valentía sale a toda velocidad hacia el primer refugio. No le importa el caballo y más bien se solaza viéndolo correr y pisarse las entrañas hasta caer muerto.
A mediados del Siglo XX, los que aspiraban a ser personajes en las corralejas, se ejercitaban con chivos o con vaquillas. Hoy lo hacen imaginariamente. Y se sacrificó la calidad, pese a que el valor puede considerarse el mismo porque enfrentar a un fiero toro no es chupar helados, y no se ven faenas que adornen el espectáculo. Los que dan uno, dos o tres “trapazos” y sueltan la prenda para huir, no pueden recibir el calificativo de manteros. La demostración de carencia de aptitudes se

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muestra con el uso del capote y de la muleta. La muleta es más corta y permite un pase rápido. El capote es difícil. Partiendo de su largo y de su peso, apenas los veteranos lo usan con profesionalidad. Lo que no cambia es la edad en que los jóvenes incursionan en la arena. Si se pudiera analizar a profundidad el tema, tendríamos que desembocar ante la realidad de que las condiciones económicas inciden en ello. Las banderillas son colocadas más con miedo que con pericia. jamás de los jamases, en estos tiempos, veremos un par de banderillas colocadas una junto a la otra, sobre el morro y erguidas compitiendo con las astas. Por último, en estos momentos pocos conocen a los manteros, banderilleros y garrocheros. Suenan durante el lapso de la festividad. Para ellos se acabé la sapiencia de los taurófilos, de los narradores y de los comentaristas taurinos y viven y mueren más bien en el anonimato. Diametralmente diferente a los tiempos en que el hombre “corralejero” era la figura a la que se rendían honores. Pero la Justicia y la equidad del pasado murieron mientras el egoísmo de los que saben que tienen dinero y poder porque viven del comercio de los toros bravos. Por allí hay una canción que habla de un toro que mataron en Carrillo, municipio de Cereté. Apreciamos al autor de la canción, pero no se puede hablar de que "lo mataron en Carrillo", porque en las corralejas los únicos que hoy mueren son los muertos de hambre de los tugurios.
Tal vez hubiera quedado mejor referido el asunto si se hubiera dicho que el bravo animal murió del cansancio y de la vejez, luego de ocho o diez años de sufrir las verdes y las maduras en los escenarios, víctimas inocentes de la maldad del hombre. Los famosos de hoy son los ganaderos y sus cuadrillas de sapos que asumen la representación del propietario de los toros, en su mayoría, son más iletrados que los manteros. Y el último famoso es el toro. Sobre todo, cuando se paga a los locutores para que le ensalcen. ¿Desde cuándo los que asisten a las corralejas no ven un perro en el ruedo? Perros que han luchado Contra toros bravos los hubo en cantidades. Pero los

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del lumpen que atiborra la arena, y aquí sí que no hay críticas, para los ganaderos, terminaron por erradicarlos del escenario: a punta de piedras, botellas o patadas. El animalito terminaba loco en el ruedo y por ello se llegó a decir que alguien quedaba más "adolorido que perro en corraleja".
Perdonen si no acertamos a configurar las diferencias.

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LAS CORRALEJAS TAMBIEN SON MACONDO
La cornada adquiere en momentos una cara agradable, cómica o se reviste cuando menos se espera, de un extraño y tenue Munir que lleva a considerar que nos encontramos en otra dimensión, en donde el drama se torna en comedia. El desenlace fatal nos deja con el corazón en la mano y preguntándonos qué fue lo que realmente ocurrió.
Pensar que un hombre se libra de la muerte por calzar mocasines y no zapatos de cordón, que en medio del terror porque el toro se vuela de la plaza y recorre la parte exterior de la misma en la que cientos de personas se dedican a las actividades de negocios e ignoran que ha salido y el animal, sin envestir a los transeúntes llega a un expendio de guarapos con hielo y tranquilamente mete el hocico en el tanque y calma la sed.  O del marica Francisco, el vendedor de quibbes, que distraídamente modela el manjar de los árabes para luego introducirlo en el caldero con aceite hirviendo, alza la cabeza y ve frente a él al toro bravo do los hermanos Banda. Con un valor de altos quilates, Francisco mira al animal sin abandonar su tarea, y como si se tratara de otro ser humano, le dirige la palabra y le indaga cómo se encuentra y le invita a reposar del duro ajetreo en la arene. Cuando llegan los vaqueros y enlazan al animal, este ni siquiera se resiste y se deja llevar tranquilamente al chiquero. Ni qué decir del mocaricero que en Cereté le dio la vuelta a la plaza huyéndole a un fiero cornúpeta de la cría calumera que lo persigue sin tregua; al establecer que ya los fuerzas no le dan para más se tira al piso para hacerse el muerto y el toro, antes que cornearlo, se detiene a su lodo hasta que llegan los manteros y logran trasladarlo a otro sitio para facilitar al perseguido encontrar un lugar seguro. Fue como si el toro jugara con la vida de ese hombre como si quisiera, antes que matarlo, demostrarle que los animales parece que en ciertos momentos fueran dotados del soplo divino que le proporcionó al ser humano el uso de razón, que ellos los animales, si lo quisieran, se

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transformarían en vándalos, como en el mismo escenario los valientes hombres de antaño pasaron a ser relevados por una montonera irresponsable. O de cientos de borrachitos necios que, con una hoja de periódico, un pañuelo o un pedazo de cartón, han salido indemnes, pero como Dios los envió al mundo: sin camisa ni pantalones ni pantaloncillos.
Precisamente, un toro de los hermanos Padilla de Cereté, fue bautizado por los espectadores en la corraleja de Ciénaga de Oro con el gráfico nombre de El Cuchilla, teniendo en cuenta que, durante la corraleja del seis de enero, dejó en físicos cueros a cuatro borrachos y dos manteros que se le enfrentaron. Cortó sus vestiduras, pero no la piel. El hecho más espectacular, inaudito, ocurrió en Sincelejo. La presencia del señor Adriano Barón, en un palco de la corraleja de la plaza de Majagual era inevitable en los días de toros en las fiestas del 20 de enero. La pedantería de los hijos de papi y mami, su desvergonzada actitud de creerse amos y señores no sólo de sus haciendas sino de la vida de los pobres, en las fiestas de corraleja son esos privilegiados de cuna los que rompen el orden y cometen toda clase de tropelías, se introducían en la arena a formar escándalos y guachafitas. La corraleja era de tres pisos y don Adriano Barón ocupaba siempre un puesto en el segundo piso. Allí estaba y fue sorprendido por tres individuos, miembros de las familias Romero, Benítez y Tous, de Sincelejo, San Pedro y Tolú y realizaron actos violentos, hasta el punto de tomar a don Adriano y lanzarlo desde el segundo piso a la arena ocasionándole fracturas que lo llevaron, baldado, a la cama por varios meses. Cuando volvió a la plaza, le repitieron, los mismos tres, la misma dosis sin que alcalde, comandante de policía, policía, los progenitores de los vándalos, hicieran nada. Don Adriano decidió, ante la abulia de las autoridades, no asistir más a la corraleja. Llegada la fiesta, no fue a ninguna parte, y como solía hacerse en aquellos tiempos de paz, se sentó a la puerta de la casa y encendió un radio de pilas para seguir las transmisiones de las tardes de toros. Se enteró que un toro se habla volado de la plaza, pero no se alarmó. En aplicación de los

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sobreentendidos, estimó que el fugado sería enlazado por los vaqueros y llevado al toril, Además, su residencia estaba a casi veinte cuadras de la plaza, en un vetusto caserón que hoy sigue en pie, pero rogando que al fin lo derriben, frente a una sucursal de Olímpica en la calle Cauca. El toro apareció repentinamente ante sus ojos y sin preámbulos lo embistió varias veces produciéndole heridas de gravedad, que por poco lo conducen a la tumba. Don Adriano no hizo más que convertir en realidad el viejo chiste del tipo al que un brujo le vaticinó que morirla a consecuencias de una herida producida por el cacho de un toro. Para burlarse de la muerte, se fue a vivir en medio de un desierto y un día que vagaba buscando agua tropezó con una piedra y fue a caer sobre la calavera de un loro prehistórico que la arena mantuvo tapado quién sabe por cuantos siglos. Es decir, que murió por una herida de cacho como lo había pronosticado el brujo.
Don Adriano, ahora sí, apartó por siempre de su mente la corraleja y no lo vieron más en ella. NI siquiera escuchando las transmisiones.
Pero la jocosidad en la corraleja es menor que los hechos trágicos. Es un sitio destinado a la violencia y a la muerte. ¿Quién espera que un hombre pueda morir corneado por un toro bravo en una carretera de mediana circulación de automotores? Pero ocurrió. Eugenio Sánchez Juliao, hijo de don Eugenio Sánchez Cárdenas, quien fuera dirigente político, terrateniente, ganadoro, propietario de una emisora y otra diversidad de negocios, progenitor también de David, un consagrado y popular escritor, viajaba con la familia de Montería a Lorica antes de la medianoche y encontró que en mitad de la carretera un vacuno acostado obstaculizaba el tráfico. Se bajó a echar al anime del camino para poder pasar y resultó ser un toro bravo escapado de la corraleja de Cotorra, de propiedad de los Barguil. Era un sábado de Gloria y Eugenio, en el momento gerente de la lotería de la lotería de Córdoba, ayudó a unos turistas del interior del país que habían chocado con el animal y cayeron a la cuneta. Los turistas continuaron el viaje hacia las

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playas de Coveñas y el cortó ramas de árboles de una cerca medianera y cuando se acercó al toro éste se levantó inesperadamente y lo corneó vanas veces dándole muerte ante la mirada desconcertada de sus familiares.
Y veamos otros casos: Don Julio Castilla vivía en la llamada calle del ganado en el barrio Botero de Sinedrio y un año, como lo hacía en las fiestas, entró a la arena y un toro le produjo varias heridas. Al volver la fecha del veinte de enero, Castilla no pudo asistir y se quedó en su residencia. Un toro se fugó de la plaza de Majagual, buscó la ruta por la que lo habían traído, encontró abierta la puerta principal de la vivienda del convaleciente y se metió; al ver a Castilla lo atacó propinándole varias heridas que le produjeron la muerte.
Son accidentes, cosas imprevistas. Y a veces no tanto. En la cabecera municipal de Galeras los muchachos se habituaron a buscar cómo subirse a los lomos de los toros de raza cebú que en aquellos años se utilizaban para las fiestas, imitando los rodeos del viejo oeste norteamericano. El goce era total. Sin decírselo a nadie, los ganaderos cambiaron los cebúes por toros de media casta. Y vino la tragedia. varios muertos y muchos heridos que llenaron de satisfacción a los ganaderos que con su previo silencio engañaron todos y vieron correr la sangre y la muerte de los pendejos, que es la meta de los que prohíjan el espectáculo y alientan los sueños de toros bravos.
En los primeros años de la década de los cuarenta del siglo pasado, existió un hombre al que todos llamaban Conce, indudable e indiscutiblemente uno de los asistentes más necios al cuadrilátero de la Plaza Grande de Montería durante las fiestas de las corralejas del 20 de enero.
Un año, en medio de la complacencia familiar que tanto se lo había rogado, anunció que no volvería a la plaza. El Primer día se la pasó acostado en una hamaca de las que las tejedoras llaman lampazo, que colgó debajo de dos frondosos árboles de mango de puerco. Ni un solo trago de ron; se mantuvo en

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un diálogo con su mujer y sus hijos hasta que la noche se apoderó del cielo de la Perla del Sinú. El segundo día transcurría sin problemas, pero un toro se salió de la plaza. La mujer de Conce dedicó ese día a lavar le vestimenta familiar y colgó las piezas de ropa que tal vez, por el colorido, llamaron la atención del toro que buscaba la ruta hacia la hacienda donde nació. Se metió al palio en el barrio Nariño y el movimiento de la hamaca le llamó la atención y fue a enfrentar lo que tal vez fue un reto para él y le dio más de cuatro cornadas a Conce, dejándolo muerto en la hamaca.
Hay hechos que merecen un tratamiento distinto al que recibieron. En la que se llamó época de la violencia, un veinte de enero ricos ganaderos de Cereté prepararon un encierro de clase media con toros casi blancos, de baja estatura, pero largos, medianamente engordados. las astas brillaban al sol como si fueran de nácar. La forma en que en el toril buscaban algo sobre el piso, permitió asegurar que eran toros “joloniados”. Es decir, adiestrados a buscar a sus víctimas abajo para cargarlos con las astas. Jolón llaman los campesinos del Caribe a un recipiente elaborado con juncos dentro de los cuales colocan carga liviana y lo aseguran con cinchas a los cuerpos de asnos, caballos y mulos. Al decir que el toro es joloniado se afirma que al animal le colocaron un jolón en la cabeza y trata de quitárselo por lo que debe bajar la cabeza y barrer con la cornamenta el suelo, Al salir a la plaza, si encuentra a alguien acostado en el piso lo entiende como un jolón y torre a meter las astas para apartarlo. La víctima de esta treta criminal, sobre la cual ninguna autoridad civil o religiosa se ha pronunciado en los más de quinientos años de historia de la fiesta brava, que en nuestro caso debe calificarse como fiesta asesina, sufre heridas de todo tipo.
Necios corno fuimos en la materia, sin llegar a la docena de años burlábamos bien temprano la vigilancia de los policías Merlano, Aguirre y el popular Mano Pello, hombres conocidos y apreciados por la sociedad monteriana y que ninguna participación tuvieron en las criminalidades de la

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popol o de los chulavitas, a sabiendas que al volver al hogar recibiríamos el castigo merecido, subíamos al vallado a pocos metros del palco de la junta organizadora, que pese a los rigores de la violencia era el menos vigilado porque la forma de lucha en esos tiempos estaba lejos del juego traidor y de los artefactos explosivos y los ataque entre los contendores se hacían directamente, frente a frente.
Comenzaron a jugarse los toros a eso de la una de la tarde. Cuarenta o cincuenta animales que dieron la pelea a los manteros. Pero llegó el momento fatal. Los toros iniciaron la sangrienta tarea y los heridos caían de uno a otro lado de la arena. Borrachos, necios, así como banderilleros y manteros los sacaban a las volandas y conducidos por voluntarios que corrían de la puerta de la calle 36 con carrera cuarta, tomaban luego por la carrera segunda y se dirigían al hospital San Jerónimo, empataban con la avenida primera o 20 de julio más allá de la calle once, hoy veintiuna, y pasaban lo que más adelante se bautizó como carretera circunvalar para llegar al centro asistencial. "No alcanzan los médicos" informó al alcalde un voluntario que regresó y se llamó a los galenos que seguían las incidencias del cuadrilátero desde los palcos para que prestaran su concurso en la asistencia al elevado número de víctimas.
¿Cuántos heridos? No lo supimos porque el miedo se nos metió en el cuerpo, bajamos del vallado y nos fuimos para la casa localizada en la misma calle 37 con carrera diez, es decir, a cinco cuadras.
Al siguiente día y desde los cuatro puntos cardinales de la ciudad, entonces un pueblo grande, los comentarios y las protestas subían de tono, indignados los liberales. Aseveraban que los García habían preparado el encierro para matar liberales dentro de la corraleja, como si los toros tuvieran entendimiento y pudieran cumplir el siniestro plan como cualquier sicario de estas calendas. Y no obstante ser un absurdo, los dirigentes liberales se mostraron indiferentes y

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no sacaron a sus militantes del error. A ellos les servía en la lucha partidista. A los pocos días nadie se acordaba del asunto y solamente quien escribe lo grabó en su mente para siempre. Quienes no han entrado jamás a la arena para recibir algunos sustos, una "levantada" entre las astas, o una herida, o llenarse de terror ante la realidad de la presencia de la muerte, aparecen como denodados defensores del espectáculo. Tal como lo resaltamos en otro lugar de este trabajo, en estos mal hilvanados recuerdos propios, de amigos o de extraños que viven inmersos en la corraleja, no pueden entender la despedida que mentalmente hace el hombre bajo los ataques furiosos de un toro bravo. Son momentos en los que uno se pregunta para qué se mete allí, momentos en que, como cualquier contador público, revisamos los folios de los libros de nuestras cuentas de vida terrena para responder a los cuestionamientos que se nos hará, aseguran los religiosos que aún no han muerto, en un tribunal en el que se juzga lo que fue nuestra existencia.
Experimentado en años de corralejas, en las arenas de los pueblos, agregamos algo más de quince años guindados como micos necios en los palcos para narrar, micrófono en mano, las incidencias de una tarde de fiesta y de muerte, se nos brindó la ocasión de ser nombrado funcionario del DAS en un cargo de mucha responsabilidad. Y el veinte de enero siguiente, siendo a la sazón jefe del organismo de inteligencia en Córdoba un pereirano cuyo nombre mantendremos en el recuerdo por su bondad y por la manera en que nos proporcionó conocimientos especiales sobre manejo de circunstancias políticas, criminales, etc., así como el trato con compañeros provenientes de distintos lugares del país, don Diego Nicholls Vélez, que no entendía el tipo de fiesta que se realizaba, me comisionó para representarlo en la junta respectiva. Me codearía con la flor y nata de la riqueza y el poder de Montería, muchos de ellos amigos de farra, de enfrentamientos deportivos, de momentos de entretención. No era ni poder, ni clase social ni riquezas, porque si ellos habían nacido en el cielo nosotros brotamos de algo más abajo del infierno. Pero

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éramos amigos. Subí al palco de la junta y antes de media hora el aburrimiento había llegado al máximo, para agregar que una botella de fino licor, por carencia de vasos, pasaba de boca en boca. Y me daba asco. Y me preguntaba por qué no invitaban mujeres, para siquiera pensar que la botella llevaba el sabor y aroma de una fémina. Mi gente, los que conmigo nacieron en el mismo barrio, crecimos, nos metimos a la corraleja y, en fin, cumplimos una vida aventurera, estaban abajo, en la arena, dándome la lora a gritos y asegurándome que se me pelaría el culo si me sentaba con los ricos y que la plata no se me pegaría. Bajé del palco presidencial y me introduje a la arena. Bien pispo y bien majo como dice el verso de Pombo, y me pavoneaba orgulloso por la pinta de primera clase que llevaba mientras me dirigí al lugar en donde estaba el grupo con el que había compartido cientos de aventuras, que no era otro que el de la patota del barrio Obrero. Veterano de mil batallas, miré hacia los palcos. En la arena, con el estruendo de gritos, risas, guapirreos, música de bandas, entre otros, es poco lo que se oye. Pero se aprende a oír de otra manera. Las orejas no sirven para nada. Allí, en medio del peligro, es la intuición, el presentimiento y la vista. Con los ojos no sólo se mira, también, aunque parezca absurdo, se oye y se comprenden los mensajes. La gente de los palcos me estaba avisando que el toro me atacaba. No perdí tiempo comprobándolo. No se requería. La necesidad era diferente y emprendí carrera y al correr unos veinte metros miré atrás y el toro llegaba a mí a gran velocidad. Pasábamos en ese instante por lo que normalmente era el frente de la casa de los hermanos Sáenz mientras el animal, tan cerca, pegaba el hocico sangrante a mi espalda.
Llegue a la carrera quinta y doblé hacia la calle 37 creyendo que podría embolatarse ante el llamado de los manteros. Pero no paró. Toda mi vida he sido gordo. Tal vez en los lejanos años y cuando llegué a la etapa de transición de niño a joven, calificada como la del desarrollo, fui alguna vez delgado. Al doblar hacia la carrera cuarta por la treinta y siete comencé a sentir el cansancio del esfuerzo. Decidí entonces hacerme el

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muerto y me lancé al piso y quedándome quieto el animal paró la carrera, me miró unos segundos y no se tragó la píldora y se fue contra mí, bajó la cabeza, metió el cacho, me atravesó la camisa por la axila y posiblemente por ser nueva y de buena calidad, resistió el tirón y volé cayendo a menos de un metro frente al animal. Persistí en aparecer como muerto y el toro volvió a la carga, casualmente el cacho pasó por mi axila derecha y me lanzó con más fuerza. Caí y me quedé quieto pero el toro no. Volvió a levantarme por el lugar en que había metido su cuerno las dos veces anteriores y me di por muerto. Sabía que la camisa no resistiría un tirón más, pero ya los manteros, banderilleros y mis propios amigos, se metieron, engañaron al toro con sus muletas y capotes y encontraron la forma de sacarme de la peligrosa situación, y Ramiro El Pingüino Naranjo me echó al hombro como a un saco y emprendió la carrera a la que se unieron muchos otros voluntarios para conducirme al hospital. Encima de los que me llevaban gritaba que no estaba herido y me respondían que así lo afirmaban todos los heridos, hasta que al llegar a la parte trasera del edificio llamado Palacio Nacional y en la esquina de la fábrica de gaseosas Diamante, accedieron a revisarme y comprobaron que efectivamente, había salido ileso. El desencanto fue total y también a las carreras, para no perder tiempo, regresaron al cuadrilátero. Uno de ellos se quedó mirándome y me dijo:
-Lelis, tú eres un hombre de buena suerte. No hay dudas de que el toro te metió el cacho, aunque no botes sangre, mi hermano, pero como los pajaritos, debajo de la cola llevas el hueco.
Nunca más he bajado a estar en la arena de una corraleja, donde los de la gleba entregan sus vidas para complacer la sed de sangre y el apetito de muerte de ganaderos y los que los rodean.

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LOCOS EN LA ARENA
En los relatos de las corralejas salen a relucir con frecuencia dos hombres que calificados como locos se enfrentaron a los toros. El uno monteriano, fue más loco que mantero. El Loco Doria. Amigo de ricos, medio ricos y pobres, sus travesuras fueron centuplicadas y resaltadas, especialmente las atinentes a su función de mantero. A Sincelejo, por ejemplo, llegaba el quince de enero y cinco o seis días después de finalizada la temporada del Dulce Nombre de Jesús, aún pedía a sus amigos una cuota para el pasaje de regreso. Un incordio que todos soportaban porque, sin discusiones, El Loco Doria fue hombre de anécdotas chistosas, de jugarretas, de encendidas y enfurecidas peleas, pero capaz de cumplir con seriedad las encomiendas, aun tratándose de dinero. Prefería pedir que robar.
El otro, el Loco Ramos, si no se hubiera sabido que nació en Sabanilla, Sahagún, podría asegurarse que nació en una corraleja. Precoz en el asunto, entremezclado y en contacto permanente con manteros, como que el corregimiento de Sabanilla fue la cuna de una cantidad apreciable de manteros, así como San Pelayo, Ciénaga de Oro y Chochó lo son de músicos, fue tal vez el más niño de los manteros conocidos que se enfrentó a un toro bravo antes de los doce años.
De plaza en plaza, Ramos fue ascendiendo en la tabla de hombres importantes de las corralejas. Carecía de estilo, pero lo suplía con osadía, con valor, con coraje. En veces con desplantes que se le criticaban porque exponía la vida sin necesidad.
Le conocimos en la plaza de Cereté en las fiestas de La Candelaria. Allí se escenificó uno de los combates raros entre dos familias árabes, poseedoras de inmensas fortunas: Los Barguil y los Calume, cuyas cabezas tenían el mismo nombre: Milad. Personalmente fuimos más amigos de los Calume que de los otros, pero el tiempo y las peripecias del destino dieron

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larga vida a unos, mientras que Milad Calume falleció una tarde a un lado de la corraleja sin que se entendiera qué había ocurrido como para producirle un infarto que lo destrozó interiormente.
En una ocasión, Miguel Gattas Julio, periodista deportivo que llamaba al loco Doria para que lo ayudara en las temporadas de gallos, pactó con unos “palmiteros” el encuentro de un nativo con El Loco Doria, apuesta considerable de por medio, para establecer cuál de los dos comía más y rápido. El reto fue aceptado y Doria juró que ganaría así se muriera de una mala digestión. Al iniciarse el duelo, Doria llamó a Gattas a su lado y confidencialmente le dijo al oído y en voz baja: "Migue, nos jodimos, este tipo es un veterano en esto". La razón es que Doria sacó del bolsillo del pantalón una cuchara de totumo con pequeñas perforaciones con la cual tomaba del recipiente una porción de arroz bien caliente, le daba un soplo y el vapor salía por esos huecos. Pero su sorpresa fue grande, cuando el otro, de dentro de una mochila que le colgaba del hombro, metió la mano y sacó también una cuchara similar.
La concurrencia seguía de cerca cómo los dos hombres metían cucharas y dedos en los recipientes en que estaban las viandas las dirigían a sus bocas. No masticaban, tragaban. intempestivamente los apostadores se reunieron a un lado y acordaron dar por abandonada la apuesta porque si los dos mantenían el ritmo, los demás no encontrarían nada para el desayuno. Habían engullido seis libras de carne, seis huevos fritos, seis en revoltillo y seis en ensalada de papas, media libra de arroz cada uno, un queso de dos libras, una totuma de suero atolla buey, una palangana de chicharrón con yuca “macayepera”, dos tazas de café con leche, una de chocolate criollo y para refrescar, una jarra de agua de panela con limón y hielo.
El loco Ramos se hizo nuestro amigo. Abandonaba a sus compañeros de actividad para estarse a nuestro lado llevando cables, motores, micrófonos y demás parafernalia que para la

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época se utilizaba en las transmisiones fuera de los estudios de la respectiva emisora.
Y volvimos a encontrarnos en enero de 1973 y, como si no hubiera pasado el tiempo, departimos como antes y ahora junto a El Indio Salguero El Pingüino Naranjo y otros conocidos. Eran parte de ese grupo que comenzábamos el primero de noviembre y nos despedíamos el domingo de resurrección, cuando finalizaba el periplo de las corralejas y en las que viajábamos de plaza en plaza como gitanos en su aduar, para ellos torear y nosotros, a través de las ondas hertzianas, describir las ocurrencias de las fiestas. Personalmente me consideré como una bandera que ondeaba en los palcos para captar lo importante del espectáculo. Comentamos entonces las incidencias de nuestras vidas, Ellos frente a los toros y nosotros en una actividad diferente pero plagada de sinsabores y peligros, porque uno sabía que se levantaba de la cama, pero no si volvería a ella a descansar o a ser observado por los curiosos que andan a la casa de los actos violentos para tejer cábalas. Ya el Indio Salguero no era el niño que dejamos lidiando chivos bravos en los alrededores de los barrios Obrero, Granada, Miraflores, 14 de Julio o La Granja en la zona sur de Montería sino un personaje de primera en las corralejas, mientras que El Pingüino Naranjo se aprestaba a entregar los trastos a una figura nueva, porque los años no vienen solos y ya sentía pérdida de agilidad, de visión y hasta de voluntad ante animales que habían marcado, junto con los bates, las manillas y las bolas de béisbol, toda su existencia.
Y concluimos, sin decirlo, que El Loco Ramos también había avanzado demasiado en los ajetreos taurinos. A pie “pelao”, como le gustaba enfrentarse a los toros, ya en ese entonces de media casta, porque los criollos, aunque tenían bravura y hacían y dejaban hacer el juego en los redondeles, no regaban la sangre de los de la gleba. La sangre derramada, las entrañas al aire libre y la muerte en los cachos, son la esencia de la fiesta para los ganaderos. Solamente si hay muertos o heridos graves en cantidad apreciable, se puede alcanzar una vil copa de

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distinguen al que es bueno. De paso, ¿alguien conoce a un negro que haya descollado en los circos?
Esas diferencias convierten al primitivista mantero como el principio de la tauromaquia. Y a ello, agregado lo de la negritud, impedirá que se hable de un torero que pueda ufanarse de ser mejor que El Polvorín, que se enfrentaba a los loros y se enredaba con ellos en medio de un torbellino de polvo que los hacía invisibles y que se despejaba cuando el mantero emergía indemne de la densa polvareda al tanto que el animal reposaba del intenso ajetreo. Dos o tres actuaron similarmente, según las leyendas, y se habla de un mantero en la plaza de Rabolargo, municipio de Cereté, que no salió de la polvareda porque el toro era el diablo mismo que se encargó de llevárselo para el infierno.
¿Por qué a los de las plazas de toros los llaman toreros y a los de la corraleja manteros, si cumplen una función parecida? Quizás por el utensilio principal con el que ejecutan su oficio. En el principio de la fiesta traída por los descubridores y colonizadores españoles, a falta de capotes y muletas se introdujo la manta. El torero usa el capote y el corralejero la manta, que cuando reinaba la autenticidad y la fiesta se organizaba para celebrar el onomástico del patrón o la fecha del santo patrono, se le regalaba a los que tenían la encomienda de lidiar los toros bravos. Convertida poco a poco la fiesta en un negocio en el que participan unos pocos, los toreros voluntarios recurrieron a comprar sus propios utensilios, en donde los elementos de muerte qué utilizan los españoles aún no han podido penetrar entre nosotros. Es necesario resaltar que fue el monteriano Melanio Murillo, en su época de novillero porque después pasó a picador y sobresalió en ello en las mejores plazas de toros del mundo, el que primero usó un capote en una corraleja, como lo afirma Donaldo Vergara, el popular Mago Doney, un sincelejano que fue afiebrado de este tipo de fiesta, mantero en su mocedad, compañero y parte de la cuadrilla de Melanio en las corridas de cartel. Asegura que por allá por los años cuarenta del siglo

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pasado, en unas fiestas en honor de San Rafael, santo patrono de Chinú, Melanio llegó a la corraleja con un capote de circo. "Varios animales salieron a la arena y Melanio apenas los observaba, hasta que salió uno, abrió el capote, nos dio instrucciones para recoger con él la contribución de los espectadores, con el compromiso de que los billetes eran para él y las monedas para los demás de la cuadrilla, fue hasta el frente del toro, lo citó y le realizó una tremenda faena.
Los cuatro que cargamos con el capote casi que no podíamos llevarlo de un lugar a otro, tantas fueron las monedas que sobre él cayeron desde los palcos. En una fiesta posterior, Melanio y El Negro Pautt, repitieron la escena y al poco tiempo, todos los manteros tenían un capote".
La camisa, la toalla, el mantel, la sábana, la manta, la hoja de periódico, el pedazo de cartón, quedaron para los borrachitos necios, que en estas calendas y dentro del proceso de modernización y humanización de las corridas criollas, deben pagar para poder entrar a los ruedos y exponer la vida para complacer a los defensores de las tradiciones.
Lo que vamos a decir debe quedar anotado como una realidad porque fueron numerosas las personas que escuchamos las expresiones de una mujer que idolatraba a los hermanos Madera y a la que se tildaba de bruja, que vivía muy cerca del viejo puente metálico de Montería, en el barrio Chuchurubí, cuyo nombre fue el de Victoria Ospino. Allí vivió en compañía de su hermana Edelmira, comadrona. Victoria dominaba lo exotérico -magia blanca- y lo esotérico -magia negra- cualidad que le brindó la fama por sus aciertos, especialmente al establecer el pasado, el presente y el futuro de quienes le consultaban, además de la eficacia de sus sortilegios.
-Mientras yo viva, José y Fidel Madera no morirán en las corralejas. Y si Dios escucha y acoge mis peticiones, morirán de viejos, pero no por cornadas de toros" afirmaba frecuentemente. La primera cornada seria y peligrosa la

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recibió Fidel cuando, sentado sobre el duro suelo de la corraleja, con un par de banderillas en una mano y con la otra sosteniendo su propio peso, lanzó un grito para azuzar al toro. Fue tan rápida la acometida, con tanta fuerza y velocidad, que antes de que Fidel terminara de lanzar el grito ya lo había ensartado metiéndole el cacho por la boca y la punta penetró y salió abajo del ojo derecho. De allí nació el remoquete de El Ñato. Fue la primera de las setenta y dos cornadas que recibió en los años siguientes. Victoria Ospino acababa de morir en su casa en el mismo momento.
¿Coincidencia? ¿Realidad o ficción? ¿Acomodamiento de la fecha para lograr la coincidencia? ¿Brujería y cosas del diablo? ¿Milagro operado por fuerzas diabólicas o divinas? Quienes seguíamos entonces con ojo crítico la bárbara fiesta de las corralejas, no podemos omitir lo fortuito de la primera cornada de Fidel Madera y la hora de la muerte de Victoria Ospino.
Viejo, con el cuerpo remendado cual saco yuguero, apenas rememorando en tertulias de amigos aventuras placeras, sus trifulcas y el abandono y el olvido que los amantes y promotores de las corralejas y hasta las autoridades y la sociedad le dan como premio a los manteros, El Ñato deambula de un lado a otro en los alrededores del Seminario, al final de La Granja y otros sectores de la zona sur de Montería, por donde siempre será el rey de las corralejas, ahora en un nuevo papel: capotear a la muerte y antes de recibir la cornada final, clavarle probablemente en el morro las banderillas que brindará a la memoria de Victoria Ospino, su protectora.

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UN PESCADO DE RÍO Y DE CIÉNAGA
En el universo de las corralejas no se le niega a nadie un apodo. Cual más cual menos, todos tienen el suyo. Y si bien no se hace escándalo por los motes a ganaderos, alcaldes, comandantes de policía, locutores, periodistas, etc., los que se los otorgan los repiten disimuladamente. Los ganaderos y sus cuadrillas de lamedores los tienen, pero se reservan porque podrían quitarle la oportunidad en la siguiente fiesta a quien se deje sorprender repitiéndolo. Aquí, como en las otras actividades humanas, el apodo remplaza a los nombres que en el pasado remoto se imponía a los recién nacidos para que fueran identificados sólo por los dioses.
Un hombre considerado el mejor de los amigos por sus compañeros de actividad, que antes que elegir un instrumento musical optó por enfrentar las astas de toros bravos en las corralejas y dejó a sus familiares chiflando iguanas, nacido en la tierra del porro, San Pelayo, de baja estatura, achinado como demostración de su ancestro zenú, fue bautizado El Pescao. ¿Porqué? Quizás por su capacidad de eludir las embestidas de los toros, por lo recursivo para nadar en medio de la barahúnda y escapar del peligro cuando era imposible mantener el reto. Solamente logramos saber que su nombre era José.
No alcanzamos a establecer su verdadera identidad, porque nadie lo sabía o porque se negaban a identificar al valeroso amigo. Los manteros también guardan secretos. Son incontables los manteros que en el ejercicio de la peligrosa actividad se les conoce con un nombre, pero la realidad es otra. Una de las peculiaridades de El Pescao era quitarse las abarcas al momento de decidirse a mantear un animal, encasquetárselas en el brazo derecho a manera de talismán, caminar o correr con los pies descalzos y adelantar la faena. Volviendo a la normalidad, las abarcas tres puntás salían del brazo y se las colocaba en el sitio correspondiente. Agüeros que mantero que se respete guarda con mucho celo.

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En el mundo de las corralejas se califica como grito de hombre a hombre el que lanza el mantero incitando a la fiera, grito que en el Caribe se denomina guapirreo. ¿Por qué? Nadie supo explicarlo. Pensamos que de esta manera se demuestra al animal un respeto singular. Y El Pescao, dentro de sus virtudes, respetaba a los toros. Para él no existía toro manso, toro marrajo de que hablan los españoles y cobarde los caribeños, porque los mejores manteros casi siempre mueren ensartados por los cachos del animal que se señala como toro malo.
Algunos de sus compañeros nos revelaron que sin que él lo supiera, también se le llamaba Moncholo, un pez de depósitos enfangados, que no es fácil de agarrar porque su cuerpo parece untado de aceite y resbala con facilidad para ponerse a salvo. Dado el lugar de nacimiento, donde por un lado corre impetuoso el río Sinú y por las cercanías hay ciénagas,  lagos, laguitos, caños y quebradas, cabía el apodo. Porque el hombre, frente al toro y, a las dificultades, resbalaba con facilidad.
En su tiempo fue señalado como el mejor capotero del departamento de Córdoba. Y cuando en esa zona del país otorgan ese distintivo en una corraleja, se sabe de antemano que la decisión es correcta. A nadie que no lo merezca le dan el título de bueno porque eso no es un regalo.
La fama de El Pescao, de río o de mar, de Ciénaga o de quebrada, de caño o de pantano, será perenne en el Sinú.

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UN TORO INMORTAL
El hombre se preocupa de su propia condición, desde muchas centurias ha, cuando alguien dijo que era el rey de la creación. Y los desconocidos que asumieron porque sí que a ellos les habían dado la representación del Eterno Creador, lo dejaron por escrito en pergaminos que mucho más adelante sirvieron para acopiar mitos y leyendas y consagrarlos como "palabra de Dios".
Así, a los restantes animales se les relegó a ser directa o indirectamente esclavos al servicio del hombre, que hasta para alimentarse utiliza a los otros. En el transcurso del tiempo se acrecienta más la creencia y el hombre, en ocasiones con un comportamiento censurable e indigno, insiste y persiste en auto designarse como representante del que todo lo puede. Con una parafernalia pomposa como para usar en las tarimas donde se escenifican las comedias, ostentan su humildad y en contradicción con la verdad, unos se llaman sacerdotes representantes de Dios en la tierra, mientras que los otros, soterradamente, esquilman a sus feligreses mediante los diezmos y las primicias. Esto le ha permitido al común de la gente calificarlos, a unos y a otros, como narcotraficantes de la palabra, como centros comerciales cristianos, como piramidales estafadores y muchos otros. En un mundo prostituido por la corrupción, los nuevos padres de familia orientan a sus hijos a estudiar las profesiones de sacerdote y pastor, que son sin discusión las que mejores dividendos arrojan.
El espectáculo de la corraleja tiene también su historia para los animales. Caballos y toros han sido materia de inspiración para los juglares en distintas épocas. En lo que se refiere a toros bravos la lista es extensa. El Tapaétusa, el Fidel Castro, El Pantera, el Balay, y muchos más. Pero entre todos ellos sobresale el más fiero y el más noble, el terrible asesino y el manso amigo en la pradera, como lo fue El Chivo Mono. Un

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extraño animal que sorprendió a muchos que lo conocieron en ambos escenarios.
Son incontables los que consideran que un animal es más noble que el ser humano. Cuando un animal es amigo, lo es de verdad, mientras que entre los humanos se puede esperar clemencia y comprensión del enemigo, pero hay que guardar prevenciones del amigo. Las hoy llamadas mascotas, son una muestra.
Un perro es más sincero y leal que muchos de los que se califican como amigos. En el pasado remoto, Ramses II, el hijo de Seti, Faraón de Egipto, vivía orgulloso de su amigo Matador, un león nubio que además de acompañarlo a todas partes, le servía de guardaespaldas y velaba su sueño y en las batallas era el más fiero de los soldados. Vigilante, un perro, enfrentaba los mayores peligros para no dejarlo solo.
Penetramos entonces en ese mundo ignorado y desconocido para referirnos a un toro bravo que sin duda ocupa un lugar privilegiado en la fauna costeña. No es el único ni el primero de su especie y por algo los mejicanos filmaron la película titulada El Niño y el Toro, y un huapango cantado por varios mejicanos, pero en la voz de Lola Beltrán alcanza su máximo esplendor, llamado Huapango Torero, nos presentan dos facetas sobre el tema. La primera, la del niño que no olvida al toro que crio en las montañas y el animal noble que, pese a su fiereza, llega a su lado y demuestra que ese niño es su amigo. La otra, la del afán del niño por enfrentarse a un toro que espera pacientemente a que todos duerman para introducirse en el tentador y extender el capote resultando muerto; y los escritores de tauromaquia discriminan entre toros comunes y especiales, los que en los potreros son diametralmente distintos a los que saltan a los ruedos. En el espectáculo de la corraleja no hubo, no hay ni habrá un toro bravo como el llamado Chivo Mono, un espécimen raro en el que se conjugó la serenidad, el amor, el cariño que mostraba a

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sus propietarios, vaqueros y trabajadores de las haciendas en que permaneció y su ferocidad al entrar al ruedo de una corraleja, en donde se transformaba en un asesino feroz, implacable, que no respetaba a nadie y no rechazaba retos.
Conforme a los registros históricos de las fiestas de corraleja en el departamento de Córdoba, la primera salida de Chivo Mono fue en la plaza de Planeta Rica, en un mes de febrero. Siete hombres murieron corneados ese día en la arena. Siete que tal vez no pensaron que existiera un toro de esas condiciones. Tropas de la Infantería de Marina se vieron a gatas para sacar al animal de la plaza, subirlo a un camión y llevarlo a otro lugar, porque el pueblo enfurecido pretendía matarlo. En medio del dolor de los familiares de los muertos y el rencor de los actores de esa película de horror que es una corraleja, nadie se detuvo a pensar que el menos culpable de lo sucedido era el toro. Él no había organizado la fiesta ni decidido ir a matar a nadie. Lo llevaron los propietarios, otros ganaderos y los organizadores de los festejos. Y si todos lo hubieran visto antes o después del suceso en los potreros de la hacienda de don Vinicio Cordero, la sorpresa habría sido mayúscula.
Chivo Mono en el potrero era tan manso como una oveja. Los niños lo tomaban de los ollares y lo conducían de un lugar a otro, se subían en el lomo a manera de caballo para recorrer los pastizales y se contentaba con un poco de sal o de azúcar, sus mayores deleites. Jamás hubo una amenaza para nadie en los potreros en que pacía Chivo Mono. Ernest Hemingway, el gran periodista y escritor norteamericano y uno de los que más se refirió a los toros, a las corridas y a los toreros, dice en su obra Muerte en la Tarde, que la mansedumbre de un toro fuera de la arena es nobleza del animal.
Con temor a una jugarreta, aferrados apenas en la sinceridad de ese gran amigo, famoso beisbolista, Édmond Cordero, hijo del propietario del toro, fuimos a comprobarlo. Solos no lo

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habríamos hecho nunca y mucho menos llegar a su lado, acariciarle y brindarle unos terrones de azúcar.
En Tres Palmas, Tres Piedras y Montería se acrecentó la fama del toro. Con excepción de Montería en donde hasta los más necios y borrachos salieron de la arena en las plazas restantes Chivo Mono dejó una huella de sangre y muerte. Los palcos se atiborraban cuando trascendía que ese animal sería jugado porque todos querían verlo en acción y establecer cuál era el osado mantero que se le mediría. Pero con el Chivo Mono ocurrió lo mismo que con la famosa bailadora María Barilla. Muchos aseguraban que habían pasado media noche bailando en la rueda del fandango y la otra en la cama gozando de su furor uterino y pocos, por cierto, que habían engendrado un hijo en sus entrañas. Pero ninguno de esos alabanciosos, como se les llama en el Sinú a los que hablan porque sí, pudo demostrar su versión. Hasta aparecieron hijos y nietos nacidos cuando ya la bailarina gozaba de la paz eterna en el cementerio de Montería. María no bailaba sino con los más expertos y solo engendró dos hijos, uno con el amor de su vida, Perico Barilla, que abortó luego de un accidente casero, y el otro con un campesino cereteano. Son contados los manteros que abrieron sus capotes o presentaron sus muletas ante el Chivo Mono y nadie le puso un par de banderillas. Pero hágale cosquilla a los borrachitos y le narrarán fantásticas odiseas ante el animal.
En Montería, cuando se realizaban las fiestas del Dulce Nombre de Jesús o 20 de enero, lo vimos agigantado. Parecía que entre más populosa fuera la asistencia de público más crecía y se acentuaba su furor. Jamás salió corriendo del toril. Con paso vacilante llegaba a la puerta, miraba de una a otra parte como midiendo distancias y si emprendía carrera en un noventa y cinco por ciento de esas veces dejaba un hombre muerto. No quedaban heridos porque sus cornadas eran certeras y letales. Cuando no veía retadores, fijaba sus objetivos en los necios, en los que desde la distancia arrojan

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contra los toros botellas, piedras, palos y otros elementos y de manera imprevista arrancaba hasta alcanzar a su víctima. Fueron muchos los que sacó de los vallados para tirarlos al piso y darles cornadas mortales. Esa fecha, un jovencito elegantemente vestido molestó tanto al animal que cuando éste emprendió el ataque él corrió hacia el vallado, como pudo se aferró a algo y quedó guindando como una banderola sobre los otros que también buscaron el mismo refugio. Chivo Mono llegó, dio un salto y metió, como parecía ser ya una costumbre, la asta sobre el zapato y haló.
Favorablemente para el joven, dentro de su elegancia, se había calzado con un par de mocasines y al tirón del animal la prenda voló sin cordón que la sujetara al pie. El toro se mantuvo cerca de tres minutos esperando la caída de quien lo molestaba. Cuando el toro buscó otro sitio, el joven bajó, recuperó su mocasín, lo besó y como una ofrenda lo elevó mientras rezaba una oración de agradecimiento a Dios por el milagro de salvarle la vida y abandonó la corraleja para no ingresar más a ella en el resto de sus días. A la muerte se le reta una sola vez, porque todo lo que sigue es de ella.
Esa tarde, la monumental plaza de Montería Moderna quedó en poder de Chivo Mono, que parado por los lados de la carrera quinta y frente a las residencias de las familias Castro y Nieves, esperaba con paciencia un desengañado de la vida que quisiera viajar en sus astas hacia la otra dimensión. Y fue el momento en que el ganadero ofreció una fuerte suma de dinero a Maderita para que toreara al animal. A Maderita y su hermano El Ñato, no les cabía una puntada más en el cuerpo. Pero ello jamás los amilanó. Habían nacido para manteros y no podían ser inferiores a nadie. Pidió un poco más en la oferta, se lo dieron, y anunció que le sacaría tres mantazos. Esa proeza no la había cumplido nadie hasta entonces, porque Chivo Mono fue siempre más ágil, más rápido y más certero en sus enfrentamientos con los manteros y los que habían osado incitándolo con un capote o una muleta, no lograron informar

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a sus colegas qué debía hacerse ante el asesino de las corralejas. Todos murieron en el intento.
Maderita había vestido traje de luces como novillero, pero las condiciones entre mantero y torero son opuestas, muy distintas. Solo los asemeja el uso del capote, que en los manteros no era común. De allí deriva la diferencia y el nombre y no pudo acomodarse. Veía al toro desde ángulos distintos que nada tenían que ver con el torero de cartel. Esto lo obligó a dejar encerrado en el cuarto del olvido sus ambiciones de torerías y retomó la manta, la humilde manta que al principio de los tiempos les había dado el nombre de manteros, desde que se escenificó en algún lugar del nuevo mundo, la primera jugada de toros, en alguna hacienda y en cumplimiento de una diversión de los truhanes que dizque nos descubrieron y colonizaron. Según esos tránsfugas, los demás hombres nada valían y podía sacrificárseles impunemente, como aún se hace, en aras de tradiciones, ancestros y cultura que no son tales. Los invasores, sacados de las cárceles, se convirtieron en dueños de vidas y haciendas y su fortaleza la daba el oro encontrado en medio de quienes jamás pensaron usarlo como medio de tráfico de especies. Y nos habituamos a sacrificar vidas de hombres ignorantes dándoles en pago cualquier bicoca. Eso lo sabía Maderita, que concebía el toreo más como una demostración de coraje, de valor, que un espectáculo artístico.
Ante los toreros de cartel, Maderita ostentaba el orgullo de haber enfrentado más toros que ellos, porque no lidiaban más de dos ejemplares por tarde y él lo hacía ante veinte o más. Había expuesto la vida que se sintetiza en cifras; dos del torero y diez del mantero, en un escenario tres o cuatro veces mayor que el redondel de un circo. Hemingway, refiriéndose a los toros mansos, carentes de casta, tildados de marrajos, recomienda que deben ser dejados a cargo de los que conocen su oficio, toreros concienzudos, que tienen años de experiencia, más que verdadero talento artístico. Y uno tiene

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que preguntarse: ¿Qué arte? ¿Qué talento? ¿Acaso el talento y el arte ruedan por vías diferentes? Aquí sí que cabe cotejar al toro con el torero o con el mantero: marrajos. La carencia de instrucción educativa no produce talento ni menos arte.
Hay muchas otras diferencias. Recordemos a los caballos, en donde las heridas son distintas. El caballo de circo y por la manera de enfrentar al toro, las recibe en el vientre y la asta sube. Al de la corraleja lo cornean por los laterales. No obstante, ambas cornadas son peligrosas y profundas. El del circo lleva un equipamiento para evitar la cornada, el de corraleja solamente es defendido por el jinete que con la garrocha intenta mantener alejado al toro. En la corraleja de hoy es lo contrario. En ese inusitado pero inocultable hecho, los jinetes se consideran a sí mismos como rejoneadores, cosa que han visto en contadas ocasiones de su vida, pero ejercida por hombres que aprendieron el oficio y caballos adiestrados. Anselmo Ortiz, los hermanos Coronado y muchos otros que registra la historia, flanqueaban al toro, lo puyaban y se daban el lujo de no aflojarlo hasta no dar la vuelta a toda la plaza. El lujo de estos días es atravesar el caballo al toro y esperar que introduzca las astas en el indefenso animal para verlo pasear su dolor con las entrañas al aire o pisoteándoselas hasta morir. Si los nerones carecen de elementos y sitios para primeros auxilios a los humanos heridos ¿qué podemos esperar si el herido es un animal? Los manteros, que en el fondo son similares a los que se visten de lentejuelas, nacidos en los subfondos de los pueblos humildes, carentes de instrucción, a la larga, reúnen más talento ante el animal, acopian mayores conocimientos al permanecer más tiempo lidiándolos. El torero, al ingresar al ruedo, descarta un enfrentamiento posterior con los toros que le tocaron en el sorteo, porque los mata o se los indultan, pero no regresan. Así se cumple desde el 20 de noviembre de 1567 al publicarse la Bula expedida por el Papa Pío V, en la que se amenaza con excomulgar a los príncipes cristianos que permitieran las corridas en sus países y la prohibición de darles sepultura a los que morían en los

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ruedos. Los príncipes cristianos iban desde los gobernantes de los burgos hasta el rey por cuanto un Papa ostentaba el favor y el fervor de la feligresía y reunía en sus manos más poder que los monarcas. Por esa prohibición papal, los toros que regresan vivos a los chiqueros, indultados o no, son sacrificados. El mantero, durante la larga temporada de corralejas, se topa, como viejos amigos o enemigos, con los mismos toros en numerosas plazas. Nadie en este país en donde las leyes se dictan, pero ni las autoridades las cumplen, podría evitar el asesinato de los humildes que cumplen el triste papel de actores principales en el ruedo. Ni siquiera la iglesia católica que prohijó por siglos el sangriento espectáculo, exige aplicar las normas impuestas por los jerarcas de la iglesia, según la disposición de Pío V aún vigente. Es tan flagrante la violación, es tan enorme el deseo de ver muertos a los del vulgo, que un toro viaja durante su período de vida normal, por varios años de corraleja en corraleja, adquiriendo malas mañas. De esta práctica nació el chiste en que aparece involucrado don Arturo Cumplido Sierra, de que sus toros recorrían tantas plazas, que al saltar al ruedo primero saludaban a los demás actores del espectáculo.
Esas y muchas otras diferencias se reunían en la Plaza Grande del barrio Montería Moderna. Un gladiador de mil batallas, lleno de cicatrices producidas por las astas de muchos toros en muchos escenarios y cientos de miles de testigos, toma con firmeza el capote que un día cualquiera y en la plaza de Chinú en las fiestas de San Rafael, Melanio Murillo, primero, los hermanos César y Luis Mallup y el negro Pautt, que animaban las plazas de Cartagena, Corozal y Sincelejo ante toros bien encastados, impusieron en las corralejas, relegando al olvido a la humilde manta. Cosa rara. El Chivo Mono no atacó enseguida. Esperó con paciencia observando el paso lento de su contendor, que se fue arrimando poco a poco, sin miedo, sin temblores, con la vista fija en los ojos del animal, que también avisa con la mirada el ataque, y cuando faltaba un trecho corto, Chivo Mono arrancó con furia. Quizás nunca

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antes había embestido con tanta rapidez, como en este momento. A Maderita le tocó ahora esperarlo. Con el capote abierto y en un reto franco, abierto, lo dejó llegar a menos de un metro y lo evadió pasándole la gruesa tela por la testuz y como de maldad la dejó resbalar de ésta hasta el rabo. La vuelta inesperada para un mantero de menos jerarquía, la esperó el protegido de la bruja Victoria Ospino dándole una vuelta repentina a su cuerpo con el capote fuertemente apretado en sus venosas manos y entre sus dedos que parecían querer reventarse ante la fuerza con que eran comprimidos. El toro frenó en su carrera, dio la vuelta y reemprendió el ataque y Maderita, una vez más logró que el animal perdiera la línea de visión que debió contentarse con seguir hacia el lugar en que las fandangueras, finalizada la tarde de toros, rodaban y giraban rompiendo las tinieblas de la noche con las luces de sus paquetes de espermas encendidas, al compás de las melodías de los porros que movían sus esqueletos en las interminables, incansables y felices noches de fandango sinuano.
El mantero no perdió tiempo. Su vida estaba en juego. La velocidad de ataque del Chivo Mono era inusitada. Lo había reparado con cuidado en otras plazas, pero jamás se habían puesto frente a frente. Y pegó entonces una carrera como si el diablo le fuera punzando con el trinquete los talones, se acercó a la valla, saltó y se agarró en lo primero que encontraron sus manos. El toro estaba allí, abajo, listo para continuar la pelea. Pero ahora no tenía a nadie enfrente. Los hombres que estaban en la arena, manteros o no, borrachos que adquirieron cordura con el solo aviso de que El Chivo Mono había sido el toro lidiado y que se encontraba en la plaza buscando con los ojos y con los ollares la presencia y el olor del osado mantero, saltaron de los vallados o se fueron de la plaza con los corazones palpitantes.

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UNA POLVAREDA DEL DIABLO
Alrededor de los que se encierran en los ruedos o cuadriláteros de las corralejas, se teje una cortina de leyendas. En la concepción del hombre del campo, que es el más cercano al asunto, y tal vez por lo riesgoso, se habla de pactos con el demonio para poder enfrentar a los fieros animales y salir indemnes del compromiso. Está “empautao”, se exclama al respecto. O se le endilga al toro una preparación satánica, unos conjuros previos del propio Satanás para arrebatarle la vida al más afamado mantero. En este caso se asegura que el toro está arreglado, es decir, preparado o encantado. Parece ser una condición connatural de la fiesta de toros bravos.
Por muy belicoso, soez, patán y una infinita lista de defectos que lo adornen, el mantero se santigua al entrar a la plaza, se detiene un largo rato ante los altares familiares a encomendarse a la Virgen del Carmen y directamente a Dios, por el cercano encuentro con la muerte. Porque la reina y señora de las corralejas es la Parca o Azrael mismo, el Arcángel a quien el Eterno otorgó la facultad de separar el alma de los cuerpos.
Se conjuga así una curiosa pareja que va de la oscuridad a la luz y viceversa. Divina o satánica, la lidia de toros bravos, y de la manera rústica, primitiva, como acaece en las corralejas, no puede desembarazarse de su doble condición. Las dos cuestiones inciden en el carácter, en el valor, en la osadía y en el final del hombre que se dedica a estos menesteres. Como dice uno de ellos: Es la misma vaina, vivo o muerto, porque mi padre me decía que se vive para morir y se muere para vivir.
Cuando el mantero brilla en sus careos con la bestia, se dice que Satanás lo auxilia. Cuando se recupera de una cornada se habla de milagro de Dios, que le salvó la vida. Se juega sobre una plaza que asemeja la mesa de la ruleta. Si ganas las apuestas te acompaña el diablo. Si pierdes es castigo de Dios

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que reprocha el vicio en sus criaturas.
Esa quizás es la razón para que se haya originado el cúmulo de cosas curiosas de las corralejas. Dios y el diablo acompañaban al Negro Buba en las corralejas del Sinú para permitirle que aferrándose en las astas se subiera al toro por muy feroz que fuera y se mantenía allí mientras el animal estaba en la arena. Como el mantero tiene su estilo propio para la faena no molestaba a nadie; luego aparece el mejor derribador de toros del Sinú, un hombre que apenas fue identificado como Calazans que a pesar de su corta estatura y hasta delgado de cuerpo, agarraba la cola del animal y antes que éste buscara la razón, ya Calazans le había metido primero las manos en los jamelgos e inmediatamente le trababa los cuartos traseros para derrumbarlo casi que de inmediato. En las feraces tierras sinuanas corría la versión que nadie dudaba, de que Calazans tenía niños en cruz en las manos, los brazos y los pies y más tarde también le dieron fuerza al Negro Rocha en las extremidades inferiores para sostener los arranques de los toros, en las manos para aferrar como tenazas de hierro las colas de los mismos y detenerlos en sus desaforadas carreras y llevarlos al piso, y no obstante la contextura que parecía un coloso de ébano, agilidad para esquivar al mismo tiempo las astas de las fieras. El diablo en figura de abarcas de tres puntas se enlazaba en el brazo derecho de El Pescao y blindaba a su vez, con láminas de acero, los pies desnudos del Loco Ramos para que ningún elemento los penetrara mientras toreaba. El Negro Rocha, viejo y cansado, pasa sus últimos días en San Onofre. El negro Buba debió morir por los finales de la década del cuarenta del siglo pasado, mientras que Calazans llegó a la cima a finales de la década del treinta, especialmente en 1939 y desaparece para los años de la violencia sin haberse podido establecer qué día, mes, año y lugar se fue de este mundo. El tiempo, entre más lejano, es el principal obstáculo de quienes cumplen el papel de historiadores, o que como quien escribe, se limita a recoger detalles para que muchas cosas vivan otros años más, porque de historiadores no tenemos ni un pelo. Ese es un trabajo sólo para especialistas.

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No obstante, muchos manteros han sido sorprendidos por los maleficios. Toros preparados para matarlos, los cornean en las plazas. El caso del Indio Salguero es uno de los más recientes, y muchos de sus amigos y colegas se preguntan qué pasó. No hay justificación para que un mantero como ese, con una larga experiencia, que había jugado con el astado y lo dejó en el momento que fue enlazado para arrastrarlo a los chiqueros, sorpresivamente regresara a la arena. El Indio, satisfecho de la faena cumplida, también estaba fuera del ruedo y al ver al toro otra vez imponiéndose en el redondel, abandonó la cantina en donde departía con amigos y se metió. Intempestivamente el lazo que llevaba el toro en los cuernos sirvió para enredarlo y llevarlo al piso. Al intentar ponerse de pie, el astado lo golpea en el pecho y le introduce el cacho por dos ocasiones degollándolo y dejándolo muerto en el acto. Algo incomprensible, algo misterioso, llevó al mantero y al toro a enfrentarse de nuevo para que el hombre sucumbiera en el teatro en donde escenificó su vida aventurera.
Son incontables los casos en que hombres curtidos en la lucha con los toros, son prevenidos para que no enfrenten al de turno. "Cuidado, ese toro está empautao y lo destinaron para matarte. No te le enfrentes", le dice alguien desconocido en el oído. Los que no creyeron en la prevención pasaron a la otra vida. Otras veces es el instinto el que salva al mantero y es abrumador el número de veces en que todos los actores del espectáculo de muerte sienten algo que los cohíbe y se apartan del animal aparentemente hechizado.
Pese a que nos hemos referido al asunto en otras ocasiones y a las indagaciones que adelantamos por la zona, no logramos identificar a un mantero que en la corraleja del pueblo de Rabolargo, la tierra del cantautor y torero, Noel Petro, cuando caía la tarde, salió un toro al que los demás no quisieron enfrentársele. Ninguno osó incitarlo para el careo. Sólo ese desconocido que durante la tarde se mantuvo apartado y solitario pero que en tres o cuatro oportunidades se enfrentó

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y demostró su pericia, capoteó otros animales. Cuando un mantero se dirigía hacia el animal con sus trastos listos, el desconocido lo alcanzó y le dijo que no lo intentara porque el animal estaba destinado a otro. Con lentitud, pero con paso seguro, se dirigió al sitio en que el toro estaba reculado. Se miraron y en los ojos de ambos se retrató la furia del animal y el arrojo del hombre, dispuestos a vencer o morir.
El astado se mostraba inquieto y de pronto se despegó del vallado dirigiéndose con lentitud hacia el mantero que lo esperaba. El hombre retrocedió uno, dos, tres, cuatro pasos de espaldas y sin dejar de mirarle, especialmente el movimiento de las patas. Tal vez dedujo que no atacaría, porque no hacía más que estudiar al contendor y la lentitud le daría tiempo para esquivarlo. El mantero abrió los brazos y con ellos el pesado capote, lo sopesó con cuidado y aparentemente sin ganas, dobló un poco el lomo y lo fue extendiendo parsimoniosamente sobre el duro suelo de tierra y pasto pisoteado y dio dos pasos más hacia atrás, arrastrando el capote. Sabía que era un reto peligroso. Si el toro alcanzaba a pisar el capote antes que él sacarlo, hasta allí llegaría, porque lo dejaba desarmado y expuesto a la embestida. Era un toro negro, de cuerpo mediano, con la cornamenta anacarada como si se la hubieran limpiado y afilado en el corral, de mediana altura y pezuñas sanas. Es posible que el mantero hubiera pensado que ese toro no debía salir a una corraleja sino a una plaza de postín que, por lo bonito, envaneciera al ganadero propietario.
Unos cuatro o cinco metros los alejaba del vallado. Privilegiada posición para el mantero que quiere lucirse, porque se puede observar la faena desde todos los rincones de los palcos. Y esa es una función de sólida base. La fama del mantero es una cualidad indispensable para su futuro. Se le señala por todos, ganaderos, cuadrillas y asistentes a los palcos, pero comprometida porque todos a una esperan que triunfe en todas las plazas frente a todos los toros. Sin embargo, genera dividendos. Y los manteros, en su mayoría,

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por no decir que todos, son pobres de solemnidad. Por eso se esmeran en su trabajo y por ello, también, caen en las redes de ganaderos y de una serie de individuos que en cada fiesta ganan lo que no han invertido.
En el criterio de los espectadores se sabe que en ese instante se escribe una página de vida o muerte. Y el animal ataca sin más preámbulos. El mantero saca con prontitud el capote arrastra consigo una polvareda que se levanta y esconde parcialmente al animal y al hombre, como si hubieran subido y cumplieran su tarea en el aire, porque no se les ven las extremidades. La polvareda es densa. Únicamente el capote vuela de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, mientras que hombre y toro van poco a poco desapareciendo entre una especie de cortina blanca percudida. Intempestivamente también desaparece el capote, pero como en el ojo de un huracán, los espectadores saben que la espesa muralla de polvo debe tener en su centro, en el círculo que crea la vorágine del viento, una plataforma redonda en la que uno ataca y el otro se defiende. Solamente traspasa el velo de polvo el grito característico del mantero que así mantiene la atención del enemigo y le sirve de aliento si es que acaso, allá muy dentro, pueda sentir algún temor.
Es el grito que los viejos manteros llaman grito de hombre a hombre, porque el mantero reta y el toro ataca, el animal embiste y el hombre se defiende. Es un duelo de tú a tú, los dos frente a frente, separados por el invisible destino que al final decide la suerte de ambos.
Cesan los gritos. La plaza entera se hunde en el silencio, en una pregunta callada que nadie responde. Algunos piensan que el hombre ha muerto porque guarda silencio. Mientras tanto, la polvareda va cediendo de arriba hacia abajo y cuando acaba, los miles de ojos expectantes de los que están en los palcos, los que beben en las cantinas debajo de éstos, los manteros, banderilleros, garrocheros y borrachos, se sorprenden. No hay mantero. Tampoco hay un toro. Se evaporaron como si se

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hubieran convertido en el polvo que los ocultó y que luego se regó sobre el piso. Nadie sabe qué pasó y menos quién fue el triunfador.
Si en la torineta, como llamaban en el Sinú al chiquero, se encontraban aún media docena de animales por jugar, nadie exigió nada. En silencio fueron abandonando los palcos, el ruedo, las cantinas y los alrededores. La rústica construcción quedó solitaria en medio del potrero en la que había sido levantada. Internamente cada uno sentía que en su masa encefálica titilaba una luz extraña ¿El toro era el diablo mismo que vino por el mantero? ¿0 lo contrario? Y la leyenda, el mito, el absurdo y lo fabuloso iniciaron su transitar por la carretera y los caminos, por el caudaloso río hacia arriba o hacia abajo, por los arroyos y las quebradas y hasta por encima de las olas del Mar Caribe, con el viento que en susurros repite la extrañeza que desde entonces palpita en el corazón y la mente de los testigos.

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JINETE DE TOROS BRAVOS
La mejor observación relacionada con la verdad, la escuchamos un día cualquiera a través de un programa de la cadena radial Caracol, durante una entrevista a un gran compositor y cantante de música llanera. No recordamos el apellido, sólo que nació en el departamento de Boyacá y que a los veinte días de nacido la familia se trasladó a un lugar de los entonces llamados Llanos Orientales, en la llamada época de la violencia. Allí creció, aprendió el oficio normal a cualquier llanero y le tomó una afición única a la música de esa bravía y sincera tierra del mapa colombiano.
Nuestro artista siguió su vida, volvió a su lugar de nacimiento, conoció gran parte del país y con pleno dominio de los instrumentos musicales, especialmente el cuatro y el arpa, atendió el llamado silencioso de la naturaleza y sin detenerse en nada llegó al pequeño fundo.
¿Qué dijo un músico como para destacarlo en una nota sobre corralejas? La verdad. Él pensaba y así había crecido y vivido en medio de una falsa concepción del mundo creyendo que los llanos de Colombia y Venezuela era la planicie más grande de la tierra. Sólo que, por encontrarse ya inmerso en la música, conoció otros artistas, otros compositores y otros ritmos y melodías y la realidad le pegó duro en el rostro. La sola pampa argentina, es un territorio doble en dimensión que los llanos colombo—'venezolanos. La humildad lo volvió a la realidad.
A nosotros nos pasó igual. Al principio aceptamos sin beneficio de inventario, que el llamado Negro Buba, hombre legendario en el mundo de las corralejas en el Sinú, no había tenido rivales dignos y, por tanto, él, cuyo nombre se pierde en la distancia y el tiempo, era único.
Llegamos a pensar que el mote asignado revelaba que sufría una enfermedad incurable, porque buba se le dice en el Sinú a una llaga que no sana, a lo que agregaba la crueldad verbal de

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mi abuela paterna, que mirando con ojos raros a la víctima como si quisiera destriparla, expresaba que molestaba más "que una buba en el culo". Yen la ingenuidad de mis primeros e inolvidables e irrepetibles años de infancia no tenía idea de qué era buba, ni mucho menos qué era la palabreja siguiente. No pensaba que todo se limitaba a un apodo, impuesto según mi tío Jerónimo que alcanzó a conocerlo, en señal de que se trató de un hombre inquieto, molestoso, pero guardando las distancias debidas. Porque buba también se le aplica a quien no ceja en molestarnos o hacernos jugadas en ocasiones de mal gusto. Hoy los llamamos mamadores de gallo, tal vez porque las bubas, como ciertas enfermedades, también pasaron al olvido.
¿Cuál fue su nombre real? Nadie pudo suministrárnoslo. ¿Dónde nació, vivió y murió? Tampoco. Sólo que no fue un cuento sino una realidad. Mi tío Jerónimo me dice que por allá por la mitad de los años treinta del Siglo XX, lo dejaron venir del pueblo de Severa a Montería para las fiestas del Dulce Nombre de Jesús o 20 de enero y que pese a las prohibiciones de su hermana mayor, que fue mi madre, durante las corralejas se perdía del entorno a las doce del día y regresaba entre seis de la tarde y siete de la noche, cuando jugado el último toro del encierro del día, comenzaban a instalarse en el área de la arena las ventas de comidas, las cantinas, las ruletas y demás negocios que formaban un cerco en cuyo centro se ejecutaba la noche de fandango.
-“Ese año, me parece que fue en 1935, conocí al llamado Negro Buba, del que se hablaba por todas partes como hombre valiente y habilidoso para el manejo de toros bravos, Destacaba en lo que se refería a tomar a un toro bravo por la cola y de uno o dos intentos llevarlo al piso. Sin embargo, a mí me gustó fue verlo agarrándose a un cacho del toro y con agilidad subirse al lomo del animal, desde que salía de la torineta hasta que lo volvían a meter. —¿Solamente tumbaba toros? —No. Personalmente me gustaba verlo subirse al animal, pero
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en lo de la tumbada de toros ni el Negro Buba ni ninguno de los de entonces, y creo que ninguno de los siguientes aun cuando tengo ya más de treinta años de no asistir a una corraleja, puede compararse con el viejo Calazans. El negro Rocha es quizás uno de los mejores después de estos, pero el viejo Calazans no demoraba con un toro de pie. Le agarraba la cola, le metía una pierna a las patas del animal y de un solo cuajo caía al piso. El negro Rocha, bueno, tal vez el mejor de los posteriores, tenía en ocasiones dificultades y demoraba demasiado. Vanamente quise en la finca de mamá tumbar los terneros, pero no pude. No sé cómo hacía Calazans”.
El viejo Jerónimo, el último de mis tíos por la línea materna, el único de los Angulo Bello que rompió la hegemonía familiar y se declaró liberal en una época en que serlo requería más valor que el de un mantero, seguido por mi madre y el tío abuelo Naudín Bello, mientras que los restantes guardaron fidelidad a Laureano y compañía.
Como pueden observar, no fue el Negro Buba el gran tumbador de toros en las corralejas ni menos el Negro Rocha, que al momento de escribir estas notas cumplía noventa y nueve años en su tierra, San Onofre, sino un desconocido del que no habíamos adquirido noción alguna. Entonces es cierto de que los llanos colombo—venezolanos no son los más grandes del mundo. Está la pampa, están las estepas y los desiertos de Arabia, entre otros. Que sepamos, Calazans sí es único.

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LA FAENA DE NICO CAUSIL
Se le llamaba cariñosamente Nico, hipocorístico de Nicolasa, hija de Antonio Causil con Josefa Argumedo. Desde muy niña, por su corpulencia y talla, fue motivo de bromas porque nadie definía su edad real y se le consideraba con más años de los que en verdad tenía.
Esa condición que siendo niña la convertía en mujer, aunada a su capacidad de trabajo, la distinguieron como el motor de la casa para ejecutar todo aquello que para el común de las mujeres era pesado. Ella no le sacaba el cuerpo a ningún trabajo por lo que desde las cuatro de la madrugada, como sus hermanos varones, se levantaba a trabajar moliendo maíz, sancochando yuca, ñame y plátano para el condumio mañanero, buscaba la leche en el corral para el café con leche del desayuno, amasar luego para hacer los quesos, la mantequilla, el suero “atollabuey”, el suero dulce, pilar el puño de arroz y con el balay entre manos en un meneo lujurioso pero inconsciente de sus caderas lo venteaba, y en fin, que lo relativo a los tres golpes alimenticios del día se las arreglaba para traer agua de la ciénaga, lavar la ropa familiar, alimentar los cerdos, gallinas, pavos, pollos, patos, etc. y si le quedaba tiempo, se dirigía muy campante al cultivo a colaborar en el desmonte, el macaneo, siembra y otros menesteres. Nico entregaba diariamente la ofrenda a los dioses del trabajo, contentándose con poco. Los núbiles parecían temerle y por esa razón, si gozó de las delicias del amor y del sexo, nadie supo quién fue el osado que se lanzó a la aventura con más valor que ella para exponer el asunto.
Para ese entonces pueblo que se respetara realizaba las fiestas con una corraleja de mínimo tres días, porque el mercantilismo, la avidez por el dinero fácil, aún volaba lejos de la tierra. Los ganaderos tenían como un honor el ser llamados a presentar sus encierros. Es decir, que no existían ni mollos, ni lavandios, curatos, besadores ni...cobradores de arriendo de toros.

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Nico, habituada como la casi totalidad de las mujeres del Sinú, la Sabana y el San Jorge, al manejo del ganado en los potreros y en los corrales, no desconocía las diferencias entre toros mansos y toros bravos. Desconfiaban hasta de los bueyes, porque más de uno ha muerto en las largas cornamentas de los animales cuya función es mantener el orden en la manada y en los traslados de un lugar a otro de las fincas, que sin que nadie lo espere, parecen contagiarse por breves momentos de la furia de los toros bravos y cornean con el mismo vigor.
Una tarde mientras los hombres se fueron a la plaza para seguir las incidencias de la jugada de los toros de esa fecha, Nico se dedicó a lavar ropa. Al momento de enjuagar una falda roja y ventearla para sacarle el agua que a gotas se deslizaba por la prenda, el visaje de algo que a sus espaldas venía a toda velocidad le dio el aviso de alarma. Dedujo que era un toro bravo por el bufido que éste lanzó al iniciar el ataque.
Jamás quiso referirse a su enfrentamiento y cómo pudo eludir las furiosas embestidas del animal. Lo cierto fue que en un tramo de no más de diez metros cuadrados, Nico y el toro escenificaron la que tal vez fue la mejor faena ejecutada por una mujer. Ni la mejicana Conchita Cintrón que para la época colmaba los circos, ni las colombianas Amina Asís, Imperio América, Morenita del Quindío, Lolita Domec, habrían podido emularla, porque ella no vestía traje de lentejuelas, ni tenía coleta, ni muleta ni capote. Solamente una falda roja que al principio debió llamar la atención del animal y considerándolo un reto la atacó. Tal vez quince o veinte minutos, Nicolasa lidió al fiero animal. No podía hacer otra cosa porque no tenía para dónde huir, ni cómo ni dónde esconderse. Los garrocheros la encontraron dándole trapo al toro y si no fue por su rotunda negativa, la habrían llevado en hombros a la corraleja. La mujer sudaba a chorros y mostraba en su rostro el cansancio por la extensa e intensa faena. Es que el temor duplica la expulsión del agua corporal.

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Así, las mujeres costeñas también se sumaron a la moda y fueron apareciendo verracas que en estas calendas suman un buen contingente como banderilleras o muleteras en las corralejas. Se les critica hasta más no poder, pero las criticonas desearían emularlas.
Hace algunos años una delegación de Sincelejo fue al interior del país a un congreso y la hija de un sinuano que entonces manejaba en la capital de Sucre una agencia de seguros de vida, sorprendió a los costeños y los interioranos enfrentándose con valor y maestría a un bravo novillo toro en la plaza de Guatavita. Solamente el qué dirán ha cortado las alas a las Nicolasas que en el mundo existen.

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LOS DE TRAJES DE LUCES
En la memoria, que es nuestra libreta de notas, hallamos un grupo de hombres que pretendieron vestir los trajes de luces en las plazas de toro de postín. Pocos lo lograron y los demás, se quedaron de novilleros. En esto de los trajes de luces y los uniformes militares atiborrados de medallas, medallitas, cruces de hoja lata, los costeños aparecen indiferentes. El entusiasmo dura poco y por esa razón desaparecen prontamente del panorama. Es una situación semejante al manejo de una bicicleta. Los costeños parecen nacer encima de un triciclo, pero a la hora de competir no sirven ni para suministrar el agua que refresca al competidor. Montería es el mejor ejemplo. Durante muchos años se usó la bicicleta porque el pueblo era muy grande para recorrerlo a pie y muy pequeño para hacerlo en un automotor. Pero los ciclistas que allí nacieron no dieron la talla. Al sinuano pónganlo frente a un toro, métanle una manilla, entréguenle un bate y una bola de béisbol.
Si revisamos las páginas de la historia no puede asegurarse, como lo afirman muchos hermanos de otras zonas geográficas, especialmente de la andina, que los costeños sean cobardes y que apenas los mueve la coyunda con una burra, la cadenciosa melodía de los ritmos autóctonos y el fogaje de una botella de “ron trompá”. La voluntad de guerrear nos la dejaron como herencia nuestros antepasados los indios Caribe, una de las razas más belicosas del mundo que supuestamente descubrió Colón. Otra cosa es que, la mezcolanza de sangres haya perfilado a un hombre costeño con otras singularidades. Si bien no expresa sus amores con la conjugación de consonancias y asonancias en poemas cantados con el acompañamiento de una guitarra y un tiple, es reconocido como un buen amante. El guapirreo, la cadencia en las ruedas de los fandangos o en las salas de baile con gestos eróticos y una variedad exquisita de la elegancia de un porro “tapao” o una cumbia, para pasar a la variedad rítmica de un porro “palitiao” o un fandango y rematar en la vorágine de un

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baile macho o un mapalé, se le adhieren al corazón y lo conducen a cimas impensadas. Y el amante tiene otra visión y otros objetivos. Tal vez por esa causa los costeños se retiran prontamente de las academias militares y de los ruedos. ¿Qué tal un amante sin arma entre las piernas por culpa de un tiro mal dirigido o la asta de un toro? Mucho nos embroman con sus consejas y de allí es posible que saliera la frase cachaca que afirma que el costeño cuando va a bailar es a bailar y cuando es a correr es a correr, pero la historia no ha podido ocultar que en momentos en que se ha requerido, los costeños siempre han sido primeros en dar el paso al frente, como en la gesta de independencia en que los costeños y los negros, que parecen ser la misma cosa pero no es así, abrazaron primero las armas y prácticamente los últimos en dejarlas.
Pero recurrimos al testimonio de verdaderos historiadores. Roberto María Tiznes, sacerdote y miembro de la Academia Colombiana de Historia, en su importantísima obra La Independencia en la Costa Atlántica, nos informa de las ocurrencias bélicas entre tropas patrióticas y realistas. Las nuestras estaban compuestas por soldados de Cartagena, en su mayoría, Barranquilla, Ciénaga de Oro, Montería, Sincelejo, Corozal, Tolú, Mompox, etc., que se inicia con la toma de Guamal el 30 de diciembre de 1812; Combate en Chiriguaná el seis de enero de 1813; conquista de Tamalameque y Puerto Real de Ocaña, y la entrada triunfal de Simón Bolívar a Ocaña el 12 de enero de 1813, y que remata con esta opinión: "Sobre estas y otras campañas en las que brilló el valor de cartageneros y momposinos y en general de la costa atlántica, nos detendremos en posteriores capítulos". Y El Libertador dijo en una proclama en Cartagena el 26 de julio de 1827, "El valor de Cartagena y Mompox me abrió las puertas de Venezuela el año de 12" y si a lo anterior se suma el resto de la gesta emancipadora, resalta y ennoblece a los costeños, teniendo en cuenta que Bolívar no era colombiano ni menos costeño. Es decir, que no vio costeños ensalzados en comilonas o en carreras de fuga, por lo que lo afirmado por nuestros hermanos del interior no deja de ser otra cosa que un

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resuello por la herida. El Libertador prefirió venir a dar su último suspiro entre sus mejores soldados, los costeños, porque fueron francos, leales y valientes.
Como toreros vistieron los trajes de luces Noel Petro, cantautor de inocultable calidad y torero de apreciable valor. El cereteano Pepe Ruíz, que demostró con creces su calidad alzándose con el trofeo del mejor torero de temporada en Méjico, al ganar la distinción en cuarenta y dos presentaciones. Se perfilaba como el mejor colombiano en estas lides para aquellos años, pero repentinamente salió a relucir el yo y le falto al respeto a su apoderado y hasta allí llegó el barco y no pudo salvar las barreras de los intereses personales y a un personaje se le endiosa con la gloria o se le hunde en el infierno. Pepe Ruiz pasó al olvido. Últimamente el sincelejano Héctor Vergara Romero, en quien se vislumbraba un matador salió de los ruedos y frustró su carrera. No fue la falta de valor y muchos, cierto o no, sindican a su progenitor, Héctor Vergara Arrázola, también torero frustrado, de ocasionar con sus exigencias el abandono de la profesión.
Entre los novilleros destacamos a Melanio Murillo, que posteriormente pasó a picador y gozó de la fama al ser señalado como uno de los grandes de la fiesta brava en España, Méjico y otros países. Siguen Emerson y Anderson Murillo, hermanos del anterior, que descollaron entre los varilargueros. Otros fueron Roberto El Mono Cárdenas, un gran receptor en el deporte del béisbol; José Pautt, y los hermanos César y Luis Mallup. La instrucción escolar les permitió abandonar, con excepción de Melanio, los ruedos para dedicarse a menesteres menos peligrosos.
Los sincelejanos, también con un buen grado educativo, conformaron una Cuadrilla Juvenil de Toreros, entre los que estaban Alfonso Ellas, Héctor Vergara Arrázola, Álvaro González, Huberto Manchego, Roger Baquero, Humberto Vélez llamado El Mudo, y Alcides Diaz. No están todos los que fueron novilleros, pero los años son una carga pesada y nos fue

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 imposible seguir el rastro en contra de la buena voluntad de dejar un registro al respecto.
De esta pléyade de pioneros costeños de la tauromaquia, mejor aún, de sinuanos y sabaneros, de las faenas en plaza o circos de toros, quedan muy pocos. Murieron Melanio, Yesid Torres Pérez el Divino Calvo, El Mono Cárdenas, José Pautt, Huberto Manchego, Roger Baquero, Álvaro González, El Mudo Humberto Vélez, entre otros, pero al momento de escribir detectamos que otro sincelejano metido en el asunto, Donaldo Vergara, el popular Mago Doney, rumia en el silencio de su alcoba los recuerdos de una época de peripecias que lo llevaron a transitar por el mundo en desarrollo de distintas actividades. Tal vez es el testimonio vivo de unos días que, para no perder el ritmo del toreo, se metían a las corralejas a compartir con manteros no solo la fiebre del toro, sino las vicisitudes, con excepción de los monterianos acompañados por el Mago Doney que actuaban de domingo a domingo en los carteles de Sincelejo, Coroza I o Cartagena.
Alfonso Elías nos retrata la condición de la cuadrilla de Sincelejo, al informar que en una ocasión se fueron a pie y a pata como la garrapata, para las corralejas de El Roble, porque no tenían entre todos, una moneda en los bolsillos. El hambre se apoderó de todos y el cansancio los obligó a sentarse en el andén de una casa. Uno de ellos vio asoleándose varias tiras de carne de primera clase, salada y entreverada, y llamó la atención de sus compañeros.
De inmediato se impartió la orden de apoderarse de las tiras para deglutir algo con qué aquietar al estómago, pero una voz gritó desde la casa vecina: "Si tratan de robarse la carne, suelto los perros bravos". Un perro bravo, alentado y azuzado por su dueño es más peligroso que cualquier toro de lidia y se truncó la posibilidad. Pero en la juventud hay cosas que podemos soportar por muy graves que sean y se fueron a la corraleja.
Alfonso Elías enfatiza que si hay alguien valeroso es el que se

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mete en una corraleja a mantear. "En el circo el toro es tu enemigo en el día de la corrida. En la corraleja lo encuentras en cinco, ocho o diez plazas distintas. Y los animales no olvidan. Sobre todo, el toro bravo. Siempre te recuerda y cuando ataca te prefiere no importa que a su alrededor se encuentren mil manteros más". Y no hay nada más cierto. Por eso se decía que los toros de don Arturo Cumplido Sierra salían del chiquero y buscaban a los manteros conocidos como para darles el saludo. Un periodista sincelejano se atrevió a asegurar que un toro de don Arturo no atacaba jamás hasta no saludar a todos los conocidos, preguntarle cómo estaba de salud y en qué estado se encontraba el resto de la familia. Bromas de pronto de mal gusto, pero que en este trabajo no podemos marginar.
Tal vez Alfonso Elías no fue el mejor de la cuadrilla de Sincelejo porque a Héctor Vergara Arrázola se le reconoce como de los buenos novilleros sabaneros. Roger Baquero, cuando "no tenía la piedra afuera" realizaba excelentes faenas. Lo dejaban y al establecer que estaba en lo mejor, concentrado, sus propios compañeros le gritaban: Buena esa ¡Bola Pelúa! Y hasta allí llegaba. Tiraba la muleta al piso y salía iracundo tras ellos. Elías, apellido de procedencia árabe, vistió el traje de luces en varias plazas de postín en Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, con el nombre artístico de Manolo Silvetti. Ocultaba a su familia lo de la torería, como lo han hecho en el pasado infinidad de hombres enfebrecidos por la lidia de toros bravos.
Hay algo que resaltar. Muchos de los manteros y novilleros citados, fueron excelentes beisbolistas. Pero el espíritu de malignidad de algunos frustra lo bueno.
La dirigencia cartagenera se adueñó del béisbol nacional y recurrió a la innoble tarea de destruir a los jugadores que no eran cartageneros, porque así no se veían obligados a enrolarlos en las selecciones nacionales. A un Pedro Chita Miranda podía remplazársele con el Zurdo Vega, Duboy Vergara, Ramiro Naranjo, La Araña Romero, el papi Pérez, losé

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Paut, el Mono Cárdenas, el incomparable Champa Galván no ha tenido competidor en lo atinente a la receptoría de un equipo, hasta llegar a beisbolistas, especialmente lanzadores, como El Cico Rojas, Manuel Caro, Ciprián Castro, Luis Sofán, Luis Molina, Manuel Martínez y muchos otros. La dependencia política de la dirigencia deportiva de los pueblos los ató y los amordazó y jamás se atrevieron a exigir un cambio de actitud.
Más adelante vistieron de novilleros otros nativos de Sincelejo. Jaime Fuentes, lo mejor de su tiempo, se presentó en muchas plazas del país con éxito. Hernando Peluffo, que prefirió la banderilla y figura en muchas plazas. Camilo Vásquez Turbay, Enrique Páez y un muchacho de apellido Mendoza, reinaron hasta hace poco.
El turno corresponde, en estos momentos en que se cuestiona el espectáculo taurino en el mundo, a un sincelejano del que los españoles piensan podrá llegar a la cúspide si domina influencias negativas y el carácter. Alumno aventajado de la Escuela de Cali, en la que se han formado muchos toreros nacionales y extranjeros, le acogieron con entusiasmo porque es un prospecto que promete para llegar a Matador. Se trata de Sebastián Fonseca.

CORRALEJAS: UN MUNDO QUE SE ACABA
Un viejo campesino con el que mantuve amistad desde que contaba unos cinco años y él por lo menos cuarenta, en el corregimiento de Severá, municipio de Cereté, y años más adelante, al llegar a la edad de dieciocho años y él pasaba de los cincuenta, me dijo que el mundo era "un caso jodido. Uno no sabe nunca para dónde va y mucho menos dónde dará el último suspiro".
Luego de un prolongado silencio, agregó: "Las cosas nacen, viven y mueren. Sólo el hombre parece no querer acabarse, mientras que lo demás va desapareciendo. Poco a poco, pero se terminan solas. El mundo no quiere lo perpetuo y uno se pregunta qué es el hombre. Esa pregunta lo define todo, agregó. El hombre no quiere acabarse y por ello atropella, destruye, acaba hasta con lo que le da la vida. No creas, hijo mío, que la flor de la juventud que ahora eres subsistirá. Acabarás, quieras o no, desapareciendo. Y tal vez mejor dejarle este mundo de mierda a los que creen ser elegidos para conducir los destinos de la humanidad".
Todo nace, vive, se reproduce y muere. Y la corraleja, que no es más que un armatoste de tablas, listones y bejucos, que después se sustituyeron por clavos y que sujetos obnubilados ya proponen construirla en cemento rígido como una insignia de lo ridículo, tiende a desaparecer. No porque los nativos de Bolívar, Atlántico, Magdalena, Sucre y Córdoba las rechacen, sino porque esos nativos rechazan a una caterva de petulantes que creen ser más inteligentes, más astutos y de mejor preparación educativa para engañar a los demás y pregonar que son defensores acérrimos de las culturas y las tradiciones. El pueblo se cansa. El discurso acaba repitiéndose en las mentes alocadas. No sólo en el asunto de las corralejas, sino en todo lo demás. Lo que anteayer fue una lejana esperanza, se convirtió ayer en una realidad, pero hoy comienza a decaer y pasado mañana habrá desaparecido. Algunas de esas cuestiones, no dejan rastro.

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Los escándalos que se originan en la sorda lucha por ganarse en cinco días lo que en desempeño de una función honesta no alcanzarían durante un año, el acaparamiento del espectáculo, los funcionarios permisivos, alcahuetas, deshonestos o que también reciben su tajada, no se contentan con autorizar el espectáculo, sino que reúnen a una serie de individuos que nada tienen qué ver con el gobierno, los autorizan para recaudar impuestos, les giran auxilios enormes y después los ignoran, porque la realidad es que se trabaja por la fiesta y la alegría queda en los bolsillos de los elegidos, generalmente miembros de las capas sociales más altas de cada pueblo. Pero dice un viejo adagio muy caribeño: el palo arruga. O, el mundialmente famoso de que tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe, y se expresan sin temor alguno. Los compadrazgos también se pierden. Lo que podría servir para becas, construcción de escuelas y colegios, centros de salud, obras que requieren las comunidades, se despilfarra alegremente para preservar la cultura y las tradiciones. Como los inventores de las corralejas fueron los criminales sacados de las cárceles españolas para enviarlos a encontrar un nuevo mundo, necesariamente no pueden ser cultas y menos tradicionales, porque si tenemos algunas pintas de criminales europeos, también las tenemos de los negros esclavos y de los indios que aún no han sido exterminados de lo que fue su tierra pese al empeño de los que creen que pueden alardear de sangre noble, a menos que las cárceles sean un escenario de nobleza. No obstante, con tanto rico y noble nuestro que ha sido condenado, vamos a tener que aceptar que tras las rejas también se purifica la sangre plebeya.

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