TITULO:
Capotes Ensangrentados -Primera Edición 2014
Diseño y Edición: MD Publicaciones Fotografías: Moisés Benítez
Cel: 312 811 8399 - 301 678 8474
Editado por: Lito empaques América Av. Argelia Calle 31A No.
9A-47 Teléfonos: 282 7386 - 280 5724 litoempagues@gmailcom Sincelejo. Colombia
Impreso en Colombia- Printed and made in Colombia
A todos los que por ignorancia o por efectos del consumo de alcohol
resultaron heridos o muertos por cornadas de toros bravos en las corralejas.
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INDICE
Página
IN I RODUCCION …………………………………………. 7
CANTO DE SANGRE Y
TIERRA ………………………… 13
ADIOS AL “INDIO”
SALGUERO ………………………….18
LAMPARITA VICTIMA DE
LOS ENANOS …………….. 21
¿QUÉ ES LA CORRALEJA?
- PARTE I ………………….. 26
¿QUÉ ES LA CORRALEJA?
- PARTE II …………………. 30
DIFERENCIAS ENTRE
AYER Y HOY…………………… 37
LAS CORRALEIAS
TAMBIÉN SON MACONDQ ………. 43
LOCOS EN LA ARENA ……………………………………. 52
LA PRIMERA CORNADA ………………………………….
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UN PESCADO DE RÍO Y DE CIÉNAGA ……………………60
UN TORO INMORTAL ……………………………………… 62
UNA POLVAREDA DEL DIABLO
………………………… 71
JINETE DE TOROS
BRAVOS ……………………………… 77
LA FAENA DE NICO
CAUSIL …………………………….. 80
LOS TRAJES DE LUCES ……………………………………..83
CORRALEJAS: UN MUNDO QUE SE ACABA …………….. 89
INTRODUCCION
Vivimos el mundo de las corralejas en tres etapas y épocas
diferentes. La primera, la del niño que trata de emular a quien erige como un
ídolo y fue en los tiempos en que nuestros pueblos formaban un con junto
geográfico denominado El Bolívar Grande, del que hacían parte LA Sabana, el San
Jorge, la Depresión Momposina y el Sinú.
Para esos tiempos cada pueblo se enorgullecía de realizar,
en honor a su santo patrono, las fiestas en dos formas, la llamada religiosa y
la pagana. En esta eran normales las peleas de gallos, las carreras de
caballos, los fandangos y las corralejas, que cerraban el ciclo festivo. La
corraleja prevalecía. De una manera distinta a como se realizan hoy y con
objetivos loables, sin ánimo de negociar con ellas, era la manifestación más expresiva.
Los niños y los jóvenes, mirando tal vez cómo la corraleja animaba a los
mayores, buscábamos la manera de participar y se corría una serie de peligros
para introducirse en el entarimado, observar las faenas, las garrochadas, la
colocación de las banderillas, la cogida de rabo para tumbar al toro y muchas
otras peripecias, que como hombres y en el acendrado machismo del caribeño,
tratábamos de imitar. La persecución policial desde antes de llevar los
animales al toril pretendía desanimar a los menores, pero cada cual se daba su
maña y pensamos que, hasta los policías de esas viejas épocas, más que policías,
eran amigos. Se hacían los de la vista gorda, porque a la salida del primer
toro bravo, el último peldaño del vallado lo adornaban los niños y los jóvenes,
felices por saber que nadie entraría a sacarlos, si se tiene en cuente que la
arena era exclusiva de los artistas del espectáculo. La tanda de pescozones, el
tirón en el cerquillo, los foetazos y otros castigos por desobedecer las
prevenciones paternas eran ineludibles al llegar a la casa.
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La segunda etapa comenzó cuando después de varios años de
"colarse" en la corraleja, vistos, analizados
cuidadosamente los modos con que los manteros enfrentaban a los animales,
agregándose los intensos ejercicios de todas las tardes y por varios meses
enfrentando a chivos furiosos, se sentía uno capaz para descender del vallado,
arrebatar un capote o una muleta y ponerse frente al animal y ejecutar su
propia faena. Esta es la más problemática de las etapas de formación, si así
puede calificárseles, porque pueden quedar las esperanzas, el valor y la
destreza ensangrentadas en el duro suelo de la plaza, acabándose en un
instante, un proceso de varios años.
En el caso personal, pasamos a una tercera etapa que no
revestía peligro alguno, por formar parte de la tribu que rige los destinos de
la corraleja. Un clan que se solaza con la mala suerte de los que allá abajo,
en la arena, exponen sus cuerpos y sus vidas para que el salvaje animal
introduzca sus astas y riegue la muerte en el cuerpo. Micrófono en mano
enviábamos por las ondas hertzianas el mensaje de vida o de muerte. Nuestra voz
enlutaba el hogar mucho antes que la noticia verificada en la misma plaza o en
los camastros herrumbrosos de unos sitios llamados "hospitales de
caridad" en donde finaliza la faena del aficionado que permite al ganadero
ufanarse de la ''casta" de sus animales.
En esa azarosa vida, compartimos con muchos otros el milagro
de salir indemnes de las corralejas, o en la tercera etapa, de destacar la
actuación de los mejores de cada tarde. Por ello , hoy, cuando han pasado
muchos años de aquella temporada de locura juvenil, nos enorgullece haber
estado en la arena con hombres como el viejo losé Naranjo y su hijo, Ramiro,
que después fue una de las glorias de la pelota caliente cordobesa al que
cariñosamente se le llamó El Pingüino;
de recibir durante una larga temporada instrucciones de Melanio Murillo, del
Mono Roberto Cárdenas, del viejo Paut, del Papi Pérez, del Divino Calvo como se bautizó por su alopecia a Yesid Torres Pérez,
un inigualable administrador deportivo y respetable funcionario público, en
menor grado con José y
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Fidel Madera, y como dirían ellos si vivieran “con todos los hierros”, con Dominguito
Pacheco, mi contemporáneo, o El Indio Salguero, a quien vimos crecer en la zona
hoy conformada por los barrios Obrero, Granada, Miraflores, Catorce de Julio
entre otros de la populosa zona sur de Montería, del que resaltamos en muchas
ocasiones y a través de los micrófonos de La Voz del Sinú, su desempeño ante
los fieros animales. El mantero es un hombre diferente. Rudo, chocante, pedante
y peleonero. Y así debe serlo para que se le respete; es decidido si se tiene
en cuenta que una cornada es más dolorosa y peligrosa que una trompada.
Personalmente comprobamos, por razones de trabajo y en ciudades como Manizales
en su temporada de fiesta brava, que toreros de la fama de un Sebastián
"Palomo" Linares, Santiago Martín "El Viti", Manuel Benítez
"El Cordobés", entre otros muchos a los que nos tocó atender por los
asuntos de registro de extranjeros, que fueron figuras preponderantes de la
tauromaquia cuyo comportamiento era similar al de nuestros modestos manteros.
Entre los de la manta, el sombrero vueltiao,
las abarcas “tres puntas” y los de trajes de lentejuelas, en cuestión de
caracteres no hay diferencia. Tan incultos y zafios son los manteros como
zafios, incultos y pedantes son los toreros. Tal parece que la instrucción
educativa y la inteligencia no compaginan con la tauromaquia y como el agua y
el aceite, se repelen. De ese mundo, surgen hombres Incomprendidos, humillados
por el poder del dinero de quienes los contratan para el espectáculo, hombres
que arriesgan todo por obtener en una corta temporada el dinero para la subsistencia
propia y familiar, si es que acaso no se pierde el dinero en las mesas de
juegos, en las cantinas o en los burdeles.
Con las vivencias y las experiencias, con las visiones y las
narraciones que en muchas ocasiones se hacen con lágrimas furtivas que se
escapan involuntariamente de los ojos de
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hombres que conocen a la muerte por haberla tenido al lado
en innumerables ocasiones, perfilamos este trabajo.
Ni siquiera queriéndolo, podríamos relacionar aquí a los
mejores manteros del Caribe, a los que entregaron su vida a la furia de toros
bravos, ni menos a los que abandonaron, la mayoría por ser el peso de los años
mayor que los deseos de mantenerse en actividad, las vicisitudes de la
corraleja. Digamos que solamente el recuento del número de corralejas es
suficiente como para escribir un libro sin personajes o, al contrario, un libro
sobre personajes sin escenario. En una época, que poco a poco desaparece, en el
solo municipio de Montería se escenificaban por lo menos una veintena de
corralejas en la temporada que generalmente se inicia el primer día de
noviembre y cesa el domingo de resurrección. Esto indica que en el solo
departamento de Córdoba se levantaban los monumentos de tablas, listones,
techos de palma y bejucos para afianzar toda la armazón en una cantidad
considerable. Sumemos las corralejas del departamento del Atlántico, menores en
cantidad; las del Departamento de Bolívar y las del Departamento de Sucre,
segundo en cantidad y concluiremos que es una tarea a la que habría que dedicar
muchos años de trabajo, de recopilación histórica, de comprobación en los
panteones, etc.
El propósito, entonces, es brindar honores a hombres
humildes que pasaron a la otra vida sin más reconocimiento que el recuerdo
dejado entre sus familias y amigos, porque la verdad es que los honores, las
consagraciones, los títulos de reconocimiento, están reservados a los que, como
los dirigentes del bárbaro espectáculo, se sientan en los palcos con copas
colmadas de finos licores, para deleitarse con la muerte de los que forman la
masa indefinida e intrascendente de los núcleos humanos.
Hay que vivir para ver, pero también es importante ver para
vivir. Hoy, en la vejez, creemos ser enemigos de un
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espectáculo que está mandado a recoger y que si subsiste se
debe a los traficantes de la corraleja. Lo que sigue no es entonces un elogio
para los que degustan los momentos en que ven correr a una fiera con un hombre
de la gleba ensartado en sus astas regando la arena de la corraleja con su savia
vital. No podríamos hacerlo, porque como señalan las Juventudes españolas en
estas calendas, "La tortura no es cultura" ni mucho menos tradición.
El autor
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CANTO DE SANGRE Y
TIERRA
A Domingo Pacheco, cuyas corneadas ahora golpean mi alma.
¿Por qué callas, Domingo? Los recuerdos que llegan a tu
mente son también recuerdos míos porque parte de tu vida es también mi vida.
No calles, estimado enemigo y entrañable amigo. Eso hemos
sido desde niños. Enemigos y amigos. Para complacer a las abuelas, que jamás
dieron razones del rencor que quisieron Implantamos.
¡Habla Domingo Pacheco! ¡Habla! No calles porque si callas
será para siempre.
¿Qué te pasa, hermano mío? ¿Por qué esa mirada que nada
dice? ¿O dice mucho más que no comprendo? No te de pena descansar la cabeza
sobre mis piernas porque pienso que, sobre el duro suelo bajo este palco, te
verías no en soledad como ahora sino también sombrío, muriéndote a jirones,
arrancándote por dentro los pedazos. Estoy a tu lado. El único, porque los
demás te tiraron aquí y volvieron a la arena a lidiar los animales que los
hermanos Negrete escogieron para deleitarse con las angustias, los dolores, la
sangre y la muerte. Ellos, que como los demás ganaderos, se creen escogidos por
un ser superior para ver cómo se fuga la vida por el hueco dejado por la asta
en el cuerpo de los infelices que no han comprendido que son esclavos del
infortunio. Mejor, Domingo Pacheco, alza tu brazo, empuña tu mano y golpea mi
rostro.
Imagínate que estás en la plaza de la Cruz y tu abuela
Valentina Pacheco, con enorme algarabía te azuza en mi contra y a mí me
Introduce el miedo cuando grita desaforada: ¡Dale duro Mingo, duro y en la jeta
a este negro gordo, cobarde, hijo de
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puta! Pero tú sabes que no tengo nada de cobarde. Solo el
temor que los gritos de Valentina metían en mi cabeza y en mi cuerpo. Temor por
esperar que todos a una tus quince o veinte primos cayeran sobre mí si rompía
tu piel con mis trompadas. ¡Vamos Domingo Pacheco! Yo te ayudo a golpear mi
cara, a quebrar mis orejas, a partir mis labios y mis cejas y que mi sangre
bañe nuestros cuerpos, ya que la tuya no brota porque corre como loca por tus
entrañas y se lleva poco a poco tu existencia.
Recuerdas, hermano mío, ¿la huerta de Gabito Torres? Allí
aprendimos a torear los chivos que embestían con furor los remedos de capotes
que tarde a tarde, y cuando el sol se perdía más allá de Sierra Chiquita,
llevábamos para enfrentarlos con entusiasmo, mientras Melanio Murillo nos instruía
y gritaba furioso porque al principio, cuando pasábamos el capote por encima
del lomo del chivo que embestía, imitábamos al torero Luis Procuna en el circo,
pensando quiméricamente en futuras glorias en el redondel de una plaza
escuchando la atronadora ovación por la proeza, nos quedábamos estáticos y el
chivo, rehecho del engaño, volvía y embestía con más furor y fuerza y caíamos
tendidos sobre la verde grama del potrero.
Yesid Torres Pérez, El Divino
Calvo, el Mono Cárdenas y otros
de la cuadrilla de Melanio Murillo, se enfrentaban a toros imaginarios
preparándose para el encierro dominical en Corozal, Cartagena o Sincelejo. A
los demás nos bastaba la instrucción de los maestros. Total, jamás vestiríamos
los trajes de luces.
Quedaron Emerson y Anderson, hermanos de Melanio, aguantando
los pescozones del Maestro, hasta que aprendieron quién sabe dónde a ser buenos
y afamados varilargueros. A medida que estudiábamos donde el Mocho Diego
Echenique, Jaime Exbrayat o don Victoriano Valencia,
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entendimos que la corraleja no es para gente cuerda. Por lo
menos los que llenan el ruedo y gratuitamente hacen el espectáculo para
satisfacer, como los gladiadores, al César y su cohorte. Solamente tú seguiste,
hermano mío.
¡Golpéame la cara! ¡Dame una trompada para saber que aún
tienes fuerza! Golpea Mingo, enemigo y hermano mío. Piensa que estas en la
Plaza de la Cruz, esa plaza chiquita que fue la plaza de María Barilla, de
Felicia Cuadrado, de Pacha Feria, María y Agustina Medrano. No mires allá,
viejo Mingo, que Ella está ahí esperándote. Tienes toda una larga vida para
verla. No la mires, hermano mío, mírame a mí. Recuerda Dominguito Pacheco que
si estamos solos no peleamos. Te tengo miedo y me tienes miedo. Yo lo sé. Pero
nadie podrá esperar que seamos enemigos ¡Nadie! No te vayas, hermano mío. Nos
quedan muchos gritos furiosos de tu abuela por oír. Nos quedan muchas
algarabías por escuchar. Te quedan muchas carreras por hacer huyéndole a mis
trompadas. Contigo no me burlo cuando estamos rompiéndonos la jeta en la plaza
de Nariño o en la Plaza Grande, sin algarabías para que no vengan corriendo tus
parientes. Solamente cobro la acorralada de tu abuela que se desquita conmigo
sus rencores con mi abuela.
Así mi hermano. ¡Mírame! Mira como si la muerte fuera el
chivo furioso del viejo Gabito. Sácale el trapo por un lado para que no te vea
y puedas eludir sus cachos. Así me aconseja El Pingüino Naranjo. "No dejes que el toro te vea cuando
arranque en su carrera. Tápale la dirección para que no siga tu cuerpo sino el
bamboleo tembloroso del capote". ¿Qué pasó, Dominguito Pacheco? Si
esperabas verte en los carteles con el traje de luces, arropado con un capote
nuevo de oro y grana, encabezando el desfile desde la puerta de chiqueros hasta
el palco presidencial. ¿Te acuerdas cómo nos explicaba Yesid Torres la
elegancia del paso del torero? No, no son pasos de maricas. Son pasos de
elegancia y con mesura, para que las mujeres en los tendidos de la plaza tengan
ocasión de verte el
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paquete de cojones que se requieren para enfrentarse con la
Parca. Allí, en ese bulto, va revuelto el ardor de tu juventud con el valor del
hombre macho, tus esperanzas de ser una figura, de saber que tienes agallas
para atravesarte en el camino de la muerte, eludirla y burlarte de ella. El
compendio de tu vida de hombre mísero con un cielo lleno de gloria y las
esperanzas de ser alguien en la vida. ¡Y mira que tú te atravesaste en el
camino del animal y te olvidaste de todo lo demás! ¿Por qué, hermano mío, por
qué lo hiciste? ¡Tranquilo! Se lo que me dices sin pronunciar palabras. Por mi
cuerpo, mientras la tuya corre como loca por tus entrañas buscando una salida
que no encuentra, corre gota a gota mi llanto como si fuera sangre. Eso es lo
que empapa tus manos. ¿Recuerdas aquel día en que el Chinón se descuidó y el
chivo lo embistió y lo llevó al suelo? Tú también te descuidaste Domingo
Pacheco, hermano mío. Pero el golpe de la testuz del chivo no es tan fuerte
como el del toro maldito de los hermanos Negrete, que se lleva lentamente tu vida
para otro mundo. Pero se cumple tu deseo de no ensuciar la plaza de una
corraleja con la savia vital de tu cuerpo. Son mis lágrimas convertidas en
sangre que te tributan su ovación las que ruedan por tu pecho desnudo. Y eso te
está matando lentamente mi amigo. No te preocupes, los hermanos Negrete, como
todos los dueños de toros bravos, tienen aquí cerca médicos, enfermeras,
ambulancias, medicamentos para atender a los pendejos que se enfrentan a los
toros. Si, todo es imaginación y lo sabes. lo que quiero, hermano, es que no
pierdas la conciencia, aunque los recuerdos te duelan mucho más que tus
entrañas. Fíjate que la ambulancia la pidieron a Montería y cuando llegue
estarás en el cielo. Y tú, hermano mío, eres el más grande de los pendejos. No,
tu sangre no teñirá de rojo la arena en la corraleja de La Victoria, pero tu
aliento se queda aquí hasta el fin de los días. Mueres en La Victoria,
Dominguito Pacheco. i Adiós, hermano! Permíteme cerrar tus ojos y, como a un
cobarde, ayúdame a derramar mis lágrimas para limpiar tu cara. ¡Adiós
hermano...adiós mi estimado enemigo!
N.E.
La Identidad real del
personaje fue la de Domingo Gómez Martínez, hijo de José Gómez y Saturnina
Martínez. Nació en Montería en el año de 1939. pero no pudo establecerse el día
ni el mes. Desde muy niño, por haber sido criado por su bisabuela Valentina
Pacheco, una de las afamadas bailadoras de fandango del Sinú, se le llamó siempre
como Domingo Pacheco. al que aplicaban el diminutivo de Dominguito. Creció en
los alrededores de la Plaza de la cruz o Plaza Chiquita, localizada en el
barrio Montería Moderna, en donde la vieja Valentina poseía una casa en la calle
37 con carrera 6 y a escasos sesenta metros de la Plaza Grande, donde se levantó
por décadas la corraleja del 20 de enero. Un toro lo golpeó en el pecho en la corraleja
de la Victoria, municipio de Montería, en 1956, destrozándole los órganos interiores.
Su agonía fue de unos treinta minutos. Inicio la fatídica carrera de mantero a
la edad de doce años en su pueblo natal, demostrando sapiencia en el manejo de
las muletas y los capotes.
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ADIOS AL “INDIO”
SALGUERO
Su corta edad y su baja estatura sirvieron para engañar a
muchos de los bravos de la corraleja. Lo vimos crecer. Siempre prevenido.
Siempre díscolo. Dispuesto a enfrentar a quien por muy viejo o por muy alto que
fuera le pisara sus terrenos. Con palabras groseras y soeces, anunciaba su
decisión de no dejarse apabullar. Contrastaba su belicosidad con la mansedumbre
de Segunda, su progenitora, que en los diálogos con las vecinas se preguntaba
por qué le había tocado en suerte tener un hijo rebelde entre los quince que
engendró. Pero como amigo, El Indio Salguero no tuvo con quién equipararlo. Se
mataba por defender el honor y sacar de problemas a quienes en su vida eligió
para brindarles su amistad. Por ello, entre la patota del barrio Obrero de
Montería, El Indio fue siempre bienvenido. Refrenaba sus ímpetus y se
contentaba con un grito. No le temía a ninguno, pero la patota lo recibió, tal
vez por haber nacido en la vecindad, como un buen amigo y allí se quedó hasta
que cada uno fue volando del nido a hacer el propio y él escogió el tenebroso
mundo de las corralejas. Fue su estrella polar, el final de la meta a seguir y,
con sus muletas y capotes viajó de pueblo en pueblo tras un caramelo que jamás
pudo saborear a pesar de tenerlo en la mano. Es que la gloria del triunfo cae
como llovizna en mañana veranera, que ni se ve ni se siente. Y teniendo el
caramelo las vicisitudes lo obligaban a citar a gritos al toro, a buscar en los
ojos del animal la decisión de ataque, en las pezuñas delanteras el impulso
hacia el enemigo y no podía entretenerse en la dulce sensación de la victoria.
Doce o trece años tenía El Indio Jesús Salguero cuando se
atrevió a bajar del vallado, arrebatarle a alguien una muleta y correr hacia el
toro que por su fiereza mantenía a una prudente distancia a los veteranos,
porque se trataba de un astado matrero, un toro rejugado como le gusta a los
que, si bien no lo proclaman, sus mentes y corazones se ponen acordes para
esperar, para desear mejor, que el animal
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ensarte en sus cachos al humilde mantero o al borracho
pernicioso. Es que ese es el caramelo de los que de corazón asesinan a la
plebe, al inepto vulgo, que espera un instante supremo, un relámpago de buena
suerte para clamar, ni siquiera para exigir, una compensación económica.
El Indio llegó a tan corta distancia del animal, que los
manteros desistieron del propósito de atajarlo. Y lo dejaron a la buena de
Dios. El animal se arrojó hacia el muchacho, más bien el niño, y éste hacia el
toro y quizás los dos se sorprendieron del resultado. El indio seguía vivo y el
toro volvió por sus reales, preguntándose tal vez, por qué no lo encontró en el
legar en que lo había esperado, mientras que el muchacho se indagaba cómo había
hecho para eludir el ataque. Y se miraron, frente a frente, y aseguran los
testigos que siguieron ataques furiosos y repelidos de parte y parte, porque
cuando el mantero incita al animal no hace más que atacarlo.
Y El Indio salió en hombros de la plaza y convertido, en
pocos minutos, en una figura de las corralejas, hasta que un día cualquiera
otro toro rejugado, mañoso, matrero, después de una intensa actividad en las
corralejas y como para castigar quien en desarrollo de la faena se habla
burlado de él, le asesto dos puñaladas matándolo en el acto en la más grande
corraleja, la de Sicé.
A la muerte no hay que buscarla, porque siempre está a
nuestro lado esperando con paciencia. El Indio había adelantado una buena faena
con ese animal. Fue su último espectáculo y al sentirse satisfecho, se metió a
una cantina debajo de uno de los palcos. Cuando departía alegremente, miró el
redondel y se sorprendió de ver al mismo toro en plena actividad. Salió y
apenas entró al ruedo, tropezó con una cuerda y al movimiento que hizo para no
caer al piso lo aprovechó el toro que se le fue encima, le dio un golpe con la testuz
y enseguida le introdujo el cacho por la yugular y el estómago, dejándolo
muerto instantáneamente. Se acababa
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una leyenda y como una ironía de la muerte, tres o cuatro
días después ese toro sirvió, lo último también de su largo historial de
muerte, para un trueque por un caballo. Era un toro negro, de cuernos cortos,
bajo y largo que ya no servía para otra cosa que para reproductor o para el
matadero. Eso valen los manteros: Un canje de cosas inservibles para los que
los condenan a morir en las corralejas y dejando un grupo de hijos y una
compañera en el más indigno abandono, porque nadie se acuerda más de ellos.
Nota: Jesús Manuel
Salguero Herrero, nació en el hogar formado por Tomás Antonio Salguero Santos e
Isabel Segunda Herrera Tapias. en el año de 1945, en el barrio Granada, zona
sur de Montaría. La familia, especialmente su progenitora a la que todos llamaban
Segunda y fue muy apreciada en la zona formada por los barrios Obrero, Granada,
Miraflores, 14 de Julio y otros. Fueron sus hermanos: Tomás. Margarita,
Antonio, Marín. Roquelina, Marleny, Isabel, Emperatriz. José, Nicolasa, Luis, Darío
y Deivis. Formó hogar con Ana Torres. Murió el 10 de septiembre de 1986 en la corraleja
de Sincé.
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LAMPARITA, VÍCTIMA DE
LOS ENANOS
Diez años de vida, o diez añitos como suelen decir ahora los
remedos de periodistas frente a los micrófonos, se desprendieron del vallado de
la corraleja en Corozal, una de las mejores de la época, para raparle el capote
a un descuidado mantero y correr a torear a El Enano, un fiero animal de propiedad del Ñañe Pérez.
Dos mantazos a la derecha y dos a la izquierda para volver
al vallado con el corazón palpitante, como si se tratara del émbolo de un motor
enloquecido, fue el inicio de la vida de mantero de Humberto Arcadio Barbosa
Hernández. El corazón buscaba salir del cuerpo del aventurero niño pero el
coraje, el valor, la decisión suicida, no daban entrada a nada que no fuera
haber demostrado que tenía, pese a su corta edad, unos cojones bien puestos.
Enfrentar a toros bravos es lo mismo que tornarse en
drogadicto. El cuerpo pide la droga porque sin ella se siente muerto. Y
Humberto Arcadio degustó la confrontación cara a cara con el peligro, con la
muerte encarnada en las astas de los loros como si se tratara de una droga
estupefaciente y no siguió viendo las corridas desde el vallado y se metió al
letal juego con la muerte. Probó mantear, le gustó y repitió. No con la
asiduidad que requería para perfeccionarse porque los manteros no veían más que
a un niño que ni siquiera había probado la que para otros hombres era el máximo
deleite: una mujer. Y si bien lo arrojaban de los grupos, el insistía en
meterse y rogaba que le prestaran una muleta o un capote.
En enero do 1965, cuando acababa de cumplir doce años, la
decisión no tenía reversa. A como diera lugar mantearía en la Plan de Majagual.
La generosidad de don Arturo Cumplido
Sierra, el día veinte, le mostró doscientos pesos para que se le metiera al
toro, sin tener en cuenta que se trataba de un niño. El toro La Escoba, al que los manteros
veteranos le hablan sacado el cuerpo, hacía de las suyas en el ruedo.
Deslumbrado por la oferta, ya rechazada por los expertos, le hicieron creer
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que se le tenía en cuenta y se le consideraba un buen
mantero, cuando en verdad era apenas un aprendiz, lo que se sumaba al anhelo de
triunfar en su propia tierra, le llevaron frente al animal. Alcanzó a darle
tres pases de capote cuando la velocidad del cornúpeta fue superior a sus
agilidades físicas. Era el segundo toro de la tarde y Humberto Arcadio el primer
herido del día. El cacho ripiao,
como califican las astas cuando están abiertas en varias partes, se le
introdujo dolorosamente como un punzón de los que entonces se usaban para picar
hielo. No tropezó con los huesos, pero las nalgas, al quitarle el pantalón,
colgaron sangrantes como si estuvieran descuartizando un marrano y 170 puntos
llevaron lo despegado a su puesto y el tratamiento en el hospital San Francisco
de Asís, se encargaron de resanar el trasero del muchacho. lo único que no vio
fueron los doscientos pesos de don Arturo, pero Humberto Arcadio miraba otras
cosas.
El toro era llamado
La Escoba pero no barrió al muchacho
de las corralejas y durante seis meses Humberto Arcadio sufrió las verdes y las
maduras en su humilde vivienda de la calle las Mercedes, en donde sus padres, José
Luis Barbosa Gil y Rosa María Hernández Montes, al no recibir ayuda de ninguna
clase comenzaron a sufrir cuando llegaban las temporadas de corralejas, porque
lo único seguro para el mantero es un ataúd de madera de desecho que, también generosamente, entregan los alcaldes
capándole a la fuerte erogación que se hace en la Tesorería Municipal para
mantener alegres a los de la clase dirigente, que durante los días de fiesta
bebe finos licores, consume sabrosas viandas y les queda en los bolsillos para
le feria de juegos horizontales en los prostíbulos de hoy, llamados moteles, y
en las putas de ayer que hoy reciben el pomposo título de pre pago. En esa
casa, el 22 de noviembre de 1952, nació Humberto Arcadio, que al regresar a la
actividad se sorprendió porque le habían colocado el apodo de El Lamparita, sin
saber por qué.
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El Lamparita saboreó en muchas ocasiones el dolor de un
pitón introducido a la fuerza en sus carnes. Y casi en todas ellas, la generosidad de los terratenientes y
ganaderos, así como de los batracios que se escudan entre los potentados para
aparecer como defensores de cultura y tradiciones, le brindaron cuidadosa
indiferencia a su estado de salud. Lo que había ahorrado en años de esfuerzos,
unos ciento veinte millones de pesos destinados para adquirir una parcela en
donde pasar los días finales de su azarosa existencia, sirvieron en un
cincuenta por ciento para atender la última hospitalización, al quebrarle en
varias partes la pierna derecha un pesado animal que le cayó encima en el
fatídico redondel sincelejano, escenario de casi todos sus percances de
torería. Un toro conocido como Piedra
Lipe, de Arturo Cumplido Sierra, que aprovechando el entusiasmo del
muchacho lo tomó como tentador de toros para medir en los corrales de Santa
Teresa su potencialidad en una plaza, que como fue costumbre de ese ganadero,
servían para seis o siete años de corridas en toda la costa. Don Arturo y sus
toros fueron el azote de El Lamparita. Al pedirle una ayuda a quien frentea los Asuntos de la corraleja,
éste le respondió: "Yo no soy dueño de toros, no tengo plata y tendría que
pagarte con mis nalgas". Lamparita se quedó mirándolo con la pierna y
parte de los glúteos enyesados y le respondió: "Lástima doctor que mi estado
de salud no me permita cobrarle". Invirtió cincuenta y nueve millones de
pesos en el tratamiento, la junta organizadora y una empresa supuestamente
creada para poder sacar fácilmente los dineros de las arcas municipales,
dineros quo se esfuman a la hora de rendir cuentas, le envió una limosna de
cien mil pesos. El resto de sus ahorros se diluyeron en un año inactivo,
primero por varios meses en el hospital y posteriormente en la residencia,
atendiendo los asuntos caseros, especialmente la asistencia de sus ocho hijos
engendrados en igual número de mujeres, pero con la misma herramienta, dice
mientras una sonrisa adorna tal vez sus recuerdos de hombre afortunado con el
amor de las hembras. Primero La Escoba, después el Enano, más tarde el Piedra
lipa, en Planeta Rica El Pollerín de
la ganadería de Arturo Berrio el 28 de febrero de 1986; luego en Purísima, El Sardina
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de Jesús Herrera, que pese a su bravura alcanzó a sacarle
seis muletazos el 25 de diciembre de 1988 y le dejó como regalo una larga
temporada en un centro asistencial. Sigue Sincé, con uno media casta de Adolfo
Támara el 13 de septiembre de 1991 y en la misma plaza, El Noni, de Francisco Támara de la Ossa, el 14 de septiembre de
2009. El Enano, en esta ocasión de Arturo Cumplido con el mismo nombre del toro
que le dejó el trasero como muñeca de trapo cocida por una aprendiz de
modistería, El Lamparita se vio obligado a dejar los ruedos. Ahora sigue las
faenas de sus compañeros o de las camadas de nuevos manteros.
Pero no todo fue ingratitud para El Lamparita. Gracias a su
actividad y su fama gozó del favor de las mujeres. Seis convivieron con él en
una misma época en diferentes lugares de Sucre y Córdoba. Miriam en Purísima,
Carmen Alicia en Corozal, Eunice en Sahagún, Carmen Alicia también en Sahagún,
Rosa en Sincelejo y Ana Isabel en Palmito, sin contar a otras cuya identidad no
quiere revelar a petición de los hijos que con ellas gestó y un número
considerable de aventuras nocturnas en cercanías de las corralejas de muchas de
las cuales ni siquiera recuerda sus nombres. Más o menos bien parecido, su
rostro es el mismo que surgió en Corozal cuando apenas era un chiquillo de doce
años que se enfrentó a El Enano con astas marfileñas y mal carácter.
No duda ni gaguea al responder la pregunta sobre en qué
zonas del Caribe se realizan las mejores corralejas: En Córdoba. Y justifica su
apreciación al destacar que, entre todas, su preferida es la plaza de Cotorra,
en el Bajo Sinú. "Allá te valoran el trabajo, te agradecen el aporte, te
regalan cosas, te atienden como debe ser atendida una figura de primera clase
de las fiestas. Te conceden premios y suministran vestidos y te invitan a
departir con el de arriba, el del medio y el de abajo En la Sabana, por el
contrario, te miran y te tratan corno basura, como un necio, un aparecido, un
hombre sin valor. Por eso, para mí, las mejores fiestas de corraleja se hacen
en los municipios de Córdoba, especialmente en Cotorra, en Cereté, Planeta Rica
y otras".
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No se siente frustrado, ni siquiera guarda rencor a los que.
sin meterse al ruedo a enfrentar un toro, ganan en cinco o seis días lo quo un
mantero de primera clase no logra en diez años continuos, siendo la verdadera
figura del espectáculo, la esencia de este y sin cuya participación no habría
fiesta, aunque esos Individuos no son más que mercaderes de muerte que se
apoderan de la vida de hombres míseros. Entre ellos y los vendedores de armas
para la guerra, se pelean por la caza de incautos.
Es una vida azarosa. Plagada de peligros, pero en donde la
mistad, la camaradería, la solidaridad y la hermandad, son la base de los que a
ella se meten. Compartí con los mejores manteros, banderilleros, garrocheros y
tumbadores de toros de mis tiempos felices. Ellos fueron mis padres, mis
hermanos, mis gratos amigos. Y las mujeres se desvivían por brindar al triunfador
de la tarde sus placeres íntimos, porque al que enfrente con valor a la muerte,
se le debe gratificar con amor. El día que me toque rendir cuentas, lo haré
satisfecho. Tal vez los que negocian con las corralejas no puedan decir lo
mismo, porque ellos saben que estafan a los artistas del ruedo. pero no nos
toca a nosotros juzgarlos.
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¿QUE ES LA CORRALEJA?
Parte I
Un espectáculo denigrante dejado como herencia desde la
época de las cavernas, que se mantiene gracias al espíritu violento de algunos
colombianos oriundos de una zona conocida y llamada Costa Caribe, con la que,
pese a la extrañeza de unos pocos, se remplazó el nombre inicial: Costa
Atlántica, que fuimos los únicos que quedamos con la fiebre. fomentamos,
auspiciamos y realizamos el salvajismo. Cosa rara: los que nacimos en la región
aludida, somos gente de paz. Mientras el resto del país se llena de sangre,
aquí apenas desde mediados del Siglo XX, animados por violentos venidos de
otros lugares, rompemos poco a poco nuestros propios sentimientos.
Si recordamos lo que escribieron los cronistas del encuentro
de dos mundos, que los españoles declararon descubrimiento para pasar luego a
la colonia y en estas calendas vuelven a jugar con las riquezas de la nueva
tierra, los tales no fueron más que un contingente de presidiarios, la mayoría
de ellos sentenciados a largas condenas o a la pena de muerte por sus
fechorías. Se requerían hombres desechables, como los calificamos hoy, para
realizar una aventura en busca de un camino para facilitar las transacciones
comerciales. Como a todas luces era una quimera, dentro de la concepción de que
el mundo no era más que una tabla mantenida en el espacio y que lo que llegara
a las orillas, cosas u hombres, se precipitaba al vatio y por tanto al
infierno, la gente cuerda no juzgó conveniente embarcarse a una muerte segura.
Solo los presidiarios aburridos.
Los desmanes, tos genocidios, la muerte de los nativos a los
que sacerdotes católicos "expertos" en la materia calificaron como
seres sin alma que podían matarse al igual que una gallina para el guiso, los
descubridores no encontraban cómo pasar sus ratos de ocio.
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Remedando las corridas de cartel en los circos, pidieron y
les mandaron, por no existir en América, toros bravos. Y en remplazo del circo
construyeron primero en los corrales sitios en los que guarecerse, para ver o
participar en las "corridas". Como se Inició en los corrales de los
fundos, llamaron al templo de la muerte como corraleja. La tétrica actividad
quedó en mano de los bramadores y circunscrita a las llamadas tierras
ganaderas. Y se regó por prácticamente todo el nuevo mundo, hasta que la gente
pensante que llegaba de Europa fue alejándola y quedó para deleite de pueblos
ignaros que nada representaban para España. la hoy Costa Caribe colombiana
sigue siendo, para su desgracia y su atraso, región ganadera.
La corraleja entonces, a medida que crecían las familias de
los delincuentes llamados "nobles", requirieron mayor espacio. Y lo poco
que se dejaba para que los pobres observaran las proezas de sus amos y
depredadores, sirvieron para levantar palcos, Hasta llegar, cuando se
comercializó el espectáculo a tener cuatro pisos, como en Sincelejo. Los
trabajadores de las haciendas, los esclavos, como nada valían, no se les tenía
en cuenta y ellos, voluntariamente, fueron metiéndose para hacerse matar en una
ofrenda de sus vidas al patrón.
De nuevo la Iglesia católica se hizo la indiferente y los ganaderos
comenzaron a buscar en el Santoral nombres de los santos para dedicarles las
fiestas. En San Benito Abad y en Sincelejo, la curia se beneficiaba grandemente
con la muerte de los campesinos, de los borrachos, de la gleba, del inepto vulgo,
de los miserables, de la carne de cañón que se salvaba de las furruscas de los
políticos, etc. Y aún hoy, son un número apreciable los que consideran que no
dejarles hacer la fiesta es una ofensa para Dios y para los santos.
La corraleja se tornó en un monumento a la muerte, al abuso
de los que poseen bienes de fortuna. Tablas y tablones, durante decenios
amarradas con bejucos y hoy con clavos y
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grapas, sirvieron y sirven para acoger a los obnubilados que,
tomándola como si se tratara de una hamaca, realizan sobre ella toda clase de
acciones peligrosas.
Favorablemente, según los amigos de la corraleja, ya algunos
ridículos luchan para que sea levantada en concreto rígido, para no repetir la
tragedia de Sincelejo en 1980, cuando se vino abajo y dejó, según la ponderada
tesis de las autoridades, solamente cien muertos, pero sin consultar a los
periodistas que aún guardan los listados entregados por la misma policía en
donde los nombres de las víctimas pasan de los setecientos. Quien fuera uno de
nuestros grandes amigos, Carlos Failache, a quien calificábamos como el
sicólogo de la patota del barrio Obrero en Montería, expresó un día que
"cuando uno quiere matarse o que lo maten y no haya llanto en el pueblo y
si acaso en la familia, métase a una corraleja. Es el único lugar en donde uno
se suicida y nadie le pone atención". Pero los marginados de los pueblos
de los hoy departamentos de Atlántico, Bolívar, Córdoba, Magdalena y Sucre son
la materia prima de los que se convirtieron en negociantes de la corraleja, en
comerciantes de la muerte de los pendejos, porque jamás los hijos de los
adinerados se meten a la arena y exponen sus vidas.
Eso, a grandes rasgos, es la corraleja.
Otro Si: Costa Rica es un país que nadie ha podido explicar
por qué se convirtió en meta de muchos colombianos, especialmente de la zona
del Caribe y preferentemente de Sincelejo. Hasta un presidente de la república
en ese país, ha sido descendiente de sincelejanos que allá se fueron en el
pasado buscando nuevos horizontes.
Allí, como se propuso recientemente acá, se usa una plaza de
toros de cartel, se introducen grupos de jóvenes y de uno que otro anciano,
uniformados y se arrojan toros bravos. Los capotes son tan pocos que parecen
banderas ondeando al
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viento y las muletas, un poco más, no se usan para nada. La concepción
tica es diferente. Grupos de jóvenes se colocan al frente de la puerta de los
toriles y esperan al animal e intentan detenerlo a la fuerza.
Hay días en que los heridos son tantos, que lugares
especiales de primeros auxilios no alcanzan para atender las urgencias. Todos
son felices y parece que esperan que un toro los envíe a la tierra de “nunca
jamás”.
Como en Colombia hay la tendencia a terminar con los
bárbaros festejos, los afiebrados por ella deben tener en cuenta estos datos,
especialmente si se es ganadero o soba espaldas de éstos: la fiesta se inicia
en la última semana de diciembre y termina la primera semana de enero, cada
año. La realizan en la localidad de Zapote, Distrito 5 del Cantón de San José.
También se le dice distrito josefino.
El certamen es llamado por los nativos "Corridas de
toro a la tica".
No hay problemas con las autoridades, porque allí, como en cualquier
país que se respete, las autoridades minimizan los resultados trágicos,
acolitados por la prensa.
No hay problema con la sangre de los locos que esperan como
Mártires que el toro les quite la vida, porque terminada la corrida grupos
especiales limpian el ruedo.
En fin, Zapote en Costa Rica debe ser considerado como el paraíso
terrenal, en donde la vida no vale nada. Lo "glorioso" es sentir bien
adentro una asta de toro bravo. ¡Qué felicidad!, diría La Manola, arrebatada
que vivió en Lorica, cuando Lorica era Lorica.
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¿QUE ES LA CORRALEJA?
Parte II
En un día cualquiera de un año olvidado, Tomás Torres
Correa, para ese tiempo uno de los más importantes hombres del comercio de
Sincelejo, recibió en su establecimiento Agencia Panam del Caribe, a un
colombiano nativo del interior del país, que vivía en Europa. El hombre es
arquitecto y estaba al servicio de la Organización de las Naciones Unidas —ONU—
y aprovechó una visita a su familia y se vino a observar el escenario de la
corraleja. El visitante quedó sorprendido de que una estructura de madera,
sostenida sobre perales endebles, amarrada con bejucos, alambres y clavos, se
elevara desde su base al techo en cuatro pisos para albergar a más de diez mil
personas, muchas de ellas en estado de ebriedad, bailando al son de la música
de bandas de viento y muchos otros pormenores.
Nos preguntó si nunca se había venido al suelo tan absurda
construcción, le señalamos casos ocurridos en corralejas como la de Rabolargo
en Cereté y el incendio de palcos en Montería, así como otros aparentemente
intrascendentes que teníamos registrados en el deambular con un micrófono entre
manos por numerosas poblaciones para narrar las "corridas", que se
habían olvidado o ignorado por quienes de un día para otro aparecieron
transformados en negociantes del espectáculo y a los que les importa un comino
la vida de los demás. Para ellos lo único que vale y pesa es el producido que
deja en sus bolsillos.
El hombre miró, revisó, tomó apuntes, realizó ecuaciones,
verificó manualmente la velocidad del viento, calculó el peso promedio de la
masa que atiborraba los palcos y sus alrededores y, en fin, que llenó varios
folios del cuaderno con lo pertinente. Por la noche, por no atraerle la
atención la
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fiesta, se encerró en la alcoba del hotel y con calculadora
hizo cuentas.
Al siguiente día nos informó que las autoridades de
Sincelejo debían reformularse los criterios y decidir cambios sustanciales
"porque la vida de los habitantes de un lugar reposa en las manos y el
buen criterio y decisión de sus autoridades, establecidas como dice la
Constitución colombiana, para defender la vida, honra y bienes". Como
siempre he sido atrevido y esa la razón para que algunos me tilden de arrogante y amargado, le comuniqué que era algo que, en Sincelejo,
especialmente, carecía de importancia. Habituaron tanto a los nativos al
asunto, que creía que, si se lo proponían, y ya entonces se insinuaba el
aumento de otro piso porque la demanda era excesiva y la corraleja no solo deja
dividendos a un grupo de negociantes de la vida de los demás, vampiros
sedientos de sangre de los pobres, sino que los políticos entraron a saco en
ellas. Aún no se hablaba de los paramilitares, pero ya existían y sembraban el
terror en los campos y a manera de mano negra, sacrifican al que les cae mal si
no encuentran quien les pague, que se apropiaron de muchas corralejas y aún
disponen de ellas como si fuera patrimonio familiar.
El hombre nos explicó sus estudios y nos pidió que
viviéramos preparados porque no demoraba la caída de la estructura endeble o inadecuada.
¿Pero a quién se le podía dar cuenta? A nadie, por muy importante que fuera el
estudioso, porque se le tildaría de envidioso, de enemigo gratuito, de perseguidor
del progreso y desarrollo de la
ciudad. Porque los negociantes de la corraleja la tomaron como si fuera una
universidad, lamentablemente los estudiantes
no son los hijos de los ricos de los pueblos donde se escenifican. Por eso son
estos hijos predilectos dele elite los que más gozan de la fiesta, porque lo que
gastan lo pagan los municipios. La única corraleja, pero sin toros, en que
penetran los hijos de los poderosos, son las instalaciones del club social del
lugar, en el que los manteros
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no pueden ingresar ni a lavar los sanitarios.
La corraleja es entonces el final de una fiesta de muerte
que se inició en los corrales de los fundos robados por los criminales
españoles que vinieron en los primeros años del encuentro de dos mundos. Ávidos
de sangre, de muerte, de vejámenes, situación que habían vivido en las
constantes guerras europeas, sin nada qué hacer distinto a robar y adquirir riquezas
que encontraron, les faltaba un sitio o una actividad para deshacerse de sus
odios y de sus amarguras. Pidieron y lo consiguieron, porque en el Nuevo Mundo,
no existían, toros de lidia para distraerse. Yen los corrales de las haciendas,
por cualquier razón, se verificaba un encierro. En los primeros años fueron
ellos mismos los toreros y después metieron a los indios, a las buenas o a las
malas. Tal vez por el criterio de que los indios, como lo afirmaba la iglesia,
no tenían alma y los negros carecían de personalidad, tomaron a los nativos
para enfrentarlos a las astas de los furiosos animales de deshecho que fueron
enviados. Entonces los descubridores
y los colonizadores se repantigaban
en lugares seguros del corral para ver los acontecimientos de la arena.
Los negros fueron penetrando en esos asuntos y muchos
resultaron buenos para la lidia, sin dejar de ser esclavos. No obstante, nos
preguntamos: ¿Quién conoce a un negro torero? Esos antisociales cuyos apellidos
ennoblecen y enorgullecen a los
blancos de América, porque las fiestas de toros y los entarimados semejantes a
las corralejas del Caribe colombiano, las levantaron a lo largo y ancho del
Continente y las establecieron como obligatorias, estimulados por el licor que
fabricaban los evasores de impuestos, que en el caso de Sincelejo lucharon para
no reunirse como pueblos organizados porque todos eran prófugos de la justicia,
encargaron a la “indiamenta” del espectáculo. Exponían alicorados en alto grado
sus vidas ante las fieras.
Poco a poco en otros países fueron acabando con el
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Sangriento entretenimiento, Solamente quedó circunscrito al
Caribe colombiano, en donde se entronizó la peor especie de los tatarabuelos:
ladrones, sicópatas, asesinos, que nos mandaron para formar lo que hoy se califica
como colombianidad pero que no tiene nada de nacionalismo.
Hasta la mitad del Siglo XX, en el solo municipio de Montería
se realizaban fiestas de corraleja en todas y cada una de las poblaciones.
Muchos dicen que veinte, otros que treinta. Igual ocurría, pero en menor
cantidad, en los demás municipios de Córdoba, En donde quiera que hubiera más
de dos gamonales, al onomástico de éstos se celebraba con una corraleja. Otros,
para poder evadir los impuestos de la corona española primero y de la república
después, las adaptaron para darle salida a los licores de contrabando.
Sincelejo, según los registros históricos, llegó a tener más zacatines que habitantes.
Lo que hoy conforma el departamento de Sucre, fue escenario de la bárbara
estructura, o mejor, de la barbarie de su clase dirigente.
El sur de Bolívar de Bolívar, parte del Atlántico, gran
parte del Magdalena, todo Sucre, todo Córdoba, la depresión Momposina, el San
Jorge, formaban una gran corraleja. Y desde entonces hasta hoy, los únicos
muertos son los de la gleba, los muertos de hambre, los desempleados, los explotados,
los marginados. Ningún hijo de rico se registra en la fatídica lista de
víctimas, si acaso se contabiliza por historiadores
de pacotilla, que haya muerto por una herida de toro en una corraleja. Es
cierto que han muerto corneados hijos de la élite, pero por razones distintas,
por descuido o por desconocer la fiereza de un animal. Los ricos hacen la
fiesta, pero son los pobres los que mueren.
Del corral se pasa a la corraleja. En un principio se dejaba
una zona de palcos para los de la incipiente oligarquía y el resto al
descubierto para los patojos que carecían de dinero para podar los puestos en
los palcos. Alguien se dio cuenta que se
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estaba perdiendo plata y los palcos se fueron extendiendo.
Ya las mujeres, los niños y jóvenes y hasta hombres del lumpen no podían
asomarse y entonces los hombres se introdujeron a los cuadriláteros. En estas
calendas, en un paso más de los traficantes de la muerte, el grupo de pendejos
que hace la fiesta debe pagar para entrar a la arena y exponer la vida. A tanto
llegamos, que los pobres mismos exigíamos que hubiera muertos porque "una corraleja sin muertos es como un
mote de queso sin queso".
Influyeron tanto que, en Sincelejo, por ejemplo, se cayó
como lo pronosticó el arquitecto al servicio de la ONU, la corraleja. Otra
innovación, "muy brillante y humanitaria", es la alambrada de púas
que garantiza que los que suben a palcos no tendrán molestias por parte de los
leprosos que deambulan borrachos en la arena. Pero todo sea por la grandeza del
espectáculo.
Las autoridades en cumplimiento de su sagrado deber
minimizaron la tragedia y apenas reconocieron que habían muerto destripados
bajo los palcos caídos, unas cien personas. Los periodistas que juiciosamente
trabajamos el caso, llegamos a conformar con los informes suministrados por la
policía, que fueron más de setecientos. Se suspendió la fiesta, pero los
padres, las madres, los hermanos, los hijos y demás familiares de los muertos,
pedían la corraleja. ¿Por qué no
suspenden los vuelos si los aviones también se caen? Con esa premisa,
también podríamos luchar para que, en defensa de las costumbres, de la cultura
primitiva, pudiéramos transitar desnudos y con los elementos reproductores al
aire. Pero si la cultura y las tradiciones son falsas, mal podríamos aferrarnos
a ellas para bañarnos, en días de calor, en la piscina del parque Santander, en
Sincelejo. Por algo, entonces, se dice que la cultura y las tradiciones son
falsas, y se acentúan cuando uno persiste en que no haya variaciones. ¿Pero
quién le dice eso a los negociantes de las corralejas?
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Volviendo un puco atrás, los ganaderos fueron hundiendo en lo
profundo de la selva a los toros bravos para garantizar que serían bravos o la
hora de presentarlos en las corralejas. Se pasó al jolón para que el toro
barriera con sus astas a los que ingenuamente se tiraban al piso haciéndose los
muertos. Cambiaron sin aviso previo los toros cebúes y criollos por los de
media casta y la mortandad fue considerable, pero se asentó y aumentó el
prestigio de las ganaderías. Es cierto que desde el descubrimiento hasta hoy
los toros de los ganaderos del Caribe no han sido utilizados en corridas de
cartel, pero sus propietarios los miman como si fueran de oro puro. Los
defensores de las tradiciones y la cultura, sin embargo, olvidan todo lo demás
que no sean cachos.
Nadie dice nada, nadie hace nada
para que, en otros aspectos de la vida de los pueblos, la música, por ejemplo,
se mantenga la original, la música autóctona. Por el contrario, hemos llegado
al punto que la dirigencia en Sincelejo, especialmente, distrae a los
asistentes a un festival folclórico de gaitas, de banda de viento, de pito “atravesao”,
con equipos de grandes dimensiones y alto poder que muelen música de otras
zonas. En los entreactos los artistas sabaneros, sinuanos, sanjorjanos, etc.,
son ignorados.
Como señalamos anteriormente, el solo municipio de Montería hacía
en promedio unas treinta corralejas, pero hoy son tan pocas, que los
negociantes de ella, los que disimuladamente son matarifes que se regodean de
físico placer entre las carnes desgarradas, la sangre derramada y la muerte se
vinieron al comprobarse que los ganaderos de Sucre, igual que el mote hicimos
referencia, tienen de todo menos queso. Y no tienen queso porque el ganado decreció
alarmantemente.
Esa es la corraleja, palabras más o palabras menos. O como
lo dijo nuestro compadre Carlos Failache:
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La corraleja es algo
muy bueno, porque es en la única parte en donde cada exposición de la vida
antes de acobardar aviva el coraje, en que cada cornada acrecienta la fama del
torero.”
Gracias a Carlos, conocimos el mundo arcano de las
corralejas y de sus artistas. Por eso recordamos a El Indio Avilés, hijo de
Sixta Cardozo que administraba una cantina en cada corraleja, la cual era
nativa de Sahagún; Oquimpo Romero, de Cereté; Otoniel Ochoa, de Cereté; no lo
conocimos personalmente y no hubo manera de establecer si se trataba del
progenitor de los hermanos los Barritos, catalogados como los mejores
banderilleros de su época y nativos de Ciénaga de Oro;
El Toche, un buen mantero que no llegó más alto por ser
borracho empedernido y loco por añadidura; a Manuel Pinto, de Sahagún; Pascual
Cermeño, de Cereté; El Mono Mejía, de Ciénaga de Oro; Francisco Reyes, de
Sahagún y uno suficientemente conocido en Córdoba y Sucre, El Tabaco, de gran
fama como excelente capeador; otra familia de Ciénaga de Oro, de cinco miembros
que fueron banderilleros y tumbadores de toros llamados Los Diablos Machos o
Los Negritos y cerramos esta relación provisional con Víctor López, nativo de
Punta de Yanes, del que aseguran compitió con honor con el viejo Calazans en lo
referente a tumbar toros. Ellos también son la corraleja. Mejor aún, la esencia
del espectáculo.
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DIFERENCIAS ENTRE
AYER Y HOY
Todo en el universo, hasta el ser humano, es materia de lo
que los estudiosos llaman evolución.
Es por lo que entre el remoto pasado, un pasado reciente y hoy, hasta el
planeta mismo haya cambiado. Los rastros dejados y la perseverancia de los arqueólogos
nos lo enrostran diariamente. Solo que la Iglesia, ahora multiplicada en tal
número que no hay edificación que se respete que no tenga una en el garaje al servicio
del dueño y ya los nombres se están agotando para bautizarlas, es la primera en
negar la realidad. Si el mundo evoluciona por sí mismo o es manipulado por
fuerzas exteriores, dejaría sin valor ni efecto a los textos sagrados sobre una
creación y una formación del ser
humano, traída de los cabellos, antes que aclarar confunde más al hombre. Si se
creyera a pie juntillas en los llamados libros sagrados, enfrentaríamos
situaciones delicadas para la comprensión. Cada una de las cosas controvierte y
confunde. La sola concepción de un llamado hijo de Dios nos somete a presiones
indebidas, porque como lo cuenta el cuento, para hacerlo como como dicen los
libros sagrados, debieron violarse normas elementales de convivencia ciudadana.
Pero el objeto de este trabajo no es religioso y rogamos a Dios, y en eso somos
celosos adherentes, que nos guie y nos permita hacerlo como debe ser
La lidia de toros bravos comentó en una fecha difícil de precisar,
pero parece que fue en la época de las cavernas, cuando el hombre, y ello le
permitió evolucionar cerebralmente, debió ingeniárselas para enfrentar a los animales
superiores a él. Y desde entonces nos están diciendo que si los trogloditas evolucionaron
¿por qué los ganaderos del caribe colombiano no lo pueden lograr?
Se llegó enterrar a los animales feroces en lugares adecuados
para analizar su comportamiento Y el hombre de
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las cavernas se dieron cuenta que podía hacerlo si usaba su
masa encefálica, porque el ingenio es superior a la violencia. En ese encierro
fue tanteando. Y en lo correspondiente a toros bravos, si no podía
domesticarlos, debía enfrentarlos y darles muerte. Y así lo hizo. Para la época
la policía no existía y por tanto sus estadísticas de muertes no se
seleccionaban entre naturales y producidas, ni menos si las producidas habían
sido con los puños, con garrotes, con lazos hábilmente utilizados para
ahorcarlos, o con hachas, machetes, lanzas, etc.
Establecidas las condiciones del toro, el cavernícola se dio
las mañas para atraerlo y verificó que el color, preferencialmente el rojo, era
un atractivo para el animal. Y desde ese instante, los utensilios para
provocarlos fueron de colores.
El encerramiento provisional debió encontrar a un
sincelejano como para que se cambiaran las estructuras y las condiciones. Los
demás trogloditas podían divertirse viendo a sus congéneres enfrentar a la
muerte si descuidaban la destreza. Pero el sincelejano se murió o desapareció y
no se llegó a proponer el levantamiento de un escenario para lidia de toros
erigido en cemento rígido. El ser humano prefirió el teatro, la poesía, el
canto, la música, la retórica, la pintura y otras expresiones espirituales
enmarcadas en lo que se llama Bellas Artes, desconocidas para los bramadores,
cuyo máximo deleite es ver un hombre esquelético por la desnutrición, ensartado
en los cachos de un toro y paseado por toda la arena que queda ensangrentada y
llena de excrementos que salen por sí solos de las entrañas de quien da su
último paseo en la vida, no en hombros sino encachado. Y si falta algo, la alcaldía
respectiva paga el valor de un hermoso ataúd, pero el que lleva la funeraria
apenas sí ataja los nauseabundos olores que brotan del cuerpo en
descomposición.
Desde las cavernas y pasando por las otras edades del
hombre, la lidia de toros se fue circunscribiendo a un territorio que ni es
europeo ni es africano ni es de ninguna parte, y por
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ello Miguel de Cervantes Saavedra habló de una zona
de cuyo nombre no quería Acordarse,
pero el hombro es necio, para animarse a sí mismo y dejar una
buena impresión entre las mujeres, fue, como los futbolistas de estos tiempos
que en el fondo son también toreros, confeccionando uniformes, como los segovianos,
los gallegos, los sevillanos, etc. No era una manifestación equivocada, menos
si recordamos que para ser marica se requiere un valor superior para que las
astas antes de producirles dolor los satisfagan, sino que se trataba de un alarde
personal. No bastaba el valor ante el toro porque las condiciones genéricas de
los que se enfrentan a los cornúpetas eran suficiente, sino un atractivo para
las damas. Y los testículos para mostrarlos por debajo del uniforme deben estar
tan aprisionados, que el uniforme amenaza con romperse en el punto vital. Y
pasaron al maniquí y a la similitud del vestuario femenino, las lentejuelas son
al torero como el pasto viche para el buey manso y viejo.
Del encierro entre piedras - ¡Gracias Señor por retener la creación
del cemento para mucho después! - se pasó al corral de los fundos. De allí a
los circos, en su mayoría de madera, pero los que no evolucionaron, sino que involucionaron,
los del Caribe colombiano no han traspasado los límites de la razón ni del progreso.
Aquí, por el contrario, se escucha la onomatopeya de la gallinácea que
bautizamos como cocá, que perece ir
por el patio gritando: Pa'trás, insistentemente.
O el elegante paso del cangrejo, que prefiere retroceder que enfrentar los
retos.
Al encontrarse dos mundos, los del viejo trajeron la recreación de las corridas de toros.
Las iniciaron en los corrales y luego fueron extendiéndolas. Ese es el máximo
aporte de los bramadores de la hoy capital de Sucre y quizás el proyecto que
más les maltrató la masa cerebral. Cambiar la humilde corraleja y sin variar
los elementos, llevarla a cuatro pisos.
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Sólo que el 20 de enero de 1980, todo el andamiaje se vino
al suelo y la mortandad fue tal, que se obtuvo a la fuerza la suspensión de la
fiesta hasta que los defensores de la cultura y las tradiciones insistieron en
convertirlas en negocio y volvió por sus reales. Nada infiere, pero no puede
descartarse que, en aras de la sana economía y el consecuente desarrollo y
progreso de Sincelejo, especialmente, los cultores de la tradición y de las
manifestaciones culturales, luchen para que todos volvamos al arte primitivo y
nos paseemos por esas calles de Dios con las herramientas de producción al
aire, especialmente en los períodos de fuerte verano en que a uno le brotan las
intenciones de bañarse en la piscina del parque Santander.
La modernidad de
la corraleja se refleja en varias cosas. Don Anselmo Ortiz, Gregorio Coronado y
sus hermanos y muchos otros del Sinú, la Sabana, el San Jorge, la depresión Momposina,
considerados y destacados como los mejores garrocheros de todos los tiempos,
deben revolver sus osamentas en los cementerios ante la realidad de que jamás pensaron
en tornarse rejoneadores. Ya los garrocheros no existen. Como si a un burro se
le alimentara con caviar, los que van montados en caballos de la actualidad se
ufanan en colocar rejones. Desgraciadamente para los equinos, los rejones que
pone el toro solamente los afecta a ellos, porque el rejoneador con su valentía
sale a toda velocidad hacia el primer refugio. No le importa el caballo y más
bien se solaza viéndolo correr y pisarse las entrañas hasta caer muerto.
A mediados del Siglo XX, los que aspiraban a ser personajes
en las corralejas, se ejercitaban con chivos o con vaquillas. Hoy lo hacen
imaginariamente. Y se sacrificó la calidad, pese a que el valor puede
considerarse el mismo porque enfrentar a un fiero toro no es chupar helados, y
no se ven faenas que adornen el espectáculo. Los que dan uno, dos o tres “trapazos”
y sueltan la prenda para huir, no pueden recibir el calificativo de manteros.
La demostración de carencia de aptitudes se
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muestra con el uso del capote y de la muleta. La muleta es
más corta y permite un pase rápido. El capote es difícil. Partiendo de su largo
y de su peso, apenas los veteranos lo usan con profesionalidad. Lo que no
cambia es la edad en que los jóvenes incursionan en la arena. Si se pudiera
analizar a profundidad el tema, tendríamos que desembocar ante la realidad de
que las condiciones económicas inciden en ello. Las banderillas son colocadas
más con miedo que con pericia. jamás de los jamases, en estos tiempos, veremos
un par de banderillas colocadas una junto a la otra, sobre el morro y erguidas
compitiendo con las astas. Por último, en estos momentos pocos conocen a los
manteros, banderilleros y garrocheros. Suenan durante el lapso de la
festividad. Para ellos se acabé la sapiencia de los taurófilos, de los narradores
y de los comentaristas taurinos y viven y mueren más bien en el anonimato.
Diametralmente diferente a los tiempos en que el hombre “corralejero” era la
figura a la que se rendían honores. Pero la Justicia y la equidad del pasado
murieron mientras el egoísmo de los que saben que tienen dinero y poder porque
viven del comercio de los toros bravos. Por allí hay una canción que habla de
un toro que mataron en Carrillo, municipio de Cereté. Apreciamos al autor de la
canción, pero no se puede hablar de que "lo mataron en Carrillo",
porque en las corralejas los únicos que hoy mueren son los muertos de hambre de
los tugurios.
Tal vez hubiera quedado mejor referido el asunto si se
hubiera dicho que el bravo animal murió del cansancio y de la vejez, luego de
ocho o diez años de sufrir las verdes y las maduras en los escenarios, víctimas
inocentes de la maldad del hombre. Los famosos de hoy son los ganaderos y sus
cuadrillas de sapos que asumen la representación del propietario de los toros,
en su mayoría, son más iletrados que los manteros. Y el último famoso es el
toro. Sobre todo, cuando se paga a los locutores para que le ensalcen. ¿Desde cuándo
los que asisten a las corralejas no ven un perro en el ruedo? Perros que han
luchado Contra toros bravos los hubo en cantidades. Pero los
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del lumpen que atiborra la arena, y aquí sí que no hay críticas,
para los ganaderos, terminaron por erradicarlos del escenario: a punta de
piedras, botellas o patadas. El animalito terminaba loco en el ruedo y por ello
se llegó a decir que alguien quedaba más "adolorido que perro en
corraleja".
Perdonen si no acertamos a configurar las diferencias.
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LAS CORRALEJAS
TAMBIEN SON MACONDO
La cornada adquiere en momentos una cara agradable, cómica o
se reviste cuando menos se espera, de un extraño y tenue Munir que lleva a
considerar que nos encontramos en otra dimensión, en donde el drama se torna en
comedia. El desenlace fatal nos deja con el corazón en la mano y preguntándonos
qué fue lo que realmente ocurrió.
Pensar que un hombre se libra de
la muerte por calzar mocasines y no zapatos de cordón, que en medio del terror
porque el toro se vuela de la plaza y recorre la parte exterior de la misma en la
que cientos de personas se dedican a las actividades de negocios e ignoran que
ha salido y el animal, sin envestir a los transeúntes llega a un expendio de
guarapos con hielo y tranquilamente mete el hocico en el tanque y calma la sed.
O del marica Francisco, el vendedor de
quibbes, que distraídamente modela el manjar de los árabes para luego introducirlo
en el caldero con aceite hirviendo, alza la cabeza y ve frente a él al toro
bravo do los hermanos Banda. Con un valor de altos quilates, Francisco mira al
animal sin abandonar su tarea, y como si se tratara de otro ser humano, le
dirige la palabra y le indaga cómo se encuentra y le invita a reposar del duro
ajetreo en la arene. Cuando llegan los vaqueros y enlazan al animal, este ni
siquiera se resiste y se deja llevar tranquilamente al chiquero. Ni qué decir
del mocaricero que en Cereté le dio la vuelta a la plaza huyéndole a un fiero cornúpeta
de la cría calumera que lo persigue sin tregua; al establecer que ya los
fuerzas no le dan para más se tira al piso para hacerse el muerto y el toro,
antes que cornearlo, se detiene a su lodo hasta que llegan los manteros y
logran trasladarlo a otro sitio para facilitar al perseguido encontrar un lugar
seguro. Fue como si el toro jugara con la vida de ese hombre como si quisiera,
antes que matarlo, demostrarle que los animales parece que en ciertos momentos
fueran dotados del soplo divino que le proporcionó al ser humano el uso de razón,
que ellos los animales, si lo quisieran, se
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transformarían en vándalos, como en el mismo escenario los
valientes hombres de antaño pasaron a ser relevados por una montonera
irresponsable. O de cientos de borrachitos necios que, con una hoja de
periódico, un pañuelo o un pedazo de cartón, han salido indemnes, pero como
Dios los envió al mundo: sin camisa ni pantalones ni pantaloncillos.
Precisamente, un toro de los hermanos Padilla de Cereté, fue
bautizado por los espectadores en la corraleja de Ciénaga de Oro con el gráfico
nombre de El Cuchilla, teniendo en cuenta que, durante la corraleja del seis de
enero, dejó en físicos cueros a cuatro borrachos y dos manteros que se le
enfrentaron. Cortó sus vestiduras, pero no la piel. El hecho más espectacular,
inaudito, ocurrió en Sincelejo. La presencia del señor Adriano Barón, en un
palco de la corraleja de la plaza de Majagual era inevitable en los días de
toros en las fiestas del 20 de enero. La pedantería de los hijos de papi y
mami, su desvergonzada actitud de creerse amos y señores no sólo de sus
haciendas sino de la vida de los pobres, en las fiestas de corraleja son esos
privilegiados de cuna los que rompen el orden y cometen toda clase de
tropelías, se introducían en la arena a formar escándalos y guachafitas. La
corraleja era de tres pisos y don Adriano Barón ocupaba siempre un puesto en el
segundo piso. Allí estaba y fue sorprendido por tres individuos, miembros de
las familias Romero, Benítez y Tous, de Sincelejo, San Pedro y Tolú y
realizaron actos violentos, hasta el punto de tomar a don Adriano y lanzarlo
desde el segundo piso a la arena ocasionándole fracturas que lo llevaron,
baldado, a la cama por varios meses. Cuando volvió a la plaza, le repitieron,
los mismos tres, la misma dosis sin que alcalde, comandante de policía,
policía, los progenitores de los vándalos, hicieran nada. Don Adriano decidió,
ante la abulia de las autoridades, no asistir más a la corraleja. Llegada la
fiesta, no fue a ninguna parte, y como solía hacerse en aquellos tiempos de
paz, se sentó a la puerta de la casa y encendió un radio de pilas para seguir
las transmisiones de las tardes de toros. Se enteró que un toro se habla volado
de la plaza, pero no se alarmó. En aplicación de los
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sobreentendidos, estimó que el fugado sería enlazado por los
vaqueros y llevado al toril, Además, su residencia estaba a casi veinte cuadras
de la plaza, en un vetusto caserón que hoy sigue en pie, pero rogando que al
fin lo derriben, frente a una sucursal de Olímpica en la calle Cauca. El toro
apareció repentinamente ante sus ojos y sin preámbulos lo embistió varias veces
produciéndole heridas de gravedad, que por poco lo conducen a la tumba. Don
Adriano no hizo más que convertir en realidad el viejo chiste del tipo al que
un brujo le vaticinó que morirla a consecuencias de una herida producida por el
cacho de un toro. Para burlarse de la muerte, se fue a vivir en medio de un
desierto y un día que vagaba buscando agua tropezó con una piedra y fue a caer
sobre la calavera de un loro prehistórico que la arena mantuvo tapado quién
sabe por cuantos siglos. Es decir, que murió por una herida de cacho como lo
había pronosticado el brujo.
Don Adriano, ahora sí, apartó por siempre de su mente la corraleja
y no lo vieron más en ella. NI siquiera escuchando las transmisiones.
Pero la jocosidad en la corraleja es menor que los hechos trágicos.
Es un sitio destinado a la violencia y a la muerte. ¿Quién espera que un hombre
pueda morir corneado por un toro bravo en una carretera de mediana circulación
de automotores? Pero ocurrió. Eugenio Sánchez Juliao, hijo de don Eugenio Sánchez
Cárdenas, quien fuera dirigente político, terrateniente, ganadoro, propietario
de una emisora y otra diversidad de negocios, progenitor también de David, un consagrado
y popular escritor, viajaba con la familia de Montería a Lorica antes de la
medianoche y encontró que en mitad de la carretera un vacuno acostado
obstaculizaba el tráfico. Se bajó a echar al anime del camino para poder pasar
y resultó ser un toro bravo escapado de la corraleja de Cotorra, de propiedad
de los Barguil. Era un sábado de Gloria y Eugenio, en el momento gerente de la
lotería de la lotería de Córdoba, ayudó a unos turistas del interior del país
que habían chocado con el animal y cayeron a la cuneta. Los turistas
continuaron el viaje hacia las
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playas de Coveñas y el cortó ramas de árboles de una cerca
medianera y cuando se acercó al toro éste se levantó inesperadamente y lo
corneó vanas veces dándole muerte ante la mirada desconcertada de sus familiares.
Y veamos otros casos: Don Julio Castilla vivía en la llamada
calle del ganado en el barrio Botero de Sinedrio y un año, como lo hacía en las
fiestas, entró a la arena y un toro le produjo varias heridas. Al volver la
fecha del veinte de enero, Castilla no pudo asistir y se quedó en su
residencia. Un toro se fugó de la plaza de Majagual, buscó la ruta por la que
lo habían traído, encontró abierta la puerta principal de la vivienda del
convaleciente y se metió; al ver a Castilla lo atacó propinándole varias
heridas que le produjeron la muerte.
Son accidentes, cosas imprevistas. Y a veces no tanto. En la
cabecera municipal de Galeras los muchachos se habituaron a buscar cómo subirse
a los lomos de los toros de raza cebú que en aquellos años se utilizaban para
las fiestas, imitando los rodeos del viejo oeste norteamericano. El goce era total.
Sin decírselo a nadie, los ganaderos cambiaron los cebúes por toros de media
casta. Y vino la tragedia. varios muertos y muchos heridos que llenaron de
satisfacción a los ganaderos que con su previo silencio engañaron todos y
vieron correr la sangre y la muerte de los pendejos, que es la meta de los que prohíjan
el espectáculo y alientan los sueños de toros bravos.
En los primeros años de la década de los cuarenta del siglo
pasado, existió un hombre al que todos llamaban Conce, indudable e
indiscutiblemente uno de los asistentes más necios al cuadrilátero de la Plaza
Grande de Montería durante las fiestas de las corralejas del 20 de enero.
Un año, en medio de la complacencia familiar que tanto se lo
había rogado, anunció que no volvería a la plaza. El Primer día se la pasó
acostado en una hamaca de las que las tejedoras llaman lampazo, que colgó debajo de dos frondosos árboles de mango de
puerco. Ni un solo trago de ron; se mantuvo en
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un diálogo con su mujer y sus hijos hasta que la noche se apoderó
del cielo de la Perla del Sinú. El segundo día transcurría sin problemas, pero
un toro se salió de la plaza. La mujer de Conce dedicó ese día a lavar le vestimenta
familiar y colgó las piezas de ropa que tal vez, por el colorido, llamaron la
atención del toro que buscaba la ruta hacia la hacienda donde nació. Se metió
al palio en el barrio Nariño y el movimiento de la hamaca le llamó la atención
y fue a enfrentar lo que tal vez fue un reto para él y le dio más de cuatro
cornadas a Conce, dejándolo muerto en la hamaca.
Hay hechos que merecen un tratamiento distinto al que recibieron.
En la que se llamó época de la violencia, un veinte de enero ricos ganaderos de
Cereté prepararon un encierro de clase media con toros casi blancos, de baja estatura,
pero largos, medianamente engordados. las astas brillaban al sol como si fueran
de nácar. La forma en que en el toril buscaban algo sobre el piso, permitió
asegurar que eran toros “joloniados”. Es decir, adiestrados a buscar a sus víctimas
abajo para cargarlos con las astas. Jolón llaman los campesinos del Caribe a un
recipiente elaborado con juncos dentro de los cuales colocan carga liviana y lo
aseguran con cinchas a los cuerpos de asnos, caballos y mulos. Al decir que el
toro es joloniado se afirma que al animal le colocaron un jolón en la cabeza y trata
de quitárselo por lo que debe bajar la cabeza y barrer con la cornamenta el
suelo, Al salir a la plaza, si encuentra a alguien acostado en el piso lo
entiende como un jolón y torre a meter las astas para apartarlo. La víctima de esta
treta criminal, sobre la cual ninguna autoridad civil o religiosa se ha
pronunciado en los más de quinientos años de historia de la fiesta brava, que en nuestro caso debe
calificarse como fiesta asesina, sufre heridas de todo tipo.
Necios corno fuimos en la materia, sin llegar a la docena de
años burlábamos bien temprano la vigilancia de los policías Merlano, Aguirre y
el popular Mano Pello, hombres conocidos y apreciados por la sociedad
monteriana y que ninguna participación tuvieron en las criminalidades de la
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popol o de los chulavitas, a sabiendas que al volver al
hogar recibiríamos el castigo merecido, subíamos al vallado a pocos metros del
palco de la junta organizadora, que pese a los rigores de la violencia era el
menos vigilado porque la forma de lucha en esos tiempos estaba lejos del juego
traidor y de los artefactos explosivos y los ataque entre los contendores se
hacían directamente, frente a frente.
Comenzaron a jugarse los toros a eso de la una de la tarde.
Cuarenta o cincuenta animales que dieron la pelea a los manteros. Pero llegó el
momento fatal. Los toros iniciaron la sangrienta tarea y los heridos caían de
uno a otro lado de la arena. Borrachos, necios, así como banderilleros y
manteros los sacaban a las volandas y conducidos por voluntarios que corrían de
la puerta de la calle 36 con carrera cuarta, tomaban luego por la carrera
segunda y se dirigían al hospital San Jerónimo, empataban con la avenida
primera o 20 de julio más allá de la calle once, hoy veintiuna, y pasaban lo
que más adelante se bautizó como carretera circunvalar para llegar al centro
asistencial. "No alcanzan los médicos" informó al alcalde un voluntario
que regresó y se llamó a los galenos que seguían las incidencias del
cuadrilátero desde los palcos para que prestaran su concurso en la asistencia
al elevado número de víctimas.
¿Cuántos heridos? No lo supimos porque el miedo se nos metió
en el cuerpo, bajamos del vallado y nos fuimos para la casa localizada en la
misma calle 37 con carrera diez, es decir, a cinco cuadras.
Al siguiente día y desde los cuatro puntos cardinales de la
ciudad, entonces un pueblo grande,
los comentarios y las protestas subían de tono, indignados los liberales.
Aseveraban que los García habían preparado el encierro para matar liberales
dentro de la corraleja, como si los toros tuvieran entendimiento y pudieran
cumplir el siniestro plan como cualquier sicario de estas calendas. Y no
obstante ser un absurdo, los dirigentes liberales se mostraron indiferentes y
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no sacaron a sus militantes del error. A ellos les servía en
la lucha partidista. A los pocos días nadie se acordaba del asunto y solamente
quien escribe lo grabó en su mente para siempre. Quienes no han entrado jamás a
la arena para recibir algunos sustos, una "levantada" entre las
astas, o una herida, o llenarse de terror ante la realidad de la presencia de
la muerte, aparecen como denodados defensores del espectáculo. Tal como lo
resaltamos en otro lugar de este trabajo, en estos mal hilvanados recuerdos
propios, de amigos o de extraños que viven inmersos en la corraleja, no pueden
entender la despedida que mentalmente hace el hombre bajo los ataques furiosos
de un toro bravo. Son momentos en los que uno se pregunta para qué se mete
allí, momentos en que, como cualquier contador público, revisamos los folios de
los libros de nuestras cuentas de vida terrena para responder a los
cuestionamientos que se nos hará, aseguran los religiosos que aún no han
muerto, en un tribunal en el que se juzga lo que fue nuestra existencia.
Experimentado en años de corralejas, en las arenas de los
pueblos, agregamos algo más de quince años guindados como micos necios en los
palcos para narrar, micrófono en mano, las incidencias de una tarde de fiesta y
de muerte, se nos brindó la ocasión de ser nombrado funcionario del DAS en un
cargo de mucha responsabilidad. Y el veinte de enero siguiente, siendo a la
sazón jefe del organismo de inteligencia en Córdoba un pereirano cuyo nombre
mantendremos en el recuerdo por su bondad y por la manera en que nos
proporcionó conocimientos especiales sobre manejo de circunstancias políticas,
criminales, etc., así como el trato con compañeros provenientes de distintos
lugares del país, don Diego Nicholls Vélez, que no entendía el tipo de fiesta
que se realizaba, me comisionó para representarlo en la junta respectiva. Me
codearía con la flor y nata de la riqueza y el poder de Montería, muchos de
ellos amigos de farra, de enfrentamientos deportivos, de momentos de
entretención. No era ni poder, ni clase social ni riquezas, porque si ellos
habían nacido en el cielo nosotros brotamos de algo más abajo del infierno.
Pero
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éramos amigos. Subí al palco de la junta y antes de media
hora el aburrimiento había llegado al máximo, para agregar que una botella de
fino licor, por carencia de vasos, pasaba de boca en boca. Y me daba asco. Y me
preguntaba por qué no invitaban mujeres, para siquiera pensar que la botella
llevaba el sabor y aroma de una fémina. Mi gente, los que conmigo nacieron en
el mismo barrio, crecimos, nos metimos a la corraleja y, en fin, cumplimos una
vida aventurera, estaban abajo, en la arena, dándome la lora a gritos y
asegurándome que se me pelaría el culo si me sentaba con los ricos y que la
plata no se me pegaría. Bajé del palco presidencial y me introduje a la arena.
Bien pispo y bien majo como dice el verso de Pombo, y me pavoneaba orgulloso
por la pinta de primera clase que llevaba mientras me dirigí al lugar en donde
estaba el grupo con el que había compartido cientos de aventuras, que no era
otro que el de la patota del barrio Obrero. Veterano de mil batallas, miré
hacia los palcos. En la arena, con el estruendo de gritos, risas, guapirreos,
música de bandas, entre otros, es poco lo que se oye. Pero se aprende a oír de
otra manera. Las orejas no sirven para nada. Allí, en medio del peligro, es la
intuición, el presentimiento y la vista. Con los ojos no sólo se mira, también,
aunque parezca absurdo, se oye y se comprenden los mensajes. La gente de los
palcos me estaba avisando que el toro me atacaba. No perdí tiempo
comprobándolo. No se requería. La necesidad era diferente y emprendí carrera y
al correr unos veinte metros miré atrás y el toro llegaba a mí a gran
velocidad. Pasábamos en ese instante por lo que normalmente era el frente de la
casa de los hermanos Sáenz mientras el animal, tan cerca, pegaba el hocico
sangrante a mi espalda.
Llegue a la carrera quinta y doblé hacia la calle 37 creyendo
que podría embolatarse ante el llamado de los manteros. Pero no paró. Toda mi
vida he sido gordo. Tal vez en los lejanos años y cuando llegué a la etapa de
transición de niño a joven, calificada como la del desarrollo, fui alguna vez
delgado. Al doblar hacia la carrera cuarta por la treinta y siete comencé a
sentir el cansancio del esfuerzo. Decidí entonces hacerme el
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muerto y me lancé al piso y quedándome quieto el animal paró
la carrera, me miró unos segundos y no se tragó la píldora y se fue contra mí,
bajó la cabeza, metió el cacho, me atravesó la camisa por la axila y
posiblemente por ser nueva y de buena calidad, resistió el tirón y volé cayendo
a menos de un metro frente al animal. Persistí en aparecer como muerto y el
toro volvió a la carga, casualmente el cacho pasó por mi axila derecha y me
lanzó con más fuerza. Caí y me quedé quieto pero el toro no. Volvió a
levantarme por el lugar en que había metido su cuerno las dos veces anteriores
y me di por muerto. Sabía que la camisa no resistiría un tirón más, pero ya los
manteros, banderilleros y mis propios amigos, se metieron, engañaron al toro
con sus muletas y capotes y encontraron la forma de sacarme de la peligrosa
situación, y Ramiro El Pingüino
Naranjo me echó al hombro como a un saco y emprendió la carrera a la que se
unieron muchos otros voluntarios para conducirme al hospital. Encima de los que
me llevaban gritaba que no estaba herido y me respondían que así lo afirmaban
todos los heridos, hasta que al llegar a la parte trasera del edificio llamado
Palacio Nacional y en la esquina de la fábrica de gaseosas Diamante, accedieron
a revisarme y comprobaron que efectivamente, había salido ileso. El desencanto
fue total y también a las carreras, para no perder tiempo, regresaron al
cuadrilátero. Uno de ellos se quedó mirándome y me dijo:
-Lelis, tú eres un hombre de buena suerte. No hay dudas de
que el toro te metió el cacho, aunque no botes sangre, mi hermano, pero como
los pajaritos, debajo de la cola llevas el hueco.
Nunca más he bajado a estar en la arena de una corraleja,
donde los de la gleba entregan sus vidas para complacer la sed de sangre y el
apetito de muerte de ganaderos y los que los rodean.
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LOCOS EN LA ARENA
En los relatos de las corralejas salen a relucir con
frecuencia dos hombres que calificados como locos se enfrentaron a los toros.
El uno monteriano, fue más loco que mantero. El Loco Doria. Amigo de ricos,
medio ricos y pobres, sus travesuras fueron centuplicadas y resaltadas,
especialmente las atinentes a su función de mantero. A Sincelejo, por ejemplo,
llegaba el quince de enero y cinco o seis días después de finalizada la
temporada del Dulce Nombre de Jesús, aún pedía a sus amigos una cuota para el
pasaje de regreso. Un incordio que todos soportaban porque, sin discusiones, El
Loco Doria fue hombre de anécdotas chistosas, de jugarretas, de encendidas y
enfurecidas peleas, pero capaz de cumplir con seriedad las encomiendas, aun
tratándose de dinero. Prefería pedir que robar.
El otro, el Loco Ramos, si no se hubiera sabido que nació en
Sabanilla, Sahagún, podría asegurarse que nació en una corraleja. Precoz en el
asunto, entremezclado y en contacto permanente con manteros, como que el
corregimiento de Sabanilla fue la cuna de una cantidad apreciable de manteros,
así como San Pelayo, Ciénaga de Oro y Chochó lo son de músicos, fue tal vez el
más niño de los manteros conocidos que se enfrentó a un toro bravo antes de los
doce años.
De plaza en plaza, Ramos fue ascendiendo en la tabla de
hombres importantes de las corralejas. Carecía de estilo, pero lo suplía con
osadía, con valor, con coraje. En veces con desplantes que se le criticaban
porque exponía la vida sin necesidad.
Le conocimos en la plaza de Cereté en las fiestas de La
Candelaria. Allí se escenificó uno de los combates raros entre dos familias
árabes, poseedoras de inmensas fortunas: Los Barguil y los Calume, cuyas
cabezas tenían el mismo nombre: Milad. Personalmente fuimos más amigos de los
Calume que de los otros, pero el tiempo y las peripecias del destino dieron
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larga vida a unos, mientras que Milad Calume falleció una
tarde a un lado de la corraleja sin que se entendiera qué había ocurrido como
para producirle un infarto que lo destrozó interiormente.
En una ocasión, Miguel Gattas Julio, periodista deportivo
que llamaba al loco Doria para que lo ayudara en las temporadas de gallos,
pactó con unos “palmiteros” el encuentro de un nativo con El Loco Doria, apuesta
considerable de por medio, para establecer cuál de los dos comía más y rápido.
El reto fue aceptado y Doria juró que ganaría así se muriera de una mala
digestión. Al iniciarse el duelo, Doria llamó a Gattas a su lado y
confidencialmente le dijo al oído y en voz baja: "Migue, nos jodimos, este
tipo es un veterano en esto". La razón es que Doria sacó del bolsillo del
pantalón una cuchara de totumo con pequeñas perforaciones con la cual tomaba
del recipiente una porción de arroz bien caliente, le daba un soplo y el vapor
salía por esos huecos. Pero su sorpresa fue grande, cuando el otro, de dentro
de una mochila que le colgaba del hombro, metió la mano y sacó también una
cuchara similar.
La concurrencia seguía de cerca cómo los dos hombres metían cucharas
y dedos en los recipientes en que estaban las viandas las dirigían a sus bocas.
No masticaban, tragaban. intempestivamente los apostadores se reunieron a un
lado y acordaron dar por abandonada la apuesta porque si los dos mantenían el
ritmo, los demás no encontrarían nada para el desayuno. Habían engullido seis
libras de carne, seis huevos fritos, seis en revoltillo y seis en ensalada de
papas, media libra de arroz cada uno, un queso de dos libras, una totuma de suero
atolla buey, una palangana de chicharrón con yuca “macayepera”, dos tazas de
café con leche, una de chocolate criollo y para refrescar, una jarra de agua de
panela con limón y hielo.
El loco Ramos se hizo nuestro amigo. Abandonaba a sus compañeros
de actividad para estarse a nuestro lado llevando cables, motores, micrófonos y
demás parafernalia que para la
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época se utilizaba en las transmisiones fuera de los
estudios de la respectiva emisora.
Y volvimos a encontrarnos en enero de 1973 y, como si no
hubiera pasado el tiempo, departimos como antes y ahora junto a El Indio
Salguero El Pingüino Naranjo y otros conocidos. Eran parte de ese grupo que
comenzábamos el primero de noviembre y nos despedíamos el domingo de
resurrección, cuando finalizaba el periplo de las corralejas y en las que
viajábamos de plaza en plaza como gitanos en su aduar, para ellos torear y
nosotros, a través de las ondas hertzianas, describir las ocurrencias de las
fiestas. Personalmente me consideré como una bandera que ondeaba en los palcos
para captar lo importante del espectáculo. Comentamos entonces las incidencias
de nuestras vidas, Ellos frente a los toros y nosotros en una actividad
diferente pero plagada de sinsabores y peligros, porque uno sabía que se
levantaba de la cama, pero no si volvería a ella a descansar o a ser observado
por los curiosos que andan a la casa de los actos violentos para tejer cábalas.
Ya el Indio Salguero no era el niño que dejamos lidiando chivos bravos en los
alrededores de los barrios Obrero, Granada, Miraflores, 14 de Julio o La Granja
en la zona sur de Montería sino un personaje de primera en las corralejas,
mientras que El Pingüino Naranjo se aprestaba a entregar los trastos a una
figura nueva, porque los años no vienen solos y ya sentía pérdida de agilidad,
de visión y hasta de voluntad ante animales que habían marcado, junto con los
bates, las manillas y las bolas de béisbol, toda su existencia.
Y concluimos, sin decirlo, que El Loco Ramos también había
avanzado demasiado en los ajetreos taurinos. A pie “pelao”, como le gustaba
enfrentarse a los toros, ya en ese entonces de media casta, porque los
criollos, aunque tenían bravura y hacían y dejaban hacer el juego en los
redondeles, no regaban la sangre de los de la gleba. La sangre derramada, las
entrañas al aire libre y la muerte en los cachos, son la esencia de la fiesta
para los ganaderos. Solamente si hay muertos o heridos graves en cantidad
apreciable, se puede alcanzar una vil copa de
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distinguen al que es bueno. De paso, ¿alguien conoce a un negro
que haya descollado en los circos?
Esas diferencias convierten al primitivista mantero como el principio
de la tauromaquia. Y a ello, agregado lo de la negritud, impedirá que se hable
de un torero que pueda ufanarse de ser mejor que El Polvorín, que se enfrentaba
a los loros y se enredaba con ellos en medio de un torbellino de polvo que los
hacía invisibles y que se despejaba cuando el mantero emergía indemne de la
densa polvareda al tanto que el animal reposaba del intenso ajetreo. Dos o tres
actuaron similarmente, según las leyendas, y se habla de un mantero en la plaza
de Rabolargo, municipio de Cereté, que no salió de la polvareda porque el toro
era el diablo mismo que se encargó de llevárselo para el infierno.
¿Por qué a los de las plazas de toros los llaman toreros y a
los de la corraleja manteros, si cumplen una función parecida? Quizás por el
utensilio principal con el que ejecutan su oficio. En el principio de la fiesta
traída por los descubridores y colonizadores españoles, a falta de capotes y
muletas se introdujo la manta. El torero usa el capote y el corralejero la
manta, que cuando reinaba la autenticidad y la fiesta se organizaba para
celebrar el onomástico del patrón o la fecha del santo patrono, se le regalaba
a los que tenían la encomienda de lidiar los toros bravos. Convertida poco a
poco la fiesta en un negocio en el que participan unos pocos, los toreros
voluntarios recurrieron a comprar sus propios utensilios, en donde los
elementos de muerte qué utilizan los españoles aún no han podido penetrar entre
nosotros. Es necesario resaltar que fue el monteriano Melanio Murillo, en su
época de novillero porque después pasó a picador y sobresalió en ello en las
mejores plazas de toros del mundo, el que primero usó un capote en una corraleja,
como lo afirma Donaldo Vergara, el popular Mago Doney, un sincelejano que fue
afiebrado de este tipo de fiesta, mantero en su mocedad, compañero y parte de
la cuadrilla de Melanio en las corridas de cartel. Asegura que por allá por los
años cuarenta del siglo
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pasado, en unas fiestas en honor de San Rafael, santo
patrono de Chinú, Melanio llegó a la corraleja con un capote de circo.
"Varios animales salieron a la arena y Melanio apenas los observaba, hasta
que salió uno, abrió el capote, nos dio instrucciones para recoger con él la
contribución de los espectadores, con el compromiso de que los billetes eran
para él y las monedas para los demás de la cuadrilla, fue hasta el frente del
toro, lo citó y le realizó una tremenda faena.
Los cuatro que cargamos con el capote casi que no podíamos
llevarlo de un lugar a otro, tantas fueron las monedas que sobre él cayeron
desde los palcos. En una fiesta posterior, Melanio y El Negro Pautt, repitieron
la escena y al poco tiempo, todos los manteros tenían un capote".
La camisa, la toalla, el mantel, la sábana, la manta, la
hoja de periódico, el pedazo de cartón, quedaron para los borrachitos necios,
que en estas calendas y dentro del proceso de modernización y humanización de
las corridas criollas, deben pagar para poder entrar a los ruedos y exponer la
vida para complacer a los defensores de las tradiciones.
Lo que vamos a decir debe quedar anotado como una realidad
porque fueron numerosas las personas que escuchamos las expresiones de una
mujer que idolatraba a los hermanos Madera y a la que se tildaba de bruja, que
vivía muy cerca del viejo puente metálico de Montería, en el barrio Chuchurubí,
cuyo nombre fue el de Victoria Ospino. Allí vivió en compañía de su hermana
Edelmira, comadrona. Victoria dominaba lo exotérico -magia blanca- y lo
esotérico -magia negra- cualidad que le brindó la fama por sus aciertos,
especialmente al establecer el pasado, el presente y el futuro de quienes le
consultaban, además de la eficacia de sus sortilegios.
-Mientras yo viva, José y Fidel Madera no morirán en las
corralejas. Y si Dios escucha y acoge mis peticiones, morirán de viejos, pero
no por cornadas de toros" afirmaba frecuentemente. La primera cornada
seria y peligrosa la
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recibió Fidel cuando, sentado sobre el duro suelo de la
corraleja, con un par de banderillas en una mano y con la otra sosteniendo su
propio peso, lanzó un grito para azuzar al toro. Fue tan rápida la acometida,
con tanta fuerza y velocidad, que antes de que Fidel terminara de lanzar el
grito ya lo había ensartado metiéndole el cacho por la boca y la punta penetró
y salió abajo del ojo derecho. De allí nació el remoquete de El Ñato. Fue la primera de las setenta
y dos cornadas que recibió en los años siguientes. Victoria Ospino acababa de
morir en su casa en el mismo momento.
¿Coincidencia? ¿Realidad o ficción? ¿Acomodamiento de la
fecha para lograr la coincidencia? ¿Brujería y cosas del diablo? ¿Milagro
operado por fuerzas diabólicas o divinas? Quienes seguíamos entonces con ojo
crítico la bárbara fiesta de las corralejas, no podemos omitir lo fortuito de
la primera cornada de Fidel Madera y la hora de la muerte de Victoria Ospino.
Viejo, con el cuerpo remendado cual saco yuguero, apenas
rememorando en tertulias de amigos aventuras placeras, sus trifulcas y el
abandono y el olvido que los amantes
y promotores de las corralejas y
hasta las autoridades y la sociedad le dan como premio a los manteros, El Ñato
deambula de un lado a otro en los alrededores del Seminario, al final de La
Granja y otros sectores de la zona sur de Montería, por donde siempre será el rey
de las corralejas, ahora en un nuevo papel: capotear a la muerte y antes de
recibir la cornada final, clavarle probablemente en el morro las banderillas
que brindará a la memoria de Victoria Ospino, su protectora.
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UN PESCADO DE RÍO Y
DE CIÉNAGA
En el universo de las corralejas no se le niega a nadie un
apodo. Cual más cual menos, todos tienen el suyo. Y si bien no se hace
escándalo por los motes a ganaderos, alcaldes, comandantes de policía,
locutores, periodistas, etc., los que se los otorgan los repiten
disimuladamente. Los ganaderos y sus cuadrillas de lamedores los tienen, pero
se reservan porque podrían quitarle la oportunidad en la siguiente fiesta a
quien se deje sorprender repitiéndolo. Aquí, como en las otras actividades
humanas, el apodo remplaza a los nombres que en el pasado remoto se imponía a
los recién nacidos para que fueran identificados sólo por los dioses.
Un hombre considerado el mejor de los amigos por sus
compañeros de actividad, que antes que elegir un instrumento musical optó por
enfrentar las astas de toros bravos en las corralejas y dejó a sus familiares chiflando iguanas, nacido en la tierra
del porro, San Pelayo, de baja estatura, achinado como demostración de su
ancestro zenú, fue bautizado El Pescao. ¿Porqué? Quizás por su capacidad de
eludir las embestidas de los toros, por lo recursivo para nadar en medio de la
barahúnda y escapar del peligro cuando era imposible mantener el reto.
Solamente logramos saber que su nombre era José.
No alcanzamos a establecer su verdadera identidad, porque
nadie lo sabía o porque se negaban a identificar al valeroso amigo. Los
manteros también guardan secretos. Son incontables los manteros que en el
ejercicio de la peligrosa actividad se les conoce con un nombre, pero la
realidad es otra. Una de las peculiaridades de El Pescao era quitarse las
abarcas al momento de decidirse a mantear un animal, encasquetárselas en el
brazo derecho a manera de talismán, caminar o correr con los pies descalzos y
adelantar la faena. Volviendo a la normalidad, las abarcas tres puntás salían
del brazo y se las colocaba en el sitio correspondiente. Agüeros que mantero
que se respete guarda con mucho celo.
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En el mundo de las corralejas se califica como grito de hombre a hombre el que lanza
el mantero incitando a la fiera, grito que en el Caribe se denomina guapirreo. ¿Por qué? Nadie supo
explicarlo. Pensamos que de esta manera se demuestra al animal un respeto
singular. Y El Pescao, dentro de sus virtudes, respetaba a los toros. Para él
no existía toro manso, toro marrajo de que hablan los españoles y cobarde los
caribeños, porque los mejores manteros casi siempre mueren ensartados por los
cachos del animal que se señala como toro malo.
Algunos de sus compañeros nos revelaron que sin que él lo
supiera, también se le llamaba Moncholo,
un pez de depósitos enfangados, que no es fácil de agarrar porque su cuerpo
parece untado de aceite y resbala con facilidad para ponerse a salvo. Dado el
lugar de nacimiento, donde por un lado corre impetuoso el río Sinú y por las cercanías
hay ciénagas, lagos, laguitos, caños y
quebradas, cabía el apodo. Porque el hombre, frente al toro y, a las
dificultades, resbalaba con facilidad.
En su tiempo fue señalado como el mejor capotero del
departamento de Córdoba. Y cuando en esa zona del país otorgan ese distintivo
en una corraleja, se sabe de antemano que la decisión es correcta. A nadie que
no lo merezca le dan el título de bueno porque eso no es un regalo.
La fama de El Pescao, de río o de mar, de Ciénaga o de
quebrada, de caño o de pantano, será perenne en el Sinú.
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UN TORO INMORTAL
El hombre se preocupa de su propia condición, desde muchas
centurias ha, cuando alguien dijo que era el rey de la creación. Y los
desconocidos que asumieron porque sí que a ellos les habían dado la
representación del Eterno Creador, lo dejaron por escrito en pergaminos que
mucho más adelante sirvieron para acopiar mitos y leyendas y consagrarlos como
"palabra de Dios".
Así, a los restantes animales se les relegó a ser directa o
indirectamente esclavos al servicio del hombre, que hasta para alimentarse
utiliza a los otros. En el transcurso del tiempo se acrecienta más la creencia
y el hombre, en ocasiones con un comportamiento censurable e indigno, insiste y
persiste en auto designarse como representante del que todo lo puede. Con una
parafernalia pomposa como para usar en las tarimas donde se escenifican las
comedias, ostentan su humildad y en contradicción con la verdad, unos se llaman
sacerdotes representantes de Dios en la tierra, mientras que los otros,
soterradamente, esquilman a sus feligreses mediante los diezmos y las
primicias. Esto le ha permitido al común de la gente calificarlos, a unos y a
otros, como narcotraficantes de la palabra, como centros comerciales
cristianos, como piramidales estafadores y muchos otros. En un mundo
prostituido por la corrupción, los nuevos padres de familia orientan a sus
hijos a estudiar las profesiones de sacerdote y pastor, que son sin discusión
las que mejores dividendos arrojan.
El espectáculo de la corraleja tiene también su historia
para los animales. Caballos y toros han sido materia de inspiración para los
juglares en distintas épocas. En lo que se refiere a toros bravos la lista es
extensa. El Tapaétusa, el Fidel Castro, El Pantera, el Balay, y muchos más.
Pero entre todos ellos sobresale el más fiero y el más noble, el terrible
asesino y el manso amigo en la pradera, como lo fue El Chivo Mono. Un
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extraño animal que sorprendió a muchos que lo conocieron en
ambos escenarios.
Son incontables los que consideran que un animal es más
noble que el ser humano. Cuando un animal es amigo, lo es de verdad, mientras
que entre los humanos se puede esperar clemencia y comprensión del enemigo,
pero hay que guardar prevenciones del amigo. Las hoy llamadas mascotas, son una
muestra.
Un perro es más sincero y leal que muchos de los que se
califican como amigos. En el pasado remoto, Ramses II, el hijo de Seti, Faraón
de Egipto, vivía orgulloso de su amigo Matador,
un león nubio que además de acompañarlo a todas partes, le servía de
guardaespaldas y velaba su sueño y en las batallas era el más fiero de los
soldados. Vigilante, un perro,
enfrentaba los mayores peligros para no dejarlo solo.
Penetramos entonces en ese mundo ignorado y desconocido para
referirnos a un toro bravo que sin duda ocupa un lugar privilegiado en la fauna
costeña. No es el único ni el primero de su especie y por algo los mejicanos
filmaron la película titulada El Niño y el Toro, y un huapango cantado por
varios mejicanos, pero en la voz de Lola Beltrán alcanza su máximo esplendor,
llamado Huapango Torero, nos presentan dos facetas sobre el tema. La primera,
la del niño que no olvida al toro que crio en las montañas y el animal noble
que, pese a su fiereza, llega a su lado y demuestra que ese niño es su amigo.
La otra, la del afán del niño por enfrentarse a un toro que espera
pacientemente a que todos duerman para introducirse en el tentador y extender
el capote resultando muerto; y los escritores de tauromaquia discriminan entre
toros comunes y especiales, los que en los potreros son diametralmente
distintos a los que saltan a los ruedos. En el espectáculo de la corraleja no
hubo, no hay ni habrá un toro bravo como el llamado Chivo Mono, un espécimen
raro en el que se conjugó la serenidad, el amor, el cariño que mostraba a
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sus propietarios, vaqueros y trabajadores de las haciendas
en que permaneció y su ferocidad al entrar al ruedo de una corraleja, en donde
se transformaba en un asesino feroz, implacable, que no respetaba a nadie y no
rechazaba retos.
Conforme a los registros históricos de las fiestas de
corraleja en el departamento de Córdoba, la primera salida de Chivo Mono fue en
la plaza de Planeta Rica, en un mes de febrero. Siete hombres murieron
corneados ese día en la arena. Siete que tal vez no pensaron que existiera un
toro de esas condiciones. Tropas de la Infantería de Marina se vieron a gatas
para sacar al animal de la plaza, subirlo a un camión y llevarlo a otro lugar,
porque el pueblo enfurecido pretendía matarlo. En medio del dolor de los
familiares de los muertos y el rencor de los actores de esa película de horror
que es una corraleja, nadie se detuvo a pensar que el menos culpable de lo
sucedido era el toro. Él no había organizado la fiesta ni decidido ir a matar a
nadie. Lo llevaron los propietarios, otros ganaderos y los organizadores de los
festejos. Y si todos lo hubieran visto antes o después del suceso en los
potreros de la hacienda de don Vinicio Cordero, la sorpresa habría sido
mayúscula.
Chivo Mono en el potrero era tan manso como una oveja. Los
niños lo tomaban de los ollares y lo conducían de un lugar a otro, se subían en
el lomo a manera de caballo para recorrer los pastizales y se contentaba con un
poco de sal o de azúcar, sus mayores deleites. Jamás hubo una amenaza para
nadie en los potreros en que pacía Chivo Mono. Ernest Hemingway, el gran
periodista y escritor norteamericano y uno de los que más se refirió a los
toros, a las corridas y a los toreros, dice en su obra Muerte en la Tarde, que la mansedumbre de un toro fuera de la arena
es nobleza del animal.
Con temor a una jugarreta, aferrados apenas en la sinceridad
de ese gran amigo, famoso beisbolista, Édmond Cordero, hijo del propietario del
toro, fuimos a comprobarlo. Solos no lo
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habríamos hecho nunca y mucho menos llegar a su lado,
acariciarle y brindarle unos terrones de azúcar.
En Tres Palmas, Tres Piedras y Montería se acrecentó la fama
del toro. Con excepción de Montería en donde hasta los más necios y borrachos
salieron de la arena en las plazas restantes Chivo Mono dejó una huella de
sangre y muerte. Los palcos se atiborraban cuando trascendía que ese animal
sería jugado porque todos querían verlo en acción y establecer cuál era el
osado mantero que se le mediría. Pero con el Chivo Mono ocurrió lo mismo que
con la famosa bailadora María Barilla. Muchos aseguraban que habían pasado
media noche bailando en la rueda del fandango y la otra en la cama gozando de
su furor uterino y pocos, por cierto, que habían engendrado un hijo en sus
entrañas. Pero ninguno de esos alabanciosos,
como se les llama en el Sinú a los que hablan porque sí, pudo demostrar su
versión. Hasta aparecieron hijos y nietos nacidos cuando ya la bailarina gozaba
de la paz eterna en el cementerio de Montería. María no bailaba sino con los
más expertos y solo engendró dos hijos, uno con el amor de su vida, Perico
Barilla, que abortó luego de un accidente casero, y el otro con un campesino
cereteano. Son contados los manteros que abrieron sus capotes o presentaron sus
muletas ante el Chivo Mono y nadie le puso un par de banderillas. Pero hágale
cosquilla a los borrachitos y le narrarán fantásticas odiseas ante el animal.
En Montería, cuando se realizaban las fiestas del Dulce
Nombre de Jesús o 20 de enero, lo vimos agigantado. Parecía que entre más
populosa fuera la asistencia de público más crecía y se acentuaba su furor.
Jamás salió corriendo del toril. Con paso vacilante llegaba a la puerta, miraba
de una a otra parte como midiendo distancias y si emprendía carrera en un
noventa y cinco por ciento de esas veces dejaba un hombre muerto. No quedaban
heridos porque sus cornadas eran certeras y letales. Cuando no veía retadores,
fijaba sus objetivos en los necios, en los que desde la distancia arrojan
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contra los toros botellas, piedras, palos y otros elementos
y de manera imprevista arrancaba hasta alcanzar a su víctima. Fueron muchos los
que sacó de los vallados para tirarlos al piso y darles cornadas mortales. Esa
fecha, un jovencito elegantemente vestido molestó tanto al animal que cuando
éste emprendió el ataque él corrió hacia el vallado, como pudo se aferró a algo
y quedó guindando como una banderola sobre los otros que también buscaron el
mismo refugio. Chivo Mono llegó, dio un salto y metió, como parecía ser ya una
costumbre, la asta sobre el zapato y haló.
Favorablemente para el joven, dentro de su elegancia, se
había calzado con un par de mocasines y al tirón del animal la prenda voló sin
cordón que la sujetara al pie. El toro se mantuvo cerca de tres minutos
esperando la caída de quien lo molestaba. Cuando el toro buscó otro sitio, el
joven bajó, recuperó su mocasín, lo besó y como una ofrenda lo elevó mientras
rezaba una oración de agradecimiento a Dios por el milagro de salvarle la vida
y abandonó la corraleja para no ingresar más a ella en el resto de sus días. A
la muerte se le reta una sola vez, porque todo lo que sigue es de ella.
Esa tarde, la monumental plaza de Montería Moderna quedó en
poder de Chivo Mono, que parado por los lados de la carrera quinta y frente a
las residencias de las familias Castro y Nieves, esperaba con paciencia un
desengañado de la vida que quisiera viajar en sus astas hacia la otra
dimensión. Y fue el momento en que el ganadero ofreció una fuerte suma de
dinero a Maderita para que toreara al animal. A Maderita y su hermano El Ñato,
no les cabía una puntada más en el cuerpo. Pero ello jamás los amilanó. Habían
nacido para manteros y no podían ser inferiores a nadie. Pidió un poco más en
la oferta, se lo dieron, y anunció que le sacaría tres mantazos. Esa proeza no
la había cumplido nadie hasta entonces, porque Chivo Mono fue siempre más ágil,
más rápido y más certero en sus enfrentamientos con los manteros y los que
habían osado incitándolo con un capote o una muleta, no lograron informar
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a sus colegas qué debía hacerse ante el asesino de las
corralejas. Todos murieron en el intento.
Maderita había vestido traje de luces como novillero, pero
las condiciones entre mantero y torero son opuestas, muy distintas. Solo los
asemeja el uso del capote, que en los manteros no era común. De allí deriva la
diferencia y el nombre y no pudo acomodarse. Veía al toro desde ángulos
distintos que nada tenían que ver con el torero de cartel. Esto lo obligó a
dejar encerrado en el cuarto del olvido sus ambiciones de torerías y retomó la
manta, la humilde manta que al principio de los tiempos les había dado el
nombre de manteros, desde que se escenificó en algún lugar del nuevo mundo, la
primera jugada de toros, en alguna hacienda y en cumplimiento de una diversión
de los truhanes que dizque nos descubrieron y colonizaron. Según esos
tránsfugas, los demás hombres nada valían y podía sacrificárseles impunemente,
como aún se hace, en aras de tradiciones, ancestros y cultura que no son tales.
Los invasores, sacados de las cárceles, se convirtieron en dueños de vidas y
haciendas y su fortaleza la daba el oro encontrado en medio de quienes jamás
pensaron usarlo como medio de tráfico de especies. Y nos habituamos a
sacrificar vidas de hombres ignorantes dándoles en pago cualquier bicoca. Eso
lo sabía Maderita, que concebía el toreo más como una demostración de coraje,
de valor, que un espectáculo artístico.
Ante los toreros de cartel, Maderita ostentaba el orgullo de
haber enfrentado más toros que ellos, porque no lidiaban más de dos ejemplares
por tarde y él lo hacía ante veinte o más. Había expuesto la vida que se
sintetiza en cifras; dos del torero y diez del mantero, en un escenario tres o
cuatro veces mayor que el redondel de un circo. Hemingway, refiriéndose a los toros
mansos, carentes de casta, tildados de marrajos, recomienda que deben ser
dejados a cargo de los que conocen su oficio, toreros concienzudos, que tienen
años de experiencia, más que verdadero talento artístico. Y uno tiene
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que preguntarse: ¿Qué arte? ¿Qué talento? ¿Acaso el talento
y el arte ruedan por vías diferentes? Aquí sí que cabe cotejar al toro con el
torero o con el mantero: marrajos. La carencia de instrucción educativa no
produce talento ni menos arte.
Hay muchas otras diferencias. Recordemos a los caballos, en
donde las heridas son distintas. El caballo de circo y por la manera de
enfrentar al toro, las recibe en el vientre y la asta sube. Al de la corraleja
lo cornean por los laterales. No obstante, ambas cornadas son peligrosas y profundas.
El del circo lleva un equipamiento para evitar la cornada, el de corraleja
solamente es defendido por el jinete que con la garrocha intenta mantener
alejado al toro. En la corraleja de hoy es lo contrario. En ese inusitado pero
inocultable hecho, los jinetes se consideran a sí mismos como rejoneadores,
cosa que han visto en contadas ocasiones de su vida, pero ejercida por hombres
que aprendieron el oficio y caballos adiestrados. Anselmo Ortiz, los hermanos
Coronado y muchos otros que registra la historia, flanqueaban al toro, lo
puyaban y se daban el lujo de no aflojarlo hasta no dar la vuelta a toda la plaza.
El lujo de estos días es atravesar el caballo al toro y esperar que introduzca
las astas en el indefenso animal para verlo pasear su dolor con las entrañas al
aire o pisoteándoselas hasta morir. Si los nerones carecen de elementos y
sitios para primeros auxilios a los humanos heridos ¿qué podemos esperar si el
herido es un animal? Los manteros, que en el fondo son similares a los que se
visten de lentejuelas, nacidos en los subfondos de los pueblos humildes,
carentes de instrucción, a la larga, reúnen más talento ante el animal, acopian
mayores conocimientos al permanecer más tiempo lidiándolos. El torero, al
ingresar al ruedo, descarta un enfrentamiento posterior con los toros que le
tocaron en el sorteo, porque los mata o se los indultan, pero no regresan. Así
se cumple desde el 20 de noviembre de 1567 al publicarse la Bula expedida por
el Papa Pío V, en la que se amenaza con excomulgar a los príncipes cristianos
que permitieran las corridas en sus países y la prohibición de darles sepultura
a los que morían en los
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ruedos. Los príncipes cristianos iban desde los gobernantes
de los burgos hasta el rey por cuanto un Papa ostentaba el favor y el fervor de
la feligresía y reunía en sus manos más poder que los monarcas. Por esa
prohibición papal, los toros que regresan vivos a los chiqueros, indultados o
no, son sacrificados. El mantero, durante la larga temporada de corralejas, se
topa, como viejos amigos o enemigos, con los mismos toros en numerosas plazas.
Nadie en este país en donde las leyes se dictan, pero ni las autoridades las
cumplen, podría evitar el asesinato de los humildes que cumplen el triste papel
de actores principales en el ruedo. Ni siquiera la iglesia católica que prohijó
por siglos el sangriento espectáculo, exige aplicar las normas impuestas por
los jerarcas de la iglesia, según la disposición de Pío V aún vigente. Es tan
flagrante la violación, es tan enorme el deseo de ver muertos a los del vulgo,
que un toro viaja durante su período de vida normal, por varios años de
corraleja en corraleja, adquiriendo malas mañas. De esta práctica nació el
chiste en que aparece involucrado don Arturo Cumplido Sierra, de que sus toros
recorrían tantas plazas, que al saltar al ruedo primero saludaban a los demás
actores del espectáculo.
Esas y muchas otras diferencias se reunían en la Plaza
Grande del barrio Montería Moderna. Un gladiador de mil batallas, lleno de
cicatrices producidas por las astas de muchos toros en muchos escenarios y
cientos de miles de testigos, toma con firmeza el capote que un día cualquiera
y en la plaza de Chinú en las fiestas de San Rafael, Melanio Murillo, primero,
los hermanos César y Luis Mallup y el negro Pautt, que animaban las plazas de
Cartagena, Corozal y Sincelejo ante toros bien encastados, impusieron en las
corralejas, relegando al olvido a la humilde manta. Cosa rara. El Chivo Mono no
atacó enseguida. Esperó con paciencia observando el paso lento de su contendor,
que se fue arrimando poco a poco, sin miedo, sin temblores, con la vista fija
en los ojos del animal, que también avisa con la mirada el ataque, y cuando
faltaba un trecho corto, Chivo Mono arrancó con furia. Quizás nunca
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antes había embestido con tanta rapidez, como en este
momento. A Maderita le tocó ahora esperarlo. Con el capote abierto y en un reto
franco, abierto, lo dejó llegar a menos de un metro y lo evadió pasándole la
gruesa tela por la testuz y como de maldad la dejó resbalar de ésta hasta el
rabo. La vuelta inesperada para un mantero de menos jerarquía, la esperó el
protegido de la bruja Victoria Ospino dándole una vuelta repentina a su cuerpo
con el capote fuertemente apretado en sus venosas manos y entre sus dedos que
parecían querer reventarse ante la fuerza con que eran comprimidos. El toro
frenó en su carrera, dio la vuelta y reemprendió el ataque y Maderita, una vez
más logró que el animal perdiera la línea de visión que debió contentarse con
seguir hacia el lugar en que las fandangueras, finalizada la tarde de toros,
rodaban y giraban rompiendo las tinieblas de la noche con las luces de sus
paquetes de espermas encendidas, al compás de las melodías de los porros que
movían sus esqueletos en las interminables, incansables y felices noches de
fandango sinuano.
El mantero no perdió tiempo. Su vida estaba en juego. La
velocidad de ataque del Chivo Mono era inusitada. Lo había reparado con cuidado
en otras plazas, pero jamás se habían puesto frente a frente. Y pegó entonces
una carrera como si el diablo le fuera punzando con el trinquete los talones,
se acercó a la valla, saltó y se agarró en lo primero que encontraron sus
manos. El toro estaba allí, abajo, listo para continuar la pelea. Pero ahora no
tenía a nadie enfrente. Los hombres que estaban en la arena, manteros o no,
borrachos que adquirieron cordura con el solo aviso de que El Chivo Mono había
sido el toro lidiado y que se encontraba en la plaza buscando con los ojos y
con los ollares la presencia y el olor del osado mantero, saltaron de los
vallados o se fueron de la plaza con los corazones palpitantes.
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UNA POLVAREDA DEL
DIABLO
Alrededor de los que se encierran en los ruedos o
cuadriláteros de las corralejas, se teje una cortina de leyendas. En la
concepción del hombre del campo, que es el más cercano al asunto, y tal vez por
lo riesgoso, se habla de pactos con el demonio para poder enfrentar a los
fieros animales y salir indemnes del compromiso. Está “empautao”, se exclama al respecto. O se le endilga al toro una
preparación satánica, unos conjuros previos del propio Satanás para arrebatarle
la vida al más afamado mantero. En este caso se asegura que el toro está arreglado, es decir, preparado o
encantado. Parece ser una condición connatural de la fiesta de toros bravos.
Por muy belicoso, soez, patán y una infinita lista de
defectos que lo adornen, el mantero se santigua al entrar a la plaza, se
detiene un largo rato ante los altares familiares a encomendarse a la Virgen
del Carmen y directamente a Dios, por el cercano encuentro con la muerte.
Porque la reina y señora de las corralejas es la Parca o Azrael mismo, el
Arcángel a quien el Eterno otorgó la facultad de separar el alma de los
cuerpos.
Se conjuga así una curiosa pareja que va de la oscuridad a
la luz y viceversa. Divina o satánica, la lidia de toros bravos, y de la manera
rústica, primitiva, como acaece en las corralejas, no puede desembarazarse de
su doble condición. Las dos cuestiones inciden en el carácter, en el valor, en
la osadía y en el final del hombre que se dedica a estos menesteres. Como dice
uno de ellos: Es la misma vaina, vivo o
muerto, porque mi padre me decía que se vive para morir y se muere para vivir.
Cuando el mantero brilla en sus careos con la bestia, se
dice que Satanás lo auxilia. Cuando se recupera de una cornada se habla de
milagro de Dios, que le salvó la vida. Se juega sobre una plaza que asemeja la
mesa de la ruleta. Si ganas las apuestas te acompaña el diablo. Si pierdes es
castigo de Dios
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que reprocha el vicio en sus criaturas.
Esa quizás es la razón para que se haya originado el cúmulo
de cosas curiosas de las corralejas. Dios y el diablo acompañaban al Negro Buba en las corralejas del Sinú
para permitirle que aferrándose en las astas se subiera al toro por muy feroz
que fuera y se mantenía allí mientras el animal estaba en la arena. Como el
mantero tiene su estilo propio para la faena no molestaba a nadie; luego
aparece el mejor derribador de toros del Sinú, un hombre que apenas fue
identificado como Calazans que a pesar de su corta estatura y hasta delgado de
cuerpo, agarraba la cola del animal y antes que éste buscara la razón, ya Calazans
le había metido primero las manos en los jamelgos e inmediatamente le trababa
los cuartos traseros para derrumbarlo casi que de inmediato. En las feraces
tierras sinuanas corría la versión que nadie dudaba, de que Calazans tenía niños en cruz en las manos, los
brazos y los pies y más tarde también le dieron fuerza al Negro Rocha en las extremidades
inferiores para sostener los arranques de los toros, en las manos para aferrar
como tenazas de hierro las colas de los mismos y detenerlos en sus desaforadas
carreras y llevarlos al piso, y no obstante la contextura que parecía un coloso
de ébano, agilidad para esquivar al mismo tiempo las astas de las fieras. El
diablo en figura de abarcas de tres puntas se enlazaba en el brazo derecho de
El Pescao y blindaba a su vez, con láminas de acero, los pies desnudos del Loco
Ramos para que ningún elemento los penetrara mientras toreaba. El Negro Rocha,
viejo y cansado, pasa sus últimos días en San Onofre. El negro Buba debió morir
por los finales de la década del cuarenta del siglo pasado, mientras que
Calazans llegó a la cima a finales de la década del treinta, especialmente en
1939 y desaparece para los años de la violencia sin haberse podido establecer
qué día, mes, año y lugar se fue de este mundo. El tiempo, entre más lejano, es
el principal obstáculo de quienes cumplen el papel de historiadores, o que como
quien escribe, se limita a recoger detalles para que muchas cosas vivan otros
años más, porque de historiadores no tenemos ni un pelo. Ese es un trabajo sólo
para especialistas.
72
No obstante, muchos manteros han sido sorprendidos por los
maleficios. Toros preparados para
matarlos, los cornean en las plazas. El caso del Indio Salguero es uno de los
más recientes, y muchos de sus amigos y colegas se preguntan qué pasó. No hay
justificación para que un mantero como ese, con una larga experiencia, que
había jugado con el astado y lo dejó en el momento que fue enlazado para
arrastrarlo a los chiqueros, sorpresivamente regresara a la arena. El Indio,
satisfecho de la faena cumplida, también estaba fuera del ruedo y al ver al
toro otra vez imponiéndose en el redondel, abandonó la cantina en donde
departía con amigos y se metió. Intempestivamente el lazo que llevaba el toro
en los cuernos sirvió para enredarlo y llevarlo al piso. Al intentar ponerse de
pie, el astado lo golpea en el pecho y le introduce el cacho por dos ocasiones
degollándolo y dejándolo muerto en el acto. Algo incomprensible, algo
misterioso, llevó al mantero y al toro a enfrentarse de nuevo para que el
hombre sucumbiera en el teatro en donde escenificó su vida aventurera.
Son incontables los casos en que hombres curtidos en la
lucha con los toros, son prevenidos para que no enfrenten al de turno.
"Cuidado, ese toro está empautao y
lo destinaron para matarte. No te le enfrentes", le dice alguien
desconocido en el oído. Los que no creyeron en la prevención pasaron a la otra
vida. Otras veces es el instinto el que salva al mantero y es abrumador el
número de veces en que todos los actores del espectáculo de muerte sienten algo
que los cohíbe y se apartan del animal aparentemente hechizado.
Pese a que nos hemos referido al asunto en otras ocasiones y
a las indagaciones que adelantamos por la zona, no logramos identificar a un
mantero que en la corraleja del pueblo de Rabolargo, la tierra del cantautor y
torero, Noel Petro, cuando caía la tarde, salió un toro al que los demás no
quisieron enfrentársele. Ninguno osó incitarlo para el careo. Sólo ese
desconocido que durante la tarde se mantuvo apartado y solitario pero que en
tres o cuatro oportunidades se enfrentó
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y demostró su pericia, capoteó otros animales. Cuando un
mantero se dirigía hacia el animal con sus trastos listos, el desconocido lo
alcanzó y le dijo que no lo intentara porque el animal estaba destinado a otro.
Con lentitud, pero con paso seguro, se dirigió al sitio en que el toro estaba
reculado. Se miraron y en los ojos de ambos se retrató la furia del animal y el
arrojo del hombre, dispuestos a vencer o morir.
El astado se mostraba inquieto y de pronto se despegó del
vallado dirigiéndose con lentitud hacia el mantero que lo esperaba. El hombre
retrocedió uno, dos, tres, cuatro pasos de espaldas y sin dejar de mirarle,
especialmente el movimiento de las patas. Tal vez dedujo que no atacaría,
porque no hacía más que estudiar al contendor y la lentitud le daría tiempo
para esquivarlo. El mantero abrió los brazos y con ellos el pesado capote, lo
sopesó con cuidado y aparentemente sin ganas, dobló un poco el lomo y lo fue
extendiendo parsimoniosamente sobre el duro suelo de tierra y pasto pisoteado y
dio dos pasos más hacia atrás, arrastrando el capote. Sabía que era un reto
peligroso. Si el toro alcanzaba a pisar el capote antes que él sacarlo, hasta
allí llegaría, porque lo dejaba desarmado y expuesto a la embestida. Era un
toro negro, de cuerpo mediano, con la cornamenta anacarada como si se la
hubieran limpiado y afilado en el corral, de mediana altura y pezuñas sanas. Es
posible que el mantero hubiera pensado que ese toro no debía salir a una
corraleja sino a una plaza de postín que, por lo bonito, envaneciera al
ganadero propietario.
Unos cuatro o cinco metros los alejaba del vallado.
Privilegiada posición para el mantero que quiere lucirse, porque se puede
observar la faena desde todos los rincones de los palcos. Y esa es una función
de sólida base. La fama del mantero es una cualidad indispensable para su
futuro. Se le señala por todos, ganaderos, cuadrillas y asistentes a los
palcos, pero comprometida porque todos a una esperan que triunfe en todas las
plazas frente a todos los toros. Sin embargo, genera dividendos. Y los
manteros, en su mayoría,
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por no decir que todos, son pobres de solemnidad. Por eso se
esmeran en su trabajo y por ello, también, caen en las redes de ganaderos y de
una serie de individuos que en cada fiesta ganan lo que no han invertido.
En el criterio de los espectadores se sabe que en ese
instante se escribe una página de vida o muerte. Y el animal ataca sin más
preámbulos. El mantero saca con prontitud el capote arrastra consigo una
polvareda que se levanta y esconde parcialmente al animal y al hombre, como si
hubieran subido y cumplieran su tarea en el aire, porque no se les ven las
extremidades. La polvareda es densa. Únicamente el capote vuela de derecha a
izquierda y de izquierda a derecha, mientras que hombre y toro van poco a poco
desapareciendo entre una especie de cortina blanca percudida. Intempestivamente
también desaparece el capote, pero como en el ojo de un huracán, los espectadores
saben que la espesa muralla de polvo debe tener en su centro, en el círculo que
crea la vorágine del viento, una plataforma redonda en la que uno ataca y el
otro se defiende. Solamente traspasa el velo de polvo el grito característico
del mantero que así mantiene la atención del enemigo y le sirve de aliento si
es que acaso, allá muy dentro, pueda sentir algún temor.
Es el grito que los viejos manteros llaman grito de hombre a
hombre, porque el mantero reta y el toro ataca, el animal embiste y el hombre
se defiende. Es un duelo de tú a tú, los dos frente a frente, separados por el
invisible destino que al final decide la suerte de ambos.
Cesan los gritos. La plaza entera se hunde en el silencio,
en una pregunta callada que nadie responde. Algunos piensan que el hombre ha
muerto porque guarda silencio. Mientras tanto, la polvareda va cediendo de
arriba hacia abajo y cuando acaba, los miles de ojos expectantes de los que
están en los palcos, los que beben en las cantinas debajo de éstos, los manteros,
banderilleros, garrocheros y borrachos, se sorprenden. No hay mantero. Tampoco
hay un toro. Se evaporaron como si se
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hubieran convertido en el polvo que los ocultó y que luego
se regó sobre el piso. Nadie sabe qué pasó y menos quién fue el triunfador.
Si en la torineta,
como llamaban en el Sinú al chiquero, se encontraban aún media docena de
animales por jugar, nadie exigió nada. En silencio fueron abandonando los
palcos, el ruedo, las cantinas y los alrededores. La rústica construcción quedó
solitaria en medio del potrero en la que había sido levantada. Internamente cada
uno sentía que en su masa encefálica titilaba una luz extraña ¿El toro era el
diablo mismo que vino por el mantero? ¿0 lo contrario? Y la leyenda, el mito,
el absurdo y lo fabuloso iniciaron su transitar por la carretera y los caminos,
por el caudaloso río hacia arriba o hacia abajo, por los arroyos y las
quebradas y hasta por encima de las olas del Mar Caribe, con el viento que en
susurros repite la extrañeza que desde entonces palpita en el corazón y la
mente de los testigos.
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JINETE DE TOROS
BRAVOS
La mejor observación relacionada con la verdad, la
escuchamos un día cualquiera a través de un programa de la cadena radial
Caracol, durante una entrevista a un gran compositor y cantante de música
llanera. No recordamos el apellido, sólo que nació en el departamento de Boyacá
y que a los veinte días de nacido la familia se trasladó a un lugar de los
entonces llamados Llanos Orientales, en la llamada época de la violencia. Allí
creció, aprendió el oficio normal a cualquier llanero y le tomó una afición única
a la música de esa bravía y sincera tierra del mapa colombiano.
Nuestro artista siguió su vida, volvió a su lugar de
nacimiento, conoció gran parte del país y con pleno dominio de los instrumentos
musicales, especialmente el cuatro y el arpa, atendió el llamado silencioso de
la naturaleza y sin detenerse en nada llegó al pequeño fundo.
¿Qué dijo un músico como para destacarlo en una nota sobre
corralejas? La verdad. Él pensaba y así había crecido y vivido en medio de una
falsa concepción del mundo creyendo que los llanos de Colombia y Venezuela era
la planicie más grande de la tierra. Sólo que, por encontrarse ya inmerso en la
música, conoció otros artistas, otros compositores y otros ritmos y melodías y
la realidad le pegó duro en el rostro. La sola pampa argentina, es un
territorio doble en dimensión que los llanos colombo—'venezolanos. La humildad
lo volvió a la realidad.
A nosotros nos pasó igual. Al principio aceptamos sin
beneficio de inventario, que el llamado Negro Buba, hombre legendario en el mundo
de las corralejas en el Sinú, no había tenido rivales dignos y, por tanto, él,
cuyo nombre se pierde en la distancia y el tiempo, era único.
Llegamos a pensar que el mote asignado revelaba que sufría
una enfermedad incurable, porque buba se le dice en el Sinú a una llaga que no
sana, a lo que agregaba la crueldad verbal de
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mi abuela paterna, que mirando con ojos raros a la víctima
como si quisiera destriparla, expresaba que molestaba más "que una buba en
el culo". Yen la ingenuidad de mis primeros e inolvidables e irrepetibles
años de infancia no tenía idea de qué era buba, ni mucho menos qué era la
palabreja siguiente. No pensaba que todo se limitaba a un apodo, impuesto según
mi tío Jerónimo que alcanzó a conocerlo, en señal de que se trató de un hombre
inquieto, molestoso, pero guardando las distancias debidas. Porque buba también
se le aplica a quien no ceja en molestarnos o hacernos jugadas en ocasiones de
mal gusto. Hoy los llamamos mamadores de gallo, tal vez porque las bubas, como
ciertas enfermedades, también pasaron al olvido.
¿Cuál fue su nombre real? Nadie pudo suministrárnoslo.
¿Dónde nació, vivió y murió? Tampoco. Sólo que no fue un cuento sino una
realidad. Mi tío Jerónimo me dice que por allá por la mitad de los años treinta
del Siglo XX, lo dejaron venir del pueblo de Severa a Montería para las fiestas
del Dulce Nombre de Jesús o 20 de enero y que pese a las prohibiciones de su
hermana mayor, que fue mi madre, durante las corralejas se perdía del entorno a
las doce del día y regresaba entre seis de la tarde y siete de la noche, cuando
jugado el último toro del encierro del día, comenzaban a instalarse en el área
de la arena las ventas de comidas, las cantinas, las ruletas y demás negocios
que formaban un cerco en cuyo centro se ejecutaba la noche de fandango.
-“Ese año, me parece que fue en 1935, conocí al llamado
Negro Buba, del que se hablaba por todas partes como hombre valiente y
habilidoso para el manejo de toros bravos, Destacaba en lo que se refería a
tomar a un toro bravo por la cola y de uno o dos intentos llevarlo al piso. Sin
embargo, a mí me gustó fue verlo agarrándose a un cacho del toro y con agilidad
subirse al lomo del animal, desde que salía de la torineta hasta que lo volvían
a meter. —¿Solamente tumbaba toros? —No. Personalmente me gustaba verlo subirse
al animal, pero
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en lo de la tumbada de toros ni el Negro Buba ni ninguno de
los de entonces, y creo que ninguno de los siguientes aun cuando tengo ya más
de treinta años de no asistir a una corraleja, puede compararse con el viejo
Calazans. El negro Rocha es quizás uno de los mejores después de estos, pero el
viejo Calazans no demoraba con un toro de pie. Le agarraba la cola, le metía
una pierna a las patas del animal y de un solo cuajo caía al piso. El negro Rocha,
bueno, tal vez el mejor de los posteriores, tenía en ocasiones dificultades y
demoraba demasiado. Vanamente quise en la finca de mamá tumbar los terneros,
pero no pude. No sé cómo hacía Calazans”.
El viejo Jerónimo, el último de mis tíos por la línea materna,
el único de los Angulo Bello que rompió la hegemonía familiar y se declaró
liberal en una época en que serlo requería más valor que el de un mantero,
seguido por mi madre y el tío abuelo Naudín Bello, mientras que los restantes
guardaron fidelidad a Laureano y compañía.
Como pueden observar, no fue el Negro Buba el gran tumbador
de toros en las corralejas ni menos el Negro Rocha, que al momento de escribir
estas notas cumplía noventa y nueve años en su tierra, San Onofre, sino un
desconocido del que no habíamos adquirido noción alguna. Entonces es cierto de
que los llanos colombo—venezolanos no son los más grandes del mundo. Está la
pampa, están las estepas y los desiertos de Arabia, entre otros. Que sepamos,
Calazans sí es único.
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LA FAENA DE NICO
CAUSIL
Se le llamaba cariñosamente Nico, hipocorístico de Nicolasa,
hija de Antonio Causil con Josefa Argumedo. Desde muy niña, por su corpulencia
y talla, fue motivo de bromas porque nadie definía su edad real y se le
consideraba con más años de los que en verdad tenía.
Esa condición que siendo niña la convertía en mujer, aunada
a su capacidad de trabajo, la distinguieron como el motor de la casa para
ejecutar todo aquello que para el común de las mujeres era pesado. Ella no le sacaba el cuerpo a ningún trabajo por lo que
desde las cuatro de la madrugada, como sus hermanos varones, se levantaba a
trabajar moliendo maíz, sancochando yuca, ñame y plátano para el condumio
mañanero, buscaba la leche en el corral para el café con leche del desayuno,
amasar luego para hacer los quesos, la mantequilla, el suero “atollabuey”, el
suero dulce, pilar el puño de arroz y con el balay entre manos en un meneo
lujurioso pero inconsciente de sus caderas lo venteaba, y en fin, que lo
relativo a los tres golpes alimenticios del día se las arreglaba para traer
agua de la ciénaga, lavar la ropa familiar, alimentar los cerdos, gallinas,
pavos, pollos, patos, etc. y si le quedaba tiempo, se dirigía muy campante al
cultivo a colaborar en el desmonte, el macaneo, siembra y otros menesteres.
Nico entregaba diariamente la ofrenda a los dioses del trabajo, contentándose
con poco. Los núbiles parecían temerle y por esa razón, si gozó de las delicias
del amor y del sexo, nadie supo quién fue el osado que se lanzó a la aventura
con más valor que ella para exponer el asunto.
Para ese entonces pueblo que se respetara realizaba las
fiestas con una corraleja de mínimo tres días, porque el mercantilismo, la
avidez por el dinero fácil, aún volaba lejos de la tierra. Los ganaderos tenían
como un honor el ser llamados a presentar sus encierros. Es decir, que no
existían ni mollos, ni lavandios, curatos, besadores ni...cobradores de
arriendo de toros.
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Nico, habituada como la casi totalidad de las mujeres del
Sinú, la Sabana y el San Jorge, al manejo del ganado en los potreros y en los
corrales, no desconocía las diferencias entre toros mansos y toros bravos.
Desconfiaban hasta de los bueyes, porque más de uno ha muerto en las largas
cornamentas de los animales cuya función es mantener el orden en la manada y en
los traslados de un lugar a otro de las fincas, que sin que nadie lo espere,
parecen contagiarse por breves momentos de la furia de los toros bravos y
cornean con el mismo vigor.
Una tarde mientras los hombres se fueron a la plaza para
seguir las incidencias de la jugada de los toros de esa fecha, Nico se dedicó a
lavar ropa. Al momento de enjuagar una falda roja y ventearla para sacarle el
agua que a gotas se deslizaba por la prenda, el visaje de algo que a sus
espaldas venía a toda velocidad le dio el aviso de alarma. Dedujo que era un
toro bravo por el bufido que éste lanzó al iniciar el ataque.
Jamás quiso referirse a su enfrentamiento y cómo pudo eludir
las furiosas embestidas del animal. Lo cierto fue que en un tramo de no más de
diez metros cuadrados, Nico y el toro escenificaron la que tal vez fue la mejor
faena ejecutada por una mujer. Ni la mejicana Conchita Cintrón que para la
época colmaba los circos, ni las colombianas Amina Asís, Imperio América,
Morenita del Quindío, Lolita Domec, habrían podido emularla, porque ella no
vestía traje de lentejuelas, ni tenía coleta, ni muleta ni capote. Solamente
una falda roja que al principio debió llamar la atención del animal y
considerándolo un reto la atacó. Tal vez quince o veinte minutos, Nicolasa
lidió al fiero animal. No podía hacer otra cosa porque no tenía para dónde
huir, ni cómo ni dónde esconderse. Los garrocheros la encontraron dándole trapo
al toro y si no fue por su rotunda negativa, la habrían llevado en hombros a la
corraleja. La mujer sudaba a chorros y mostraba en su rostro el cansancio por
la extensa e intensa faena. Es que el temor duplica la expulsión del agua
corporal.
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Así, las mujeres costeñas también se sumaron a la moda y
fueron apareciendo verracas que en estas calendas suman un buen contingente
como banderilleras o muleteras en las corralejas. Se les critica hasta más no
poder, pero las criticonas desearían emularlas.
Hace algunos años una delegación de Sincelejo fue al
interior del país a un congreso y la hija de un sinuano que entonces manejaba
en la capital de Sucre una agencia de seguros de vida, sorprendió a los
costeños y los interioranos enfrentándose con valor y maestría a un bravo
novillo toro en la plaza de Guatavita. Solamente el qué dirán ha cortado las
alas a las Nicolasas que en el mundo existen.
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LOS DE TRAJES DE
LUCES
En la memoria, que es nuestra libreta de notas, hallamos un
grupo de hombres que pretendieron vestir los trajes de luces en las plazas de
toro de postín. Pocos lo lograron y los demás, se quedaron de novilleros. En
esto de los trajes de luces y los uniformes militares atiborrados de medallas,
medallitas, cruces de hoja lata, los costeños aparecen indiferentes. El
entusiasmo dura poco y por esa razón desaparecen prontamente del panorama. Es
una situación semejante al manejo de una bicicleta. Los costeños parecen nacer
encima de un triciclo, pero a la hora de competir no sirven ni para suministrar
el agua que refresca al competidor. Montería es el mejor ejemplo. Durante
muchos años se usó la bicicleta porque el pueblo era muy grande para recorrerlo
a pie y muy pequeño para hacerlo en un automotor. Pero los ciclistas que allí
nacieron no dieron la talla. Al sinuano pónganlo frente a un toro, métanle una
manilla, entréguenle un bate y una bola de béisbol.
Si revisamos las páginas de la historia no puede asegurarse,
como lo afirman muchos hermanos de otras zonas geográficas, especialmente de la
andina, que los costeños sean cobardes y que apenas los mueve la coyunda con
una burra, la cadenciosa melodía de los ritmos autóctonos y el fogaje de una
botella de “ron trompá”. La voluntad de guerrear nos la dejaron como herencia
nuestros antepasados los indios Caribe, una de las razas más belicosas del
mundo que supuestamente descubrió Colón. Otra cosa es que, la mezcolanza de
sangres haya perfilado a un hombre costeño con otras singularidades. Si bien no
expresa sus amores con la conjugación de consonancias y asonancias en poemas
cantados con el acompañamiento de una guitarra y un tiple, es reconocido como
un buen amante. El guapirreo, la cadencia en las ruedas de los fandangos o en
las salas de baile con gestos eróticos y una variedad exquisita de la elegancia
de un porro “tapao” o una cumbia, para pasar a la variedad rítmica de un porro “palitiao”
o un fandango y rematar en la vorágine de un
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baile macho o un mapalé, se le adhieren al corazón y lo
conducen a cimas impensadas. Y el amante tiene otra visión y otros objetivos.
Tal vez por esa causa los costeños se retiran prontamente de las academias
militares y de los ruedos. ¿Qué tal un amante sin arma entre las piernas por
culpa de un tiro mal dirigido o la asta de un toro? Mucho nos embroman con sus
consejas y de allí es posible que saliera la frase cachaca que afirma que el costeño cuando va a bailar es a bailar y
cuando es a correr es a correr, pero la historia no ha podido ocultar que
en momentos en que se ha requerido, los costeños siempre han sido primeros en
dar el paso al frente, como en la gesta de independencia en que los costeños y
los negros, que parecen ser la misma cosa pero no es así, abrazaron primero las
armas y prácticamente los últimos en dejarlas.
Pero recurrimos al testimonio de verdaderos historiadores.
Roberto María Tiznes, sacerdote y miembro de la Academia Colombiana de
Historia, en su importantísima obra La
Independencia en la Costa Atlántica, nos informa de las ocurrencias bélicas
entre tropas patrióticas y realistas. Las nuestras estaban compuestas por
soldados de Cartagena, en su mayoría, Barranquilla, Ciénaga de Oro, Montería,
Sincelejo, Corozal, Tolú, Mompox, etc., que se inicia con la toma de Guamal el
30 de diciembre de 1812; Combate en Chiriguaná el seis de enero de 1813;
conquista de Tamalameque y Puerto Real de Ocaña, y la entrada triunfal de Simón
Bolívar a Ocaña el 12 de enero de 1813, y que remata con esta opinión: "Sobre estas y otras campañas en las que
brilló el valor de cartageneros y momposinos y en general de la costa
atlántica, nos detendremos en posteriores capítulos". Y El Libertador
dijo en una proclama en Cartagena el 26 de julio de 1827, "El valor de Cartagena y Mompox me abrió las
puertas de Venezuela el año de 12" y si a lo anterior se suma el resto
de la gesta emancipadora, resalta y ennoblece a los costeños, teniendo en
cuenta que Bolívar no era colombiano ni menos costeño. Es decir, que no vio
costeños ensalzados en comilonas o en carreras de fuga, por lo que lo afirmado
por nuestros hermanos del interior no deja de ser otra cosa que un
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resuello por la herida. El Libertador prefirió venir a dar
su último suspiro entre sus mejores soldados, los costeños, porque fueron
francos, leales y valientes.
Como toreros vistieron los trajes de luces Noel Petro,
cantautor de inocultable calidad y torero de apreciable valor. El cereteano
Pepe Ruíz, que demostró con creces su calidad alzándose con el trofeo del mejor
torero de temporada en Méjico, al ganar la distinción en cuarenta y dos
presentaciones. Se perfilaba como el mejor colombiano en estas lides para
aquellos años, pero repentinamente salió a relucir el yo y le falto al respeto
a su apoderado y hasta allí llegó el barco y no pudo salvar las barreras de los
intereses personales y a un personaje se le endiosa con la gloria o se le hunde
en el infierno. Pepe Ruiz pasó al olvido. Últimamente el sincelejano Héctor
Vergara Romero, en quien se vislumbraba un matador salió de los ruedos y
frustró su carrera. No fue la falta de valor y muchos, cierto o no, sindican a
su progenitor, Héctor Vergara Arrázola, también torero frustrado, de ocasionar
con sus exigencias el abandono de la profesión.
Entre los novilleros destacamos a Melanio Murillo, que
posteriormente pasó a picador y gozó de la fama al ser señalado como uno de los
grandes de la fiesta brava en España, Méjico y otros países. Siguen Emerson y
Anderson Murillo, hermanos del anterior, que descollaron entre los
varilargueros. Otros fueron Roberto El Mono Cárdenas, un gran receptor en el
deporte del béisbol; José Pautt, y los hermanos César y Luis Mallup. La
instrucción escolar les permitió abandonar, con excepción de Melanio, los
ruedos para dedicarse a menesteres menos peligrosos.
Los sincelejanos, también con un buen grado educativo,
conformaron una Cuadrilla Juvenil de Toreros, entre los que estaban Alfonso
Ellas, Héctor Vergara Arrázola, Álvaro González, Huberto Manchego, Roger
Baquero, Humberto Vélez llamado El Mudo, y Alcides Diaz. No están todos los que
fueron novilleros, pero los años son una carga pesada y nos fue
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imposible seguir el
rastro en contra de la buena voluntad de dejar un registro al respecto.
De esta pléyade de pioneros costeños de la tauromaquia,
mejor aún, de sinuanos y sabaneros, de las faenas en plaza o circos de toros,
quedan muy pocos. Murieron Melanio, Yesid Torres Pérez el Divino Calvo, El Mono
Cárdenas, José Pautt, Huberto Manchego, Roger Baquero, Álvaro González, El Mudo
Humberto Vélez, entre otros, pero al momento de escribir detectamos que otro
sincelejano metido en el asunto, Donaldo Vergara, el popular Mago Doney, rumia
en el silencio de su alcoba los recuerdos de una época de peripecias que lo
llevaron a transitar por el mundo en desarrollo de distintas actividades. Tal
vez es el testimonio vivo de unos días que, para no perder el ritmo del toreo,
se metían a las corralejas a compartir con manteros no solo la fiebre del toro,
sino las vicisitudes, con excepción de los monterianos acompañados por el Mago
Doney que actuaban de domingo a domingo en los carteles de Sincelejo, Coroza I
o Cartagena.
Alfonso Elías nos retrata la condición de la cuadrilla de
Sincelejo, al informar que en una ocasión se fueron a pie y a pata como la
garrapata, para las corralejas de El Roble, porque no tenían entre todos, una
moneda en los bolsillos. El hambre se apoderó de todos y el cansancio los
obligó a sentarse en el andén de una casa. Uno de ellos vio asoleándose varias
tiras de carne de primera clase, salada y entreverada, y llamó la atención de
sus compañeros.
De inmediato se impartió la orden de apoderarse de las tiras
para deglutir algo con qué aquietar al estómago, pero una voz gritó desde la
casa vecina: "Si tratan de robarse la carne, suelto los perros
bravos". Un perro bravo, alentado y azuzado por su dueño es más peligroso
que cualquier toro de lidia y se truncó la posibilidad. Pero en la juventud hay
cosas que podemos soportar por muy graves que sean y se fueron a la corraleja.
Alfonso Elías enfatiza que si hay alguien valeroso es el que
se
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mete en una corraleja a mantear. "En el circo el toro
es tu enemigo en el día de la corrida. En la corraleja lo encuentras en cinco,
ocho o diez plazas distintas. Y los animales no olvidan. Sobre todo, el toro
bravo. Siempre te recuerda y cuando ataca te prefiere no importa que a su
alrededor se encuentren mil manteros más". Y no hay nada más cierto. Por
eso se decía que los toros de don Arturo Cumplido Sierra salían del chiquero y
buscaban a los manteros conocidos como para darles el saludo. Un periodista sincelejano
se atrevió a asegurar que un toro de don Arturo no atacaba jamás hasta no
saludar a todos los conocidos, preguntarle cómo estaba de salud y en qué estado
se encontraba el resto de la familia. Bromas de pronto de mal gusto, pero que
en este trabajo no podemos marginar.
Tal vez Alfonso Elías no fue el mejor de la cuadrilla de
Sincelejo porque a Héctor Vergara Arrázola se le reconoce como de los buenos
novilleros sabaneros. Roger Baquero, cuando "no tenía la piedra
afuera" realizaba excelentes faenas. Lo dejaban y al establecer que estaba
en lo mejor, concentrado, sus propios compañeros le gritaban: Buena esa ¡Bola
Pelúa! Y hasta allí llegaba. Tiraba la muleta al piso y salía iracundo tras
ellos. Elías, apellido de procedencia árabe, vistió el traje de luces en varias
plazas de postín en Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, con el nombre
artístico de Manolo Silvetti. Ocultaba a su familia lo de la torería, como lo
han hecho en el pasado infinidad de hombres enfebrecidos por la lidia de toros
bravos.
Hay algo que resaltar. Muchos de los manteros y novilleros
citados, fueron excelentes beisbolistas. Pero el espíritu de malignidad de
algunos frustra lo bueno.
La dirigencia cartagenera se adueñó del béisbol nacional y
recurrió a la innoble tarea de destruir a los jugadores que no eran
cartageneros, porque así no se veían obligados a enrolarlos en las selecciones
nacionales. A un Pedro Chita Miranda podía remplazársele con el Zurdo Vega,
Duboy Vergara, Ramiro Naranjo, La Araña Romero, el papi Pérez, losé
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Paut, el Mono Cárdenas, el incomparable Champa Galván no ha
tenido competidor en lo atinente a la receptoría de un equipo, hasta llegar a
beisbolistas, especialmente lanzadores, como El Cico Rojas, Manuel Caro,
Ciprián Castro, Luis Sofán, Luis Molina, Manuel Martínez y muchos otros. La
dependencia política de la dirigencia deportiva de los pueblos los ató y los
amordazó y jamás se atrevieron a exigir un cambio de actitud.
Más adelante vistieron de novilleros otros nativos de
Sincelejo. Jaime Fuentes, lo mejor de su tiempo, se presentó en muchas plazas
del país con éxito. Hernando Peluffo, que prefirió la banderilla y figura en
muchas plazas. Camilo Vásquez Turbay, Enrique Páez y un muchacho de apellido
Mendoza, reinaron hasta hace poco.
El turno corresponde, en estos momentos en que se cuestiona
el espectáculo taurino en el mundo, a un sincelejano del que los españoles
piensan podrá llegar a la cúspide si domina influencias negativas y el
carácter. Alumno aventajado de la Escuela de Cali, en la que se han formado
muchos toreros nacionales y extranjeros, le acogieron con entusiasmo porque es
un prospecto que promete para llegar a Matador. Se trata de Sebastián Fonseca.
CORRALEJAS: UN MUNDO
QUE SE ACABA
Un viejo campesino con el que mantuve amistad desde que
contaba unos cinco años y él por lo menos cuarenta, en el corregimiento de
Severá, municipio de Cereté, y años más adelante, al llegar a la edad de
dieciocho años y él pasaba de los cincuenta, me dijo que el mundo era "un
caso jodido. Uno no sabe nunca para dónde va y mucho menos dónde dará el último
suspiro".
Luego de un prolongado silencio, agregó: "Las cosas
nacen, viven y mueren. Sólo el hombre parece no querer acabarse, mientras que
lo demás va desapareciendo. Poco a poco, pero se terminan solas. El mundo no
quiere lo perpetuo y uno se pregunta qué es el hombre. Esa pregunta lo define
todo, agregó. El hombre no quiere acabarse y por ello atropella, destruye,
acaba hasta con lo que le da la vida. No creas, hijo mío, que la flor de la
juventud que ahora eres subsistirá. Acabarás, quieras o no, desapareciendo. Y
tal vez mejor dejarle este mundo de mierda a los que creen ser elegidos para
conducir los destinos de la humanidad".
Todo nace, vive, se reproduce y muere. Y la corraleja, que
no es más que un armatoste de tablas, listones y bejucos, que después se
sustituyeron por clavos y que sujetos obnubilados ya proponen construirla en
cemento rígido como una insignia de lo ridículo, tiende a desaparecer. No
porque los nativos de Bolívar, Atlántico, Magdalena, Sucre y Córdoba las
rechacen, sino porque esos nativos rechazan a una caterva de petulantes que
creen ser más inteligentes, más astutos y de mejor preparación educativa para
engañar a los demás y pregonar que son defensores acérrimos de las culturas y
las tradiciones. El pueblo se cansa. El discurso acaba repitiéndose en las
mentes alocadas. No sólo en el asunto de las corralejas, sino en todo lo demás.
Lo que anteayer fue una lejana esperanza, se convirtió ayer en una realidad,
pero hoy comienza a decaer y pasado mañana habrá desaparecido. Algunas de esas
cuestiones, no dejan rastro.
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Los escándalos que se originan en la sorda lucha por ganarse
en cinco días lo que en desempeño de una función honesta no alcanzarían durante
un año, el acaparamiento del espectáculo, los funcionarios permisivos,
alcahuetas, deshonestos o que también reciben su tajada, no se contentan con
autorizar el espectáculo, sino que reúnen a una serie de individuos que nada
tienen qué ver con el gobierno, los autorizan para recaudar impuestos, les
giran auxilios enormes y después los ignoran, porque la realidad es que se
trabaja por la fiesta y la alegría queda en los bolsillos de los elegidos,
generalmente miembros de las capas sociales más altas de cada pueblo. Pero dice
un viejo adagio muy caribeño: el palo
arruga. O, el mundialmente famoso de que tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe, y se expresan sin
temor alguno. Los compadrazgos también se pierden. Lo que podría servir para
becas, construcción de escuelas y colegios, centros de salud, obras que
requieren las comunidades, se despilfarra alegremente para preservar la cultura y las tradiciones. Como los inventores de las
corralejas fueron los criminales sacados de las cárceles españolas para
enviarlos a encontrar un nuevo mundo, necesariamente no pueden ser cultas y
menos tradicionales, porque si tenemos algunas pintas de criminales europeos,
también las tenemos de los negros esclavos y de los indios que aún no han sido
exterminados de lo que fue su tierra pese al empeño de los que creen que pueden
alardear de sangre noble, a menos
que las cárceles sean un escenario de nobleza. No obstante, con tanto rico y
noble nuestro que ha sido condenado, vamos a tener que aceptar que tras las
rejas también se purifica la sangre plebeya.
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